Anochece en una casa rural

En las ciudades, el anochecer queda eclipsado y reducido por la incesante actividad social y eléctrica a un accidente fortuito y coyuntural, decorativo, que pasa allá arriba en el cielo a la hora del informativo o al salir de trabajar, casi por coincidencia, sometido a nuestra rutina. Sin embargo, en el campo, la noche cae de forma rotunda con tanto peso como si cayese en todo el mundo. Y por exagerado que parezca, esa sensación es fiel a la realidad, porque ya no es que la noche arrastre a toda la naturaleza, es que lo engulle todo hasta el horizonte (de polo a polo) y si hay visibilidad y brillan las estrellas, dejamos de estar dentro del mundo para estar al borde del universo… En una casa rural el anochecer se vive intensamente. Por etapas:

Fuera

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Las sombras de la tarde se han desmadrado hasta cubrir montes o llanuras y el azul del cielo se ha desteñido. La noche lo sume todo recordando a nuestra sociedad artificial y estilizada que todo es cíclico y que la decadencia es parte del esplendor. El olor del campo y el fresco son más intensos. Cantan las cigarras o los grillos. Vuelan los murciélagos. La sensación es de alerta ante un entorno hostil e intuitivo: el olfato y el oído son decisivos. Todo es latente, sigiloso, rapaz o furtivo. Por encima de tanto misterio, en calma, el cielo azul se vuelve transparente, como el fondo de un lago pero más profundo, dejando ver tan lejos que la vista llega al pasado y se mide en años luz.

Dentro

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El refugio es una sensación tan primitiva como irrenunciable que dan la luz y el calor. La luz artificial amarilla es cálida por nostalgia del fuego. El ruido de la cocina y el olor de la chimenea son impresiones de la noche rural. Después de una larga jornada, nos espera una cena bien provista en un comedor que es acogedor por estar hecho de madera y piedra, como un abrazo de naturaleza. Por la ventana no se ve nada. La sensación de distancia y aislamiento intensifica la conciencia de intimidad. Si afuera la noche despierta el instinto, dentro despierta plenitud y placer gastronómico.

En la habitación

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Para reparar el cuerpo tras una jornada campera, una buena ducha caliente mientras cae la noche. Si quieres leer, no encontrarás mayor complicidad entre tú y tu libro que en un rincón que invita al viaje y la fantasía. Abres la ventana y el aire inspira. La abstracción no tiene límites ni distracciones en kilómetros a la redonda (ni a años luz sobre tu cabeza). Si quieres dormir, dormirás bajo el silencio del universo y en sitonía con la naturaleza que envuelve la casa, porque en el campo, la noche cae para todos.

Los 50 referentes del turismo rural nacional de calidad

La Red Ceres Ecotur ha sido seleccionada por el manual ministerial de Buenas Prácticas en Turismo Rural. Es un reconocimiento al trabajo bien hecho, pero sobre todo, al valor competitivo de la red, selección de unos 50 establecimientos rurales ecológicos y sostenibles de España, referentes del turismo rural nacional. ¿Cuál es su ventaja? Su exigencia ecológica, testada a nivel internacional por el Ecolabel de ECEAT Internacional (European Centre for Ecological and Agricultural Tourism).

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El criterio de este sistema de calidad es que lo que define al turismo como “rural” no es la ruralidad del lugar o de las vistas, sino de la gestión, esto es, que sea fiel al medio que abandera. Bajo esa condición, un hotel sostenible con huerto ecológico en plena ciudad puede ser más rural que una casa rural insostenible en medio del campo, por más bonita y lujosa que sea. La clave es el rigor sostenible de los gestores y emprendedores de la red, mejor aval que cualquier certificado.

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Si otros sellos turísticos miden la “calidad” en el lujo o la estética, Ceres Ecotur lo hace en la integración real (no aparente) de la casa en la naturaleza, con un triple compromiso: económico, sociocultural y ambiental. Tres frentes que la crisis ha desvelado clave en los nuevos modelos de gestión empresarial, cuya lección son el capital humano y el ahorro energético. Los miembros de la red Ceres Ecotur son por ello modelos de innovación, eficiencia y calidad turística, al nivel de lo que se está haciendo en Europa.

