Anochece en una casa rural

En las ciudades, el anochecer queda eclipsado y reducido por la incesante actividad social y eléctrica a un accidente fortuito y coyuntural, decorativo, que pasa allá arriba en el cielo a la hora del informativo o al salir de trabajar, casi por coincidencia, sometido a nuestra rutina. Sin embargo, en el campo, la noche cae de forma rotunda con tanto peso como si cayese en todo el mundo. Y por exagerado que parezca, esa sensación es fiel a la realidad, porque ya no es que la noche arrastre a toda la naturaleza, es que lo engulle todo hasta el horizonte (de polo a polo) y si hay visibilidad y brillan las estrellas, dejamos de estar dentro del mundo para estar al borde del universo… En una casa rural el anochecer se vive intensamente. Por etapas:

Fuera

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Las sombras de la tarde se han desmadrado hasta cubrir montes o llanuras y el azul del cielo se ha desteñido. La noche lo sume todo recordando a nuestra sociedad artificial y estilizada que todo es cíclico y que la decadencia es parte del esplendor. El olor del campo y el fresco son más intensos. Cantan las cigarras o los grillos. Vuelan los murciélagos. La sensación es de alerta ante un entorno hostil e intuitivo: el olfato y el oído son decisivos. Todo es latente, sigiloso, rapaz o furtivo. Por encima de tanto misterio, en calma, el cielo azul se vuelve transparente, como el fondo de un lago pero más profundo, dejando ver tan lejos que la vista llega al pasado y se mide en años luz.

Dentro

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El refugio es una sensación tan primitiva como irrenunciable que dan la luz y el calor. La luz artificial amarilla es cálida por nostalgia del fuego. El ruido de la cocina y el olor de la chimenea son impresiones de la noche rural. Después de una larga jornada, nos espera una cena bien provista en un comedor que es acogedor por estar hecho de madera y piedra, como un abrazo de naturaleza. Por la ventana no se ve nada. La sensación de distancia y aislamiento intensifica la conciencia de intimidad. Si afuera la noche despierta el instinto, dentro despierta plenitud y placer gastronómico.

En la habitación

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Para reparar el cuerpo tras una jornada campera, una buena ducha caliente mientras cae la noche. Si quieres leer, no encontrarás mayor complicidad entre tú y tu libro que en un rincón que invita al viaje y la fantasía. Abres la ventana y el aire inspira. La abstracción no tiene límites ni distracciones en kilómetros a la redonda (ni a años luz sobre tu cabeza). Si quieres dormir, dormirás bajo el silencio del universo y en sitonía con la naturaleza que envuelve la casa, porque en el campo, la noche cae para todos.

Los 50 referentes del turismo rural nacional de calidad

La Red Ceres Ecotur ha sido seleccionada por el manual ministerial de Buenas Prácticas en Turismo Rural. Es un reconocimiento al trabajo bien hecho, pero sobre todo, al valor competitivo de la red, selección de unos 50 establecimientos rurales ecológicos y sostenibles de España, referentes del turismo rural nacional. ¿Cuál es su ventaja? Su exigencia ecológica, testada a nivel internacional por el Ecolabel de ECEAT Internacional (European Centre for Ecological and Agricultural Tourism).

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El criterio de este sistema de calidad es que lo que define al turismo como “rural” no es la ruralidad del lugar o de las vistas, sino de la gestión, esto es, que sea fiel al medio que abandera. Bajo esa condición, un hotel sostenible con huerto ecológico en plena ciudad puede ser más rural que una casa rural insostenible en medio del campo, por más bonita y lujosa que sea. La clave es el rigor sostenible de los gestores y emprendedores de la red, mejor aval que cualquier certificado.

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Si otros sellos turísticos miden la “calidad” en el lujo o la estética, Ceres Ecotur lo hace en la integración real (no aparente) de la casa en la naturaleza, con un triple compromiso: económico, sociocultural y ambiental. Tres frentes que la crisis ha desvelado clave en los nuevos modelos de gestión empresarial, cuya lección son el capital humano y el ahorro energético. Los miembros de la red Ceres Ecotur son por ello modelos de innovación, eficiencia y calidad turística, al nivel de lo que se está haciendo en Europa.

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Si toda actividad turística se debe al destino, su calidad no puede medirse de puertas adentro. Por eso el triple compromiso Ceres revierte en la calidad turística del lugar: el compromiso económico dinamiza el tejido rural de la zona en vez de colonizarlo; el sociocultural o etnográfico genera sinergias en torno a la cultura y las tradiciones; y el ambiental minimiza la huella ecológica, fomenta la integración en la naturaleza y valoriza la riqueza gastronómica autóctona.

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La calidad de estas iniciativas se basa en ofrecer una experiencia turística holística, que muestra al viajero (extranjero o no), la identidad auténtica de cada región (Andalucía, Baleares, Asturias), con su riqueza natural productiva: su Marca. Los 4 ejes de acción, son: agricultura sostenible (huerto o granja ecológica, razas autóctonas, cocina casera), patrimonio cultural (arquitectura, identidad rural), bioconstrucción y eficiencia energética (recursos naturales), y actividades en la naturaleza.

¿Qué nos atrae del turismo rural?

A pesar del esnobismo y los prejuicios, cada vez más jóvenes vencen tópicos y descubren la experiencia del turismo rural, ya sea en pareja o en grupos: por desconexión, intimidad o búsqueda de unas raíces naturales y culturales de las que la globalización les privó. El motivo son las sensaciones que únicamente pueden encontrar allí. Entre los “secretos” ecoturísticos que más seducen y convierten la evasión rural en el plan ideal de una escapada romántica, familiar, aventurera o espiritual, seleccionamos los principales. Habrá quienes se identifiquen con unas sensaciones u otras, según su inspiración viajera: la casa, el paisaje, la gastronomía, o las experiencias. ¿Qué es lo que más os atrae como viajeros? ¿Y lo que más fomentáis como anfitriones? ¿Cuál es la combinación perfecta?

La casa

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El refugio: esa mezcla de resguardo y calidez que proporciona la casa rural ante las condiciones extremas de un paisaje salvaje, evocadora de las antiguas posadas.

El aislamiento: la incomunicación o lejanía del mundanal ruido, de la masificación, de la actualidad… El estar “perdido de todo”. Es un aislamiento también virtual si carecemos de conexión a Internet o de cobertura en el móvil, y sin embargo, de contacto más humano y real con las personas que nos rodean, de inmersión plena en la naturaleza, donde el tiempo pasa de otra forma, y de reencuentro personal.

El “encanto”: que referido a una casa rural suele asociarse al diseño o la decoración, a menudo tradicional y como salida de un cuento, tanto en su fachada como en su interior. Ese encanto invita a formar parte durante la estancia de un ambiente casi irreal, mítico o histórico, pero también estético, artístico y artesanal.

El confort y el “lujo”: televisión, wifi, jacuzzi… A veces el placer rural está en el contraste de esos caprichos con la naturaleza agreste que los rodea, como un buen baño caliente bajo el manto de nieve y ante un paisaje abrupto y helado por la ventana.

La rusticidad: todo lo contrario, cuanto más rudimentario, primitivo y tosco, mejor.

El entorno

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Montañoso: las altas cumbres y laderas de las sierras o cordilleras desafiando a las nubes, o los montes y cerros que se elevan sobre un bosque o una llanura.

Boscoso: el verdor y la vegetación exuberante, con toda la vitalidad de flora y fauna que guardan los bosques, impregna cada rincón de la casa rural, durante el día o la noche, con sus olores y sonidos.

Llanuras: prados, marismas, pantanos y llanuras que se extienden hasta donde alcanza la vista, alternando las texturas y colores de los cultivos o dehesas.

Costero: acantilados, playas vírgenes, cuevas… El paisaje accidentado y extremo del litoral. Delante, todo el mar.

Etnográfico-cultural: aldeas medievales aisladas en la naturaleza o pueblos históricos a medio camino entre la tradición y el progreso.

La comida

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Gastronomía casera tradicional: de puchero y a fuego lento, contundente y artesana.

Nueva cocina: experimentando cómo reinterpretar el entorno natural mediante nuevos sabores, aromas y combinaciones.

Las experiencias

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Senderismo: rutas para todos los gustos y niveles a través de las cuáles, además del esfuerzo físico y saludable, redescubrimos nuestro planeta sumergiéndonos en sus ecosistemas como un simple ser vivo más.

Deportes de aventura: rafting, piragüismo, escalada, buceo, rutas a caballo, barranquismo o tirolinas, entre otras muchos.

Observación de la naturaleza: fauna, flora, estrellas, que de por sí constituyen toda una cultura humana o biocultura viajera por recuperar.

Agroturismo: la recolecta de hierbas aromáticas o medicinales, setas, castañas, el pastoreo, el huerto o la granja son cada vez más demandados por un viajero que quiere pasar de mero espectador pasivo a integrante de cada destino, viviéndolo desde dentro.

El mapa como estrategia de promoción del ecoturismo

Nuestra visión del mundo, a diferencia de la que duró hasta la generación de nuestros abuelos, no es fruto de la experiencia local o del relato oral, sino de otro relato, el global: imágenes vía satélite y tecnología punta. No vemos el mundo como es, sino el que el modo de vida que proyectan las pantallas (móviles, ordenadores, TV), nos muestra. El 90% no se ve. Además de sesgada, es una visión más fría y técnica que animal o sentida: inmediata, virtual y exacta. ¿Cómo ese mundo no va a diferir del que la naturaleza nos predispuso a sentir? Hemos adquirido una visión GPS. Cuando viajamos, no vivimos el territorio atendiendo a los ecosistemas que lo forman y nos dejan existir, sino a las redes viales, señales de tráfico, áreas de servicio, vallas publicitarias, centros comerciales, o sea, al tejido inerte, a toda esa broza de plástico, asfalto y metal de la que hemos rodeado nuestra vida, mirando con distancia el paisaje que nos es más propio, como alienígenas.

Hemos interiorizado tanto los mapas políticos y de carreteras que ya no nos movemos por el físico. El mundo GPS es una mezcla heterogénea abarrotada de información, carreteras, fronteras, ciudades, fábricas, etc., nada vivo. ¿Y cómo valorar lo que no vemos? Si a la sociedad le cuesta concienciarse por la naturaleza es porque su mundo mediático es una máscara artificial. Por eso es importante la mirada sostenible que sabe filtrar lo orgánico de lo sintético. Y por eso los proyectos sostenibles pierden su autenticidad al representarse también en el mapa artificial. Pertenecen al otro lado, a la zona invisible, al ecosistema. Es el mapa físico el que mejor expresa el otro mundo al que nos invitan, y en él deben promocionarse. Sólo saliendo de esa telaraña de red vial y mediática que enmascara el paisaje, puede conocerse un lugar, a pie, sumergiéndose en el relieve que lo enriquece. Esa experiencia pedestre del territorio la ilustran los mapas físicos.

Mapas físicos como las cartas náuticas, cuya leyenda formaban el poniente y levante del sol, los vientos, los cabos y restingas, las montañas y accidentes del relieve que servían de guía visual, los bosques y fuentes de agua dulce que daban riqueza a un puerto. En esas cartas destacan los elementos naturales que condicionaban la vida y la actividad humana, exagerando la altura de un monte o la anchura de una bahía en proporción a su valor. Esos protagonistas del mundo antiguo siguen entre nosotros, olvidados, y esa cultura natural que daba nombre a los vientos ha desaparecido pero es con la que el ecoturismo y turismo sostenible tienen más que ver, y la que deben recuperar si buscan la experiencia natural del paisaje. Ninguna actividad está más ligada al territorio, así que la imagen que proyecten de sí mismos debe enraizarse en él. Claro que no podemos prescindir de las carreteras para que nos localicen, pero el Dónde estamos no puede limitarse a señalizar la A6, sino el ecosistema único que nos define, donde el viajero quiere perderse e integrarse.

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Uno de los alicientes de viajar es perderse, evadirse de lo cotidiano y reinventarse en otra cultura u otra vida. Desaparecer del mundo global (que exhibe) para volver al local (que esconde). Por eso la promoción de la naturaleza debe hacerse desde su idioma, la cultura paisajística o biocultura cartográfica de los viejos mapas físicos, hechos con pulso viajero. El mundo es otro si se mide en brazas o si interactuamos con él no solo por la vista sino por otros sentidos y estímulos, pero ese no lo captan las fotos ni las pantallas. Nuestra capacidad de percepción ambiental se ha atrofiado tanto que nada como un mapa hecho a mano para interpretar el mundo como se vive y siente a escala humana.

Viaje gastronómico al sabor del otoño rural

“La becada ama la hora en que el anochecer hace más agudo el olor de las hojas muertas, impregnadas de tierra húmeda, mientras la luna amarilla de noviembre brilla en el vapor helado de los bosques. Estos olores otoñales resurgen a su vez con el calor de la cocina (…). El mundo misterioso y encantador de los bosques se vive en el otoño”, dijo Clermont-Tonnerre. Y dijo bien. Es el 8º año que Galicia celebra el Otoño gastronómico, iniciativa con que sus casas rurales celebran el esplendor culinario del bosque. Hasta el 14 de diciembre ofrecen un menú trufado de caza de temporada, sabrosas castañas o setas regadas por salsas y vinos. La tradición artesanal hace el resto. El escritor José María Castroviejo añoraba las mañanas brumosas, cuando los hilos de niebla se levantan sobre el oro viejo del bosque, ese oro viejo que el otoño aviva estos días como el fuego.

La semana pasada descubrí el considerado paraíso de ese flamante espectáculo: en el Courel, reserva forestal más abrumadora de Galicia. De camino conocí la reinvención culinaria de la región con una nueva cerveza de castaña hecha en Balboa, Ancares leoneses, que ya pega fuerte a poco de su lanzamiento. No es el único producto que pone en valor este territorio aislado y virgen: setas, castañas, mermeladas, aceite… En el Courel pasé la noche en la acogedora Casa Caselo, palco de honor a la devesa de Paderne, uno de los bosques mágicos que estos días viven en combustión. Es la única del Courel en el Otoño gastronómico. Los cazadores del lugar proveén con perdiz, corzo o jabalí su buena mesa: caza con castañas o pollo de casa, embutidos, caldo gallego, licores que trasladan la esencia del bosque (moras, endrinos, frambuesas…).

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Este año el Otoño gastronómico tiene la novedad “Cocina con nosotros”, y algunas casas como Caselo invitan a los huéspedes a su cocina para compartir sus secretos. Fuera de esos bosques ígneos, no solo entre caza anda el juego. La riqueza rural de temporada va más allá, y como ejemplo dos de nuestras socias, integrantes del Otoño gastronómico, desde el mar, a la montaña: Casa de Trillo, en la salvaje y romántica Costa de la muerte, y Reitoral de Chandrexa, en la Ribeira Sacra orensana, sobre los espectaculares cañones del Sil… En la primera el menú otoñal se nutre de pulpo, almejas a la marinera, cerdo celta o pescado de temporada. En la segunda, el menú otoñal presume de gourmet con Risotto de setas silvestres, asado de ternera “caldelá” ecológica, ensalada de otoño, tarta de manzana… Os animamos como siempre a descubrirlo y difundirlo, para que de una vez pongamos en valor la magia otoñal de nuestros bosques, como evocaba Clermont Tonnerre o añoraba Castroviejo.

Turismo rural de temporada: septiembre, la madurez de la cosecha. Agroturismo, enoturismo y vendimia

Termina agosto y entramos en septiembre, la dulce postrimería del verano. La luz del sol declina como el color del campo, dorándose en lenta transición al otoño. Frutos como los higos, las uvas o las moras han engordado también hasta rebosar al punto de madurez y jugo con que el sol y las lluvias los han alimentado durante meses. Sus colores pintan viñedos e higueras, atrayendo a insectos y pájaros. Los impacientes verán recompensada su espera, porque todo lo bueno lleva su tiempo y se hace esperar… Las parras y cepas se retuercen con el peso de los racimos como se vencen las ramas de la higuera o se tiñen de rojo y mora los arbustos.

Septiembre es el fin de la cosecha, y el campo lo celebra desde hace siglos con fiestas en honor a la tierra y a los alimentos que surte. Arranca la Vendimia, una de las temporadas más pintorescas del mundo rural, inmortalizada por el arte desde la Antigüedad clásica a la actualidad. El turismo rural no es ajeno, y el agroturismo y enoturismo (con todas sus ofertas y propuestas) rezuma en estas fechas el olor a madera de las barricas y el frescor embriagado de las bodegas. El vino es la sangre de la tierra, fuente de vida y zumo de naturaleza exprimida y fermentada, enriquecida por los aromas y sabores del paisaje. Uno de nuestros patrimonios estrella.

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Generosos racimos de uvas, dulces o ácidas, doradas o tintas, invitan desde las vides a avispas, pájaros y hombres al festín de su degustación. Abundan fiestas y regiones donde saborear la cosecha de septiembre. ¿Qué mejor que probar un fruto de temporada en el paisaje que lo produce? ¿Recién recolectado? Mermeladas, helados o licores de uvas, moras o higos, entre otros, son algunas de las variantes que podéis disfrutar desde una casa rural en desayunos, comidas o cenas durante la fiesta de la cosecha, a la sombra de la parra o de la higuera, pudiendo alargar el brazo y, sin pincharnos, picar como un pájaro y llevarnos el sabor silvestre de una mora a la boca.

¿Qué os sugiere a vosotros septiembre en el campo? ¿Qué frutos y fotos produce vuestro entorno? Reunidas darían para un mosaico.

Vilaflor propone la primera ruta de agroturismo en Tenerife

Ayer tuve la oportunidad de visitar un proyecto muy interesante que ha visto la luz hace apenas unos pocos meses en uno de los pueblos con más encanto de Tenerife, mi isla. Vilaflor no sólo es el municipio más alto de España, situado a las faldas de las Cañadas del Teide a unos 1.400 metros de altitud, también es un enclave rural de gran belleza, envuelto entre pinares, almendros y muestras únicas de cultivo en jable, típico del sur de la isla. Allí, la Asociación Geria Sostenibilidad, en colaboración con el Ayuntamiento de Vilaflor, ha tejido la primera ruta de agroturismo en Tenerife, un hecho sin apenas comparativa en otros lugares de la isla, en donde ha primado un desarrollo y promoción de un turismo de sol y playa, muy alejado del verdadero potencial de un destino que es muchísimo más que eso.

Vilaflor tiene una ubicación privilegiada, en la vertiente sur de la isla, punto de paso de uno de los accesos al Parque Nacional de las Cañadas del Teide y, por tanto, de muchos turistas que suben a conocer unos de los parajes más peculiares y característicos de Tenerife. A través de un proceso participativo en el que todas las posibles partes implicadas pudieron expresar su punto de vista sobre las problemáticas, los retos y las oportunidades a las que se enfrenta el pueblo, la ruta fue tomando forma hasta alcanzar 14 puntos y recursos de interés.

Mediante el contacto directo con productores del municipio, el visitante puede conocer diferentes actividades relacionadas con el sector primario, empezando por la importancia del cultivo en jable, un enarenado con esta piedra volcánica y ligera que permite un mejor aprovechamiento del agua. También el desarrollo de la apicultura, la elaboración de dulces artesanales o pan con cereales autóctonos recuperados, así como la visita a algunas bodegas ecológicas, muy representativas del famoso vino de Vilaflor, perteneciente a la D.O. Abona.

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Viñedo de la finca ecológica Alma de Trevejos (La Escalona, Vilaflor)

El proyecto, muy joven y todavía con poco recorrido, aún debe trabajar en mejorar su visibilidad y en abrir vías de promoción y comercialización. Tenerife es una isla que recibe cada año más de cinco millones de visitantes, muchos de ellos europeos procedentes de países en donde este tipo de productos ha ido ganando adeptos de forma creciente en los últimos años. También en el mercado insular hay mucho potencial a explotar, no en vano un recorrido de este tipo permite conectar de forma espontánea y natural con todo el saber popular enraizado en nuestro medio rural. En definitiva, con todas esas tradiciones que han conformado la identidad de la isla y que, por suerte, en lugares como Vilaflor aún siguen muy vivas.

Volver a la palloza, el milenario hogar bioclimático

Seguimos en el norte, pero esta semana subiendo a la alta montaña. A la sierra de los Ancares, frontera natural de Galicia y Castilla y León. En ella resisten, como el poblado galo de Astérix y Obélix, las pallozas, míticas viviendas prerromanas atribuidas a los celtas: hogares de piedra techados por capuchas de paja. Sea en primavera o bajo la nieve del invierno, dan al paisaje una de las estampas más bellas y ancestrales del mundo. Tejados de paja semienterrados en la hierba o la nieve, brotando como setas del suelo… Si están de moda es porque un reciente estudio ha concluido que estas míticas viviendas son un modelo de rendimiento energético, de eficiencia energética rural, con menor demanda térmica que las viviendas rurales construidas hoy, dos mil años después. Prueba de esa eficacia es que siguieran habitadas al menos hasta los 70.

Poblaciones aisladas como Piornedo (Lugo) o Balouta (León) son de las pocas en que aún pueden apreciarse. Y habitarse… Ovales, circulares o rectangulares, las pallozas eran en tiempos la única vivienda de estas zonas; apiñadas unas a otras cubrían toda la aldea con una frondosa techumbre de paja, formando auténticos poblados celtas de aspecto indígena, hoy mermados y que empiezan a revivir gracias a la restauración y el turismo rural. ¿Quién no imagina a los druidas conjurando a la magia de la noche, entre las luces que alumbran la aldea en medio de la oscuridad de los bosques? Su amplio interior era fresco en verano y cálido en invierno, pues su estructura alrededor del fuego hacía de él un horno de temperatura constante a pesar del frío exterior.

Largos meses de invierno, bajo tormentas de nieve, pasaban las familias sepultadas en estos nidos de paja, viviendo al amor de la lumbre. Así lo describe una crónica de 1935: “Entramos en una de ellas (…). Quedamos un momento parados en el centro, hasta acostumbrar nuestros ojos a la penumbra llena de humo que nos hacía toser. Una docena de campesinos, mujeres, hombres y niños. Caras angulosas de color apretado y fuerte, blaquísima dentadura. Hablan con gran despaciosidad y parsimonia”. Y otra de 1914: “la vida familiar se intensifica dedicando las horas de encierro a la construcción de aperos, cestos, etc. los hombres, y a la elaboración de botelo, mantecas, y de los sabrosos quesos del Cebrero las mujeres. (…) Y cuando el tiempo abonanza y el terreno lo permite, celébranse allí, por la noche, los clásicos filandones o polavicas, reuniéndose las gentes a fiandar (hilar), leer, charlar, jugar y retozar (…)”.

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El estudio del que se hizo eco la prensa gallega y leonesa, dice que las pallozas, reinterpretadas con ventajas técnicas, vuelven a ser perfectamente habitables, pues sus características se emplean en la arquitectura bioclimática más moderna y sostenible, reduciendo las emisiones de CO2, como la permacultura. No olvidemos que el hombre civilizado es el único ser vivo que contamina el lugar donde vive, el suelo que le nutre y el aire que respira. El estudio pretende demostrar la viabilidad y rentabilidad de las pallozas hoy, en proceso de reinvención. En países como Holanda o Gran Bretaña han aumentado las casas con techos de paja bajo los mismos principios energéticos.

La semana pasada dábamos a conocer la oportunidad de dormir en un hórreo. ¿A quién no le apetece dormir en una palloza? Como la Palloza Baltasar, en Lugo, o la Casa de Lamas, en León, casas rurales que invitan a vivir una experiencia inscrita en una historia y naturaleza milenarias: bajo el grueso manto de nieve y el refugio de la paja y el fuego, al calor de historias y leyendas medievales sobre bosques embrujados, lobos y criaturas mágicas. Al salir de la palloza, que es una buena manta, el aire puro y seco de la montaña, donde campan los caballos salvajes. Hay en ello algo exótico, casi indio, arraigado a nuestra naturaleza, que vale la pena preservar y descubrir.

Experiencia de ecoturismo: reinventando la vida rural en el hórreo

Uno de los mayores símbolos del patrimonio rural del norte es el hórreo, el antiguo y modesto depósito de la cosecha que acompañaba a las casas de labranza. Arca del oro del campo, el maíz, y tesoro de las familias campesinas confiadas al amparo del cielo, el hórreo era un nido de riquezas agrícolas entre la vegetación. Dispersas por el paisaje rural gallego y asturiano, desde la alta montaña a la orilla del mar, hoy son una reliquia de valor etnográfico, arquitectónico y popular, íntimamente ligada a la vida de generaciones campesinas. A la vida, porque como decíamos, el medio rural es un paisaje anímico y emocional sazonado por la naturaleza.

Hoy el hórreo es ejemplo de restauración rural. ¿Cómo? Una especie de cabaña en las alturas, tentación de niños por su elevado refugio, ¿cuántas escenas furtivas de hurtos y amores habrá cobijado? Su singular belleza reside por un lado en la altura de su puerta, separada del suelo por altas patas de piedra, contra la amenaza de la humedad y los roedores. Por otro, en su intimidad y refugio. El interior es una cámara tapiada de madera en Asturias, y en Galicia trascendida por la naturaleza que la envuelve: entre las rendijas de sus paredes se filtran halos de luz que inciden sobre el maíz o los porrones que cuelgan de las tablas y tejas del techo.

Con el paso del tiempo, su uso ha variado, desde pajar y gallinero a trastero, pero el más novedoso es el que aquí promocionamos: alcoba. De planta alargada en Galicia y cuadrada en Asturias, en su interior abundaba el olor a maíz, a manzanas maduras, castañas, patatas, frutos de la tierra, con su riqueza mineral y variedad de colores y sabores. Echar la siesta allí, entre la maduración del fruto y la luz tamizada por las rendijas, en la turbación lumínica de la sombra y el verdor que ciñe el hórreo, era uno de los placeres del verano. Sólo puede accederse a este altar hortelano por una escalera de madera que se retira o por una de piedra.

En su interior, la naturaleza trasciende por los cuatro costados, pues el hórreo transpira por sus poros: a los pies, tablas de madera bajo las que corre el aire, a los lados, tablas de madera o piedra envueltas de vegetación, y sobre la cabeza, las tejas o paja donde anidan los pájaros; luego el cielo. El hórreo es la entraña de la naturaleza y el buche del campo. ¿Dormir allí dentro? Pasar la noche mecido por el canto de los grillos y el fulgor de las estrellas, al resguardo de su preventiva altura, es lo más parecido a las literas o palanquines con dosel en que transportaban a los nobles de la Antigüedad. Y por la mañana, despertar al día desayunando el surtido de la tierra.

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Es la propuesta de la Quintana de la Foncalada, en Argüeru, Asturias, en colaboración con la Fundación Ecoagroturismo: “Horreo-Aventura”, experiencia sostenible para sumergirse en el entorno natural y familiarizarse “desde dentro” con su biodiversidad. Exitosa idea similar a las desempeñadas en otros países como Suiza (dormir en la paja) y que ya inspira un concurso literario. El hórreo es un hogar condensado y una nostálgica máquina del tiempo. Sólo hay que sacudirse de prejuicios y como recuerdan desde el Ecomuseu, suscribir a Marcel Proust: “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos caminos sino en tener nuevos ojos”.

Con pleno respeto al paisaje histórico y natural en que se inserta, reviviendo experiencias antepasadas, hoy el hórreo puede ser lo que queramos, ante todo una construcción bioclimática digna de la pura experiencia de ecoturismo. “Hay una enorme necesidad de re-plantear el mundo, de rescatar nuestra imaginación”, recuerdan también desde el Ecomuseu: “Experimentar una noche rodeado de silencio, árboles y estrellas, como tradicionalmente se hacía en el hórreo, sin más recursos que un colchón para el vivaqueo, con un desayuno casero y ecológico para iniciar la jornada”.

Turismo rural y experiencias: despertar los 5 sentidos

El turismo sostenible, a diferencia de otros, no es un fin, sino un medio. Un medio de aproximación por el que los anfitriones contagian su pasión y forma de vida a los huéspedes, y por el que los huéspedes adquieren esa pasión y forma de vida, llegando al fin, que es redescubrir la naturaleza como el hábitat al que pertenecen: nadie es forastero en la naturaleza. Pero lo parece. Nuestra capacidad de percepción ambiental se ha urbanizado y empobrecido tanto que hoy reducimos la naturaleza a un paisaje o decorado de autopistas, residuo de un medio de vida obsoleto y como mucho, pintoresco. La naturaleza no es un paisaje pasivo, sino anímico. Un estado de ánimo. Una corriente de estímulos donde sumergir el cuerpo y los sentidos, no un trasfondo plano con vistas. Hoy ya solo sabemos contemplarla, pasear por ella como por un museo. La mirada sostenible del turismo rural reivindica la inmersión en la naturaleza como paisaje emocional, con las sensaciones para las que nos predispone el organismo al nacer, hoy exactamente igual que hace miles de años.

Un paisaje emocional que conforman sentidos anestesiados por la ciudad y la cultura de la imagen como el olfato, condenado junto al oído o el tacto a ruidos, humos, gases, asfalto… Esos sentidos nos reportan más información y carga emocional que las imágenes en las que hemos aplanado el planeta y nuestra sensibilidad. Hace poco un estudio revelaba que podemos percibir más de 1 billón de olores, pese a tapiar nuestro olfato en la ciudad. A veces, un olor inspira, sugiere y vale más que mil imágenes, aunque no podamos describirlo. ¿Cuántos matices y vitalidad rezuma el olor de un campo de noche? Marshall McLuhan, el gran analista de los medios de comunicación, advertía de la atrofia de los sentidos por abuso de la vista, abducida hoy más que nunca por las nuevas tecnologías, y de la pérdida del equilibrio sensorial en que vivía antiguamente el hombre. La naturaleza no es un cuadro, es un intercambio de estímulos y energía entre organismos. Sin embargo, ninguna sociedad como la nuestra ha vivido nunca más divorciada y alejada de ella. Por eso el turismo rural, entendido como horizonte de estímulos y liberador de sentidos, es hoy uno de los viajes más largos y apasionantes que podemos hacer…

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Ya hemos dicho que el turismo rural es el revulsivo de la naturaleza. El turismo es hoy, por un lado, el único hábito social capaz de movilizar tanta gente hacia ella y difundir su valor como destino, dando a probar su habitabilidad de forma activa y moderna, no contemplativa o bucólica. Por otro lado, es la única actividad económica (más que el sector de las renovables) que pone en valor sus experiencias y recursos de forma no materialista: por el valor de la naturaleza en sí misma. El capital con que “trafica” el turismo rural y sostenible no es material, sino humano y natural: más que productos y servicios promociona las sensaciones y experiencias que nos completan como seres vivos, así como valores sobre el territorio y sus habitantes. De alguna forma, el turismo sostenible pone fin a la clásica y comercial concepción “turística” para inaugurar una nueva, definida más por el viaje como experiencia responsable con el planeta y el territorio. La sostenibilidad debiera ser una de las primeras metas de la globalización, porque no universaliza marcas, sino valores, que aplicándose a nivel local redundan a nivel global: el ecosistema que se preserva aquí incide a cientos de kilómetros allí, en el clima, en un río, en un bosque. La naturaleza no tiene fronteras…