Ni rural ni sostenible. 2017: Año Internacional del Turismo Integral

2017 es el Año Internacional del Turismo Sostenible para el Desarrollo. ¿Qué importancia tiene? Decisiva. Quienes no estén familiarizados con el tema deben saber que el turismo insostenible no sólo altera un lugar al convertirlo en producto, sino nuestra capacidad para apreciar la realidad (tal cual es y como patrimonio). También altera nuestra forma de viajar, al convertirnos en consumidores, reduciendo el mundo a un paquete de destinos y servicios, y sus distancias (y ecosistemas) a un simple escollo. Viajar debería ser una vía de experiencia y conocimiento, pero ha entrado en una dinámica cuya máxima parece ser (como la cultura del entretenimiento), alejarnos de la realidad, conducirnos a lugares de diseño o ensueño que no existen. Pero ni en el propio destino, si rascas un poco, ni en el lugar donde vives, cuando dices “volver a la realidad”.

turismo sostenible

¿En qué consiste pues el turismo? ¿En evasión, distracción? ¿A qué coste? ¿Conocemos realmente el precio de esa ignorancia, de esa frivolidad? Obviamente el turismo es lúdico por definición, no se trata de ir por el mundo como agentes sociales, pero el ocio no es incompatible con la realidad, ni debe serlo a menos que la realidad del destino, aunque trágica, sea lo de menos mientras puedas tumbarte al sol o ver la tele. Si viajas para huir de la realidad, no critiques el mundo. O viaja con responsabilidad, exigiendo el mismo compromiso a tus hoteles y destinos. El turismo es una de las principales formas de activismo y transformación que como ciudadanos podemos ejercer.

Viajar no siempre ha sido así ni tiene por qué serlo. En el pasado se viajaba sin despegar los pies del suelo o la realidad, lo que era más incómodo, lento y peligroso. Hoy hemos pasado de forma drástica a vivir y viajar en una nube, de seguridad, confort y velocidad. La “aldea global” que acuñó McLuhan hace más de 5o años tiene aquí un sentido especial. Si el mundo es una aldea global (vecindario virtual sin distancias), corremos el riesgo de simplificar nuestra mirada y al propio planeta, o por el contrario, amplificar nuestra mirada, admirar la grandeza real y patrimonial del planeta y protegerla tendiendo puentes de forma coordinada y responsable: puentes entre legislaciones, transportes, servicios y touroperadores. Esos puentes ya se tienden a escala local mediante el asociacionismo, pero necesitan el apoyo gubernamental y social. Porque el turismo pide un cambio, pero se debate como el resto del mundo entre extremos. Entre lo global y lo local, entre la tradición y el progreso, la conservación de la naturaleza y la industrialización, el negocio y el interés general. Si como decían los clásicos, la virtud está en el equilibrio, el turismo sostenible ha llegado para materializar por fin ese equilibrio o puente entre extremos. Porque fomenta un turismo integral, moral y real (el que nos acerca a la realidad), al conciliar esos extremos:

  • Lo local con lo global: contribuir al medioambiente global desde la acción local.
  • El pasado con el futuro: sin despreciar la tradición, se enraíza en parte de sus valores para actualizarlos, modernizarlos y edificar con ellos el progreso (energías renovables, eficiencia energética…).
  • El negocio con el altruismo: busca la rentabilidad teniendo por límite el respeto medioambiental y social, como quien sabe que su libertad no existe sin aparejar deberes con los demás, principio liberal que el liberalismo económico ha olvidado muchas veces, instalado más en la ley del más fuerte, pero que la RSC (versión empresarial del progreso sostenible) quiere enmendar.
  • El mayor reto me parece conjugar la conservación de las culturas locales con su aperturismo a una cultura universal (no global), de mentalidad progresista, basada en valores universales, adaptando sus costumbres, creencias o religiones a la ética y la ciencia actual, sin dejar que por ello la técnica arrase su forma de vida.

turismo sostenible

Este Año Internacional del Turismo Sostenible debería servir para inculcar en la sociedad y grabar a fuego una idea: el turismo sostenible no es un tipo de turismo, es el único. El único viable, y para ello convendría quitarle el apellido y visibilizar que el que merece etiqueta es el turismo insostenible. El turismo sostenible no es turismo verde o solidario, es turismo total, integral, porque es el único que respeta y preserva la realidad como un patrimonio (no como un producto) a todos los niveles.

Una buena forma de mostrarlo es medir la calidad de un destino o alojamiento por su grado de transversalidad o integración (local/global, tradición/progreso) y respeto a la realidad a cualquier escala patrimonial. Esas escalas son universales, cualquier destino puede visibilizarlas desde su singularidad local, a partir de productos turísticos afines que todos conocemos, aunque tendamos a ignorarlos o parcelarlos:

Astroturismo

Poder observar o entender un poco mejor el universo del que dependemos, a golpe de prismáticos, telescopio o a simple vista. Si hace falta, con mitología local, para darle gracia. El cielo estrellado es nuestro patrimonio natural más sagrado y antiguo. Un cielo que sostiene a nuestro suelo: la Tierra. La Ciencia no deja de avanzar cada día en la exploración del Cosmos, aprendamos de ella.

Geoturismo

El suelo que pisamos apareció antes que la vida o que cualquier cultura. Se le debe el privilegio de quererlo y conocerlo antes que a lo demás, por la historia que deposita y por sostener y explicar el paisaje que respiramos y admiramos, o a la cultura que vive en él. Por muy árida que parezca la geología, con gotas de imaginación florece. Vernadsky decía que la vida es una fuerza geológica.

Ecoturismo

Es la eclosión del turismo de naturaleza, y por ello también a veces una amalgama confusa. El ecoturismo integra al astroturismo y geoturismo, pero puede asociarse más a los ecosistemas y a la vida. La biodiversidad sigue siendo la vanguardia experimental y evolutiva del universo, no un vestigio del pasado. Somos nosotros los que nos aislamos en vez de cohabitar adaptando nuestro progreso a ella: turismo ornitológico, turismo meteorológico (conocer los vientos, la lluvia, el clima que da carácter y personalidad al paisaje), turismo botánico, turismo de salud o turismo activo (experiencias y aventura en la naturaleza). También el turismo rural y agroturismo (más vinculados al desarrollo humano y su cultura agraria), pero arraigados a la naturaleza.

Turismo social y cultural

Ya sea en su dimensión comprometida (voluntariado, accesibilidad y acción sobre la realidad social del destino) o lúdica: turismo industrial, etnográfico, gastronómico o artístico. Esta dimensión debería referirse a cualquier faceta humana con impacto sobre el territorio o el paisaje, respetando y dando a conocer el modo de vida local, siempre que este respete los niveles anteriores y se integre en su visión de conjunto.

Si concebimos el turismo sostenible de forma integral, como experiencia holística de la realidad, este modelo es homologable a cualquier destino/paisaje del mundo, preservando su patrimonio por escalas: atmósfera, geosfera, biosfera, antroposfera, noosfera (esfera cultural). Aunque este enfoque parezca apuntar solo a áreas rurales, el turismo sostenible no puede desvincularse de las ciudades y núcleos costeros, donde esta visión integral del paisaje salta por los aires y es más necesaria, porque también cada ciudad está definida por su patrimonio geológico o climático, por mucho que lo contamine o ignore. Sería un modelo aplicable a hoteles urbanos, que contribuyan en la medida de lo posible a hacer visible su paisaje integral, el patrimonio que define su destino singular y único.

Turismo rural: la arruga es bella

La película La Gran Belleza de Paolo Sorrentino empieza con la confesión de su protagonista: “cuando era niño, a esa pregunta tan infantil de qué es lo más te gusta de la vida, yo siempre respondía: el olor de las casas de los viejos”. Y añade como conclusión: “Estaba destinado a la sensibilidad”. El turismo rural nació también evocando el olor de las casas de los viejos. De nuestros abuelos, y destinado a la sensibilidad. Pero en cierto momento, como en la vida del protagonista de La Gran Belleza, la sensibilidad se truncó ahogada en una espiral mundana de spas, lujo y apariencia eco…

Desde entonces, prolifera un tipo de turismo rural que no tiene de rural más que el nombre, porque aunque se ubique en el campo lo utiliza de excusa para un modelo turístico insostenible basado en el hedonismo de siempre, más que en la conciencia ambiental. Un turismo artificial y aparente basado en el desdén por lo anterior. No todo el turismo rural entró en eso, pero el concepto se vició, reemplazando el espíritu de las casas de nuestros abuelos y su familiaridad con la naturaleza, por ese hedonismo del turismo convencional, que toma la naturaleza por un producto de consumo más.

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¿Qué valor tenía el concepto original? Lo rural era un depósito vital y humano de experiencias en un mundo distinto al actual, otra forma de vivir, muchas veces dura, pero también preciosa, ligada a la naturaleza. El turismo rural era un viaje emocional. Por eso, el turismo rural es turismo moral o no lo es. ¿Quién valora ya las arrugas? ¿Quién se preocupa del pasado o los ancianos? ¿De sus vidas? Sentir admiración por ellos está en descrédito para una sociedad siempre retocada. La memoria de los ancianos remitía a su juventud, a nosotros mismos en otras circunstancias, que su casa y paisaje natural siguen permitiéndonos experimentar.

El valor original del turismo rural era lo añejo, palabra que dice tanto en tan poco: la calidad que dan los años, el valor que da el paso del tiempo, el poso de la experiencia. Un valor depreciado en la era de la inmediatez pero que veneraban las civilizaciones antiguas y consagra la naturaleza cíclica. Lo añejo es eso, la voz quebrada de los ancianos como la corteza de los árboles, narrando historias de juventud, como un espejo de experiencia para las nuevas generaciones, donde verse retratados en un ciclo vital que se regenera, en vez de asfaltarse y olvidarse para siempre.

Turismo rural y revolución verde en esta Navidad

¿Por qué la Navidad, que tanto invoca la autenticidad y los grandes valores, se ha convertido en la época más artificial y consumista del año? ¿Será que con eso de envolver de magia a los niños nos empaquetan a todos? ¿O que de tanto fingir ante ellos hemos asumido la hipocresía como el valor más consustancial a la navidad? Cuando la tradición y la religión se venden al merchandising ¿qué queda de ellas? Lo irónico es que ya sea desde convicciones religiosas o laicas, hace falta muy poco para hacer de la navidad un recuerdo mágico e inolvidable de verdad, sin recurrir al cartón piedra y los efectos especiales con que la publicidad la adorna. Si la magia navideña está en su exaltación de valores, sorpresas y belleza, esto sobra sin trampa ni cartón en la naturaleza.

Si tenemos valores sociales o ambientales que inculcar a nuestros hijos, aprovechemos la navidad para hibernar y desconectar de todo lo que se lucra, despilfarra o comercia con ella, recuperando la modestia que caracteriza a la naturaleza en la estación fría del año, para fomentar una conciencia o perspectiva real y justa del mundo. El invierno implica refugio, adaptarse a la escasez de recursos y aprovechar el aprovisionamiento hecho durante el tiempo de bonanza. Lo opuesto a lo que hacemos: multiplicar compras y gastos. La época materialista por excelencia puede convertirse en la del apagón y la revolución verde, la del ahorro energético y la magia real, la natural. Basta un ligero cambio de rubo: hacia regalos biodegradables o un entorno sostenible y con encanto como una casa rural.

¿Qué mejor regalo que despertar en un lugar donde el paisaje huele a invierno? ¿Desde la leña en el fuego al aire frío de montaña? Donde desde el bosque a la fauna silvestre y desde la fantasía a las leyendas del lugar llenan de misterio y encanto real cada experiencia del turismo rural? Existen rutas navideñas para sumergir al viajero en episodios de cuento. Donde alejarse del tópico y el derroche comercial para tomar las uvas (con tele o sin ella) desde un lugar aislado en la auténtica navidad. Donde celebrar cenas íntimas con cocina casera y experiencias ecoagroturísticas irrepetibles, donde los árboles están vivos y no son de plástico, la nieve es agua helada y no porexpán, y la blanca navidad del villancico es real.

turismo rural en Navidad

Convirtamos la navidad sintética en orgánica. Regalando vida y llevando al corazón urbanita de nuestras casas un kit de cultivo o pequeñas bombas de semillas para sanear la rutina. Iniciativas como Ecoquchu, con regalos ecológicos de diseño artesano, se proponen reverdecer así la vida urbana. Hay modestos proyectos de gran corazón que contribuyen al progreso sostenible y el florecimiento del planeta en dirección opuesta al materialismo que tanto derrocha estos días. Proyectos sociales y ambientales que luchan por un mundo mejor y debieran ser los verdaderos Reyes Magos en los que creer, porque existen de verdad. Aunque las luces y el porexpán nos venden los ojos.

La apuesta por un turismo rural sostenible llega a Portugal con el proyecto Ceres Ecotur

La Fundación Ecoagroturismo y la organización ecologista Quercus (Asociación Nacional de Conservación de la Naturaleza), de ámbito nacional en Portugal, han llegado a un acuerdo de colaboración para la implantación del sistema de calidad Ceres Ecotur progresivamente en el país luso. La presentación oficial del acuerdo y del proyecto tendrá lugar el próximo 30 de noviembre, a partir de las 9:30 de la mañana, en el Auditorio del municipio de Boticas, en el distrito de Vila Real, al norte del país.

El acto, que contará con la presencia de Severino García, presidente de la Fundación Ecoagoturismo, estará respaldado por representantes políticos y de entidades privadas de ámbito local, regional y nacional. Entre ellos, destaca la secretaria de Estado de Turismo, Ana Mendes Godhino, junto con el presidente de la Federación Nacional de Turismo Rural de Portugal, Cándido Mendes.

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El trasfondo del acuerdo suscrito entre Quercus y la Fundación Ecoagroturismo es promover estándares de calidad turística y sostenibilidad medioambiental y sociocultural en el medio rural portugués. Para ello, se va a trabajar en un sistema de gestión, con una transferencia de conocimiento y de referencias en buenas prácticas en la materia, tras años de andadura del proyecto Ceres Ecotur en España.

El objetivo no es otro que trabajar por la implantación de un modelo de turismo sostenible con valor añadido para el medio rural, en un momento en el que hay un fuerte crecimiento del sector en Portugal. Frente a eso, está la necesidad palpable de minimizar