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Si toda actividad turística se debe al destino, su calidad no puede medirse de puertas adentro. Por eso el triple compromiso Ceres revierte en la calidad turística del lugar: el compromiso económico dinamiza el tejido rural de la zona en vez de colonizarlo; el sociocultural o etnográfico genera sinergias en torno a la cultura y las tradiciones; y el ambiental minimiza la huella ecológica, fomenta la integración en la naturaleza y valoriza la riqueza gastronómica autóctona.

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La calidad de estas iniciativas se basa en ofrecer una experiencia turística holística, que muestra al viajero (extranjero o no), la identidad auténtica de cada región (Andalucía, Baleares, Asturias), con su riqueza natural productiva: su Marca. Los 4 ejes de acción, son: agricultura sostenible (huerto o granja ecológica, razas autóctonas, cocina casera), patrimonio cultural (arquitectura, identidad rural), bioconstrucción y eficiencia energética (recursos naturales), y actividades en la naturaleza.

¿Qué nos atrae del turismo rural?

A pesar del esnobismo y los prejuicios, cada vez más jóvenes vencen tópicos y descubren la experiencia del turismo rural, ya sea en pareja o en grupos: por desconexión, intimidad o búsqueda de unas raíces naturales y culturales de las que la globalización les privó. El motivo son las sensaciones que únicamente pueden encontrar allí. Entre los “secretos” ecoturísticos que más seducen y convierten la evasión rural en el plan ideal de una escapada romántica, familiar, aventurera o espiritual, seleccionamos los principales. Habrá quienes se identifiquen con unas sensaciones u otras, según su inspiración viajera: la casa, el paisaje, la gastronomía, o las experiencias. ¿Qué es lo que más os atrae como viajeros? ¿Y lo que más fomentáis como anfitriones? ¿Cuál es la combinación perfecta?

La casa

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El refugio: esa mezcla de resguardo y calidez que proporciona la casa rural ante las condiciones extremas de un paisaje salvaje, evocadora de las antiguas posadas.

El aislamiento: la incomunicación o lejanía del mundanal ruido, de la masificación, de la actualidad… El estar “perdido de todo”. Es un aislamiento también virtual si carecemos de conexión a Internet o de cobertura en el móvil, y sin embargo, de contacto más humano y real con las personas que nos rodean, de inmersión plena en la naturaleza, donde el tiempo pasa de otra forma, y de reencuentro personal.

El “encanto”: que referido a una casa rural suele asociarse al diseño o la decoración, a menudo tradicional y como salida de un cuento, tanto en su fachada como en su interior. Ese encanto invita a formar parte durante la estancia de un ambiente casi irreal, mítico o histórico, pero también estético, artístico y artesanal.

El confort y el “lujo”: televisión, wifi, jacuzzi… A veces el placer rural está en el contraste de esos caprichos con la naturaleza agreste que los rodea, como un buen baño caliente bajo el manto de nieve y ante un paisaje abrupto y helado por la ventana.

La rusticidad: todo lo contrario, cuanto más rudimentario, primitivo y tosco, mejor.

El entorno

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Montañoso: las altas cumbres y laderas de las sierras o cordilleras desafiando a las nubes, o los montes y cerros que se elevan sobre un bosque o una llanura.

Boscoso: el verdor y la vegetación exuberante, con toda la vitalidad de flora y fauna que guardan los bosques, impregna cada rincón de la casa rural, durante el día o la noche, con sus olores y sonidos.

Llanuras: prados, marismas, pantanos y llanuras que se extienden hasta donde alcanza la vista, alternando las texturas y colores de los cultivos o dehesas.

Costero: acantilados, playas vírgenes, cuevas… El paisaje accidentado y extremo del litoral. Delante, todo el mar.

Etnográfico-cultural: aldeas medievales aisladas en la naturaleza o pueblos históricos a medio camino entre la tradición y el progreso.

La comida

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Gastronomía casera tradicional: de puchero y a fuego lento, contundente y artesana.

Nueva cocina: experimentando cómo reinterpretar el entorno natural mediante nuevos sabores, aromas y combinaciones.

Las experiencias

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Senderismo: rutas para todos los gustos y niveles a través de las cuáles, además del esfuerzo físico y saludable, redescubrimos nuestro planeta sumergiéndonos en sus ecosistemas como un simple ser vivo más.

Deportes de aventura: rafting, piragüismo, escalada, buceo, rutas a caballo, barranquismo o tirolinas, entre otras muchos.

Observación de la naturaleza: fauna, flora, estrellas, que de por sí constituyen toda una cultura humana o biocultura viajera por recuperar.

Agroturismo: la recolecta de hierbas aromáticas o medicinales, setas, castañas, el pastoreo, el huerto o la granja son cada vez más demandados por un viajero que quiere pasar de mero espectador pasivo a integrante de cada destino, viviéndolo desde dentro.

El viaje como terapia de evasión

Hay viajes cortos tras los que al volver parece que hubiesen pasado años. Pasan tantas cosas en tan poco tiempo, nuevas y distintas a lo cotidiano, que naces ante cada una y el tiempo se ralentiza para procesarlas, almacenando al final del día más historia de vida de lo que ordinariamente cunde una jornada. Por eso no hace falta irse muy lejos para hacer un gran viaje, ni haber estado en 50 países, porque el viaje tiene más que ver con la experiencia que con la distancia, y con el tiempo que con el espacio… Si el viaje es en solitario esta sensación crece, porque los vínculos personales pueden distraer o arrastrar la rutina de la que quieres evadirte o reinventarte. Eres tú y la carretera. Nada más. Por delante un sinfín de situaciones, escenarios y personas nuevas que pasan por ti de forma pasajera y fugaz, dejándote cada una algo nuevo e irrepetible. Puedes probar de cada una según aporte a tu camino, con tal sobredosis de libertad como si tu viaje fuese una vida que no acaba hasta que tú elijes y has probado todo lo que el mundo ofrece. Parece que al viajar fuésemos nómadas, porque ellos no ven pasar la vida, más bien la vida pasa por ellos. Lo transitorio y errante de sus viajes les acerca al mito, porque todo lo efímero es irrecuperable y su vida es una evocación constante.

Cuando al cabo de un rato de viaje te libras al fin de la rutina, entras en tierra de nadie, donde puede pasar cualquier cosa. Me paro en un bar de carretera, y aunque lo más lógico es ocupar la pequeña mesa de dos sillas, me siento en una de cuatro o de seis. Porque rodearme de sillas vacías me hace sentir menos solo que sentarme sólo ante una. Porque una silla vacía es más triste que cinco. La otra opción es acodarme en la barra a charlar. El viaje solitario no aísla, enriquece porque busca la reinvención personal entre otros contextos y vidas. Está claro que no hace falta coger el avión. En la naturaleza, sin ir más lejos, hay realidades tan ajenas a nuestra rutina que bastan pocos kilómetros para que el viaje de evasión surta efecto. ¿Qué efecto? La independencia de esa burbuja social o laboral que domina nuestro día a día y domestica el instinto nómada al que aún tenemos derecho.

El viaje como terapia de evasión

El mapa como estrategia de promoción del ecoturismo

Nuestra visión del mundo, a diferencia de la que duró hasta la generación de nuestros abuelos, no es fruto de la experiencia local o del relato oral, sino de otro relato, el global: imágenes vía satélite y tecnología punta. No vemos el mundo como es, sino el que el modo de vida que proyectan las pantallas (móviles, ordenadores, TV), nos muestra. El 90% no se ve. Además de sesgada, es una visión más fría y técnica que animal o sentida: inmediata, virtual y exacta. ¿Cómo ese mundo no va a diferir del que la naturaleza nos predispuso a sentir? Hemos adquirido una visión GPS. Cuando viajamos, no vivimos el territorio atendiendo a los ecosistemas que lo forman y nos dejan existir, sino a las redes viales, señales de tráfico, áreas de servicio, vallas publicitarias, centros comerciales, o sea, al tejido inerte, a toda esa broza de plástico, asfalto y metal de la que hemos rodeado nuestra vida, mirando con distancia el paisaje que nos es más propio, como alienígenas.

Hemos interiorizado tanto los mapas políticos y de carreteras que ya no nos movemos por el físico. El mundo GPS es una mezcla heterogénea abarrotada de información, carreteras, fronteras, ciudades, fábricas, etc., nada vivo. ¿Y cómo valorar lo que no vemos? Si a la sociedad le cuesta concienciarse por la naturaleza es porque su mundo mediático es una máscara artificial. Por eso es importante la mirada sostenible que sabe filtrar lo orgánico de lo sintético. Y por eso los proyectos sostenibles pierden su autenticidad al representarse también en el mapa artificial. Pertenecen al otro lado, a la zona invisible, al ecosistema. Es el mapa físico el que mejor expresa el otro mundo al que nos invitan, y en él deben promocionarse. Sólo saliendo de esa telaraña de red vial y mediática que enmascara el paisaje, puede conocerse un lugar, a pie, sumergiéndose en el relieve que lo enriquece. Esa experiencia pedestre del territorio la ilustran los mapas físicos.

Mapas físicos como las cartas náuticas, cuya leyenda formaban el poniente y levante del sol, los vientos, los cabos y restingas, las montañas y accidentes del relieve que servían de guía visual, los bosques y fuentes de agua dulce que daban riqueza a un puerto. En esas cartas destacan los elementos naturales que condicionaban la vida y la actividad humana, exagerando la altura de un monte o la anchura de una bahía en proporción a su valor. Esos protagonistas del mundo antiguo siguen entre nosotros, olvidados, y esa cultura natural que daba nombre a los vientos ha desaparecido pero es con la que el ecoturismo y turismo sostenible tienen más que ver, y la que deben recuperar si buscan la experiencia natural del paisaje. Ninguna actividad está más ligada al territorio, así que la imagen que proyecten de sí mismos debe enraizarse en él. Claro que no podemos prescindir de las carreteras para que nos localicen, pero el Dónde estamos no puede limitarse a señalizar la A6, sino el ecosistema único que nos define, donde el viajero quiere perderse e integrarse.

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Uno de los alicientes de viajar es perderse, evadirse de lo cotidiano y reinventarse en otra cultura u otra vida. Desaparecer del mundo global (que exhibe) para volver al local (que esconde). Por eso la promoción de la naturaleza debe hacerse desde su idioma, la cultura paisajística o biocultura cartográfica de los viejos mapas físicos, hechos con pulso viajero. El mundo es otro si se mide en brazas o si interactuamos con él no solo por la vista sino por otros sentidos y estímulos, pero ese no lo captan las fotos ni las pantallas. Nuestra capacidad de percepción ambiental se ha atrofiado tanto que nada como un mapa hecho a mano para interpretar el mundo como se vive y siente a escala humana.

Viaje gastronómico al sabor del otoño rural

“La becada ama la hora en que el anochecer hace más agudo el olor de las hojas muertas, impregnadas de tierra húmeda, mientras la luna amarilla de noviembre brilla en el vapor helado de los bosques. Estos olores otoñales resurgen a su vez con el calor de la cocina (…). El mundo misterioso y encantador de los bosques se vive en el otoño”, dijo Clermont-Tonnerre. Y dijo bien. Es el 8º año que Galicia celebra el Otoño gastronómico, iniciativa con que sus casas rurales celebran el esplendor culinario del bosque. Hasta el 14 de diciembre ofrecen un menú trufado de caza de temporada, sabrosas castañas o setas regadas por salsas y vinos. La tradición artesanal hace el resto. El escritor José María Castroviejo añoraba las mañanas brumosas, cuando los hilos de niebla se levantan sobre el oro viejo del bosque, ese oro viejo que el otoño aviva estos días como el fuego.

La semana pasada descubrí el considerado paraíso de ese flamante espectáculo: en el Courel, reserva forestal más abrumadora de Galicia. De camino conocí la reinvención culinaria de la región con una nueva cerveza de castaña hecha en Balboa, Ancares leoneses, que ya pega fuerte a poco de su lanzamiento. No es el único producto que pone en valor este territorio aislado y virgen: setas, castañas, mermeladas, aceite… En el Courel pasé la noche en la acogedora Casa Caselo, palco de honor a la devesa de Paderne, uno de los bosques mágicos que estos días viven en combustión. Es la única del Courel en el Otoño gastronómico. Los cazadores del lugar proveén con perdiz, corzo o jabalí su buena mesa: caza con castañas o pollo de casa, embutidos, caldo gallego, licores que trasladan la esencia del bosque (moras, endrinos, frambuesas…).

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Este año el Otoño gastronómico tiene la novedad “Cocina con nosotros”, y algunas casas como Caselo invitan a los huéspedes a su cocina para compartir sus secretos. Fuera de esos bosques ígneos, no solo entre caza anda el juego. La riqueza rural de temporada va más allá, y como ejemplo dos de nuestras socias, integrantes del Otoño gastronómico, desde el mar, a la montaña: Casa de Trillo, en la salvaje y romántica Costa de la muerte, y Reitoral de Chandrexa, en la Ribeira Sacra orensana, sobre los espectaculares cañones del Sil… En la primera el menú otoñal se nutre de pulpo, almejas a la marinera, cerdo celta o pescado de temporada. En la segunda, el menú otoñal presume de gourmet con Risotto de setas silvestres, asado de ternera “caldelá” ecológica, ensalada de otoño, tarta de manzana… Os animamos como siempre a descubrirlo y difundirlo, para que de una vez pongamos en valor la magia otoñal de nuestros bosques, como evocaba Clermont Tonnerre o añoraba Castroviejo.

Del turismo rural al progreso sostenible

El ecologismo ha arrastrado siempre el sambenito de idealista o utópico, percibiéndose como un movimiento juvenil o romántico defensor del Tití león dorado o los indios kawahivas… Contra él se esgrimió siempre el “progreso”. Todos los que por defender la naturaleza se oponían a los grandes intereses o avances se oponían al progreso. En aras del progreso se perpetraron las mayores atrocidades naturales o patrimoniales, y no podías más que resignarte ante la apisonadora opinión pública, que tildaba de ilusos a los que cuestionaban ese modelo de desarrollo. Hasta que empezaron a verle las orejas al lobo con las renovables, no había quien tosiera al progreso.

¿Pero qué progreso? ¿Humano o material? A nivel material, el primer mundo podía darse por satisfecho en los 90. ¿Puede progresarse indefinidamente? ¿Hacia dónde? ¿Qué es progreso? ¿El material y tecnológico o el moral y social? ¿Progreso humano o técnico? ¿Progresan la vida o los aparatos? ¿Las ideas y los valores o los intereses? Progreso era todo lo que innovase para satisfacer nuestras necesidades, pero cubiertas unas, aparecían otras. Esa idea de progreso no había sido acuñada en aras del bien común, sino por intereses espurios. Todos están de acuerdo en que la tecnología es un medio y no un fin, pero lo dicen rodeados de tecnología. El reto es el consumismo, la generación de residuos y la dependencia tecnológica.

El movimiento ecológico empezó a calar en los 90 por cosas como la lluvia ácida o el efecto invernadero, pero a pequeña escala. Lo máximo que logró fue hacernos reciclar, una tirita con la que muchos callaron su conciencia. Finalmente, el “calentamiento global” entró en escena. Pese a ello, la inercia del progreso voraz aún hacía que la ecología siguiese tachándose de religión, porque: ¿cómo echar freno a un mundo a velocidad-luz? Ya era tarde, y de perdidos al río. Este es uno de los grandes frenos a la implicación ambiental de la sociedad. Nuestro estilo de vida parece a años luz del ideal ecológico. Nos habían persuadido además de una única idea de futuro o progreso, tecnológico y urbano. Cualquier proyecto verde implicaba un atraso.

Del turismo rural al progreso sostenible

Hasta que aparecieron el progreso sostenible y las energías renovables. ¿Progresar ecológicamente? Solo aceptando que rectificar es de sabios y no implica retroceder, sino recuperar. La nueva idea venía de arriba y obligaba a los grandes poderes, que empezaron a pasar por el aro y a presumir de sostenibles y eficientes. ¿La razón? Ya no eran el Tití león dorado o los indios kawahivas, sino los recursos, que se agotaban. Así lo recogía el informe “Los límites del crecimiento” y las Naciones Unidas, que definieron el desarrollo sostenible como aquél capaz de satisfacer las necesidades de la generación presente sin comprometer las de las generaciones futuras. Esta idea de progreso sí estaba consensuada internacionalmente.

Entre los frentes desde los que el progreso sostenible se abre paso, uno de los de más impacto es el turismo, por la huella ecológica que genera. Buena forma de poner en valor el territorio es viajando, y en la naturaleza eso lo hace el turismo rural, que como insistimos desde este blog, no implica atraso ni pasado, sino una oportunidad de redefinir el hábitat natural y nuestro ideal de progreso y futuro.

Una ruta teatral por la naturaleza en el corazón de Galicia

Acabamos de pasar un inolvidable fin de semana en el corazón de Galicia, geográfico y espiritual. Geográfico porque está en pleno centro, y espiritual porque durante dos días despertó sus raíces. Es el cuarto año que Santiago de Albá, en Lugo, celebra el Son d’Aldea (Soy de aldea), una reivindicación de la vida rural más allá de lo imaginable… El eje de la fiesta, además de colosales banquetes bajo el bosque, bailes y música, es la original ruta teatral por sus románticos paisajes, dignos de la novela Los pazos de Ulloa. Los senderistas se abren paso entre viejas casas y bosques, donde a cada paso surgen personajes y escenas de la Galicia antigua. Muchos de los actores son los propios paisanos, jóvenes o ancianos que rememoran a sus padres o abuelos. Un simple cambio de vestuario basta para transportarnos, porque el entorno hace el resto; la lengua, los gestos, el humor y la retranca son heredados. Lo hacen tan bien, que por momentos no sabes si el que está fuera de contexto eres tú, y desde la lluvia inoportuna al rebaño y el pastor que se cruzan por el camino parecen parte del show.

No hay mejor escenario teatral que la naturaleza, porque no ha cambiado en todas las épocas que acogió. Por eso el “roteiro teatral” puede ser una de las apuestas teatrales y senderistas más bonitas del momento, por las posibilidades escénicas del patrimonio natural y etnográfico. Lo pintoresco de cuadros y cuentos se hace real en el trasfondo verde gallego. No se trata de una visita turística teatralizada, una recreación histórica didáctica o un museo viviente. Es más, porque hasta los actores son en parte sus personajes. Durante unas horas vives la naturaleza de otro tiempo, pisando una tierra imaginaria y real, porque el escenario es el vivo lugar en que pasaron esas historias, enmarcadas por robles centenarios que fueron testigo: la cantina; el estraperlo; la emigración; los maquis, la llegada de la luz eléctrica, fueron algunas de las etapas de la ruta. En otras ediciones el público podía espiar la lección de la escuela, la faena de las lavanderas en el río o subirse a los antiguos coches de línea de la clásica casa Cuiña para ir a la “feira”.

Son d’aldea tiene además vocación cultural, ofreciendo la posibilidad de reunir a gente de la cultura y la ciudad a menudo distante y que allí se confunde con el vecindario en franca familiaridad, unidos por sus raíces rurales o por el compromiso ambiental. Ejemplo de ello fueron la charla debate que reunió en el Parladoiro a vecinos y profesores de la Universidad de Vigo y Santiago en torno a la soberanía alimentaria y la autonomía rural, o los debates acerca de la extinción del bosque autóctono por culpa del eucalipto, ante la que se posiciona una interesantísima asociación a la que dedicaremos otro post, Quercus Sonora. La cita, que dura dos días, ofreció íntimos conciertos al aire libre, teatro a cargo del grupo Metátese, organizador del evento junto a la asociación de vecinos O Parzamique, y el agroturismo Arqueixal. Además hubo juegos tradicionales, feria artesanal, y una entrega de premios que agasajó al escritor Suso de Toro o la actriz Tamara Canosa, entre otros. Papel clave tuvo también la ESAD (Escola Superior de Arte Dramática), que colaboró en el rotetiro.

Son d’aldea reabre la naturaleza a la historia. La implicación de los vecinos es un ejemplo para otras zonas, y los niños disfrutan de lo lindo viviendo un cuento real. Las fotos de cada escena son planos de cine, y pasadas a blanco y negro, parecen antiguas. El teatro devuelve a los hórreos, bosques o lavaderos la vigencia que tuvieron y de hecho, tienen, por más vendas que nos pongamos, porque al final las épocas son modas en nuestra cabeza que el resto de la naturaleza ignora. El atrezo es de tierra: si los actores lo escarvan salen patatas. En la fiesta, desde el jamón y los quesos a la leche o el agua, embotellada para la ocasión y traída de una “mágica” fuente cercana, son frescos o artesanos. Además de la guerra al eucalipto, me quedo con uno de los comentarios del debate: hay que hacer un llamamiento a los artistas y cineastas para que promuevan el prestigio del patrimonio rural, a la americana, dignificando al agricultor o al veterinario, injustamente topificados pero con tanto interés como los personajes urbanos.

 

Turismo rural de temporada: septiembre, la madurez de la cosecha. Agroturismo, enoturismo y vendimia

Termina agosto y entramos en septiembre, la dulce postrimería del verano. La luz del sol declina como el color del campo, dorándose en lenta transición al otoño. Frutos como los higos, las uvas o las moras han engordado también hasta rebosar al punto de madurez y jugo con que el sol y las lluvias los han alimentado durante meses. Sus colores pintan viñedos e higueras, atrayendo a insectos y pájaros. Los impacientes verán recompensada su espera, porque todo lo bueno lleva su tiempo y se hace esperar… Las parras y cepas se retuercen con el peso de los racimos como se vencen las ramas de la higuera o se tiñen de rojo y mora los arbustos.

Septiembre es el fin de la cosecha, y el campo lo celebra desde hace siglos con fiestas en honor a la tierra y a los alimentos que surte. Arranca la Vendimia, una de las temporadas más pintorescas del mundo rural, inmortalizada por el arte desde la Antigüedad clásica a la actualidad. El turismo rural no es ajeno, y el agroturismo y enoturismo (con todas sus ofertas y propuestas) rezuma en estas fechas el olor a madera de las barricas y el frescor embriagado de las bodegas. El vino es la sangre de la tierra, fuente de vida y zumo de naturaleza exprimida y fermentada, enriquecida por los aromas y sabores del paisaje. Uno de nuestros patrimonios estrella.

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Generosos racimos de uvas, dulces o ácidas, doradas o tintas, invitan desde las vides a avispas, pájaros y hombres al festín de su degustación. Abundan fiestas y regiones donde saborear la cosecha de septiembre. ¿Qué mejor que probar un fruto de temporada en el paisaje que lo produce? ¿Recién recolectado? Mermeladas, helados o licores de uvas, moras o higos, entre otros, son algunas de las variantes que podéis disfrutar desde una casa rural en desayunos, comidas o cenas durante la fiesta de la cosecha, a la sombra de la parra o de la higuera, pudiendo alargar el brazo y, sin pincharnos, picar como un pájaro y llevarnos el sabor silvestre de una mora a la boca.

¿Qué os sugiere a vosotros septiembre en el campo? ¿Qué frutos y fotos produce vuestro entorno? Reunidas darían para un mosaico.

Vilaflor propone la primera ruta de agroturismo en Tenerife

Ayer tuve la oportunidad de visitar un proyecto muy interesante que ha visto la luz hace apenas unos pocos meses en uno de los pueblos con más encanto de Tenerife, mi isla. Vilaflor no sólo es el municipio más alto de España, situado a las faldas de las Cañadas del Teide a unos 1.400 metros de altitud, también es un enclave rural de gran belleza, envuelto entre pinares, almendros y muestras únicas de cultivo en jable, típico del sur de la isla. Allí, la Asociación Geria Sostenibilidad, en colaboración con el Ayuntamiento de Vilaflor, ha tejido la primera ruta de agroturismo en Tenerife, un hecho sin apenas comparativa en otros lugares de la isla, en donde ha primado un desarrollo y promoción de un turismo de sol y playa, muy alejado del verdadero potencial de un destino que es muchísimo más que eso.

Vilaflor tiene una ubicación privilegiada, en la vertiente sur de la isla, punto de paso de uno de los accesos al Parque Nacional de las Cañadas del Teide y, por tanto, de muchos turistas que suben a conocer unos de los parajes más peculiares y característicos de Tenerife. A través de un proceso participativo en el que todas las posibles partes implicadas pudieron expresar su punto de vista sobre las problemáticas, los retos y las oportunidades a las que se enfrenta el pueblo, la ruta fue tomando forma hasta alcanzar 14 puntos y recursos de interés.

Mediante el contacto directo con productores del municipio, el visitante puede conocer diferentes actividades relacionadas con el sector primario, empezando por la importancia del cultivo en jable, un enarenado con esta piedra volcánica y ligera que permite un mejor aprovechamiento del agua. También el desarrollo de la apicultura, la elaboración de dulces artesanales o pan con cereales autóctonos recuperados, así como la visita a algunas bodegas ecológicas, muy representativas del famoso vino de Vilaflor, perteneciente a la D.O. Abona.

ruta de agroturismo en Tenerife
Viñedo de la finca ecológica Alma de Trevejos (La Escalona, Vilaflor)

El proyecto, muy joven y todavía con poco recorrido, aún debe trabajar en mejorar su visibilidad y en abrir vías de promoción y comercialización. Tenerife es una isla que recibe cada año más de cinco millones de visitantes, muchos de ellos europeos procedentes de países en donde este tipo de productos ha ido ganando adeptos de forma creciente en los últimos años. También en el mercado insular hay mucho potencial a explotar, no en vano un recorrido de este tipo permite conectar de forma espontánea y natural con todo el saber popular enraizado en nuestro medio rural. En definitiva, con todas esas tradiciones que han conformado la identidad de la isla y que, por suerte, en lugares como Vilaflor aún siguen muy vivas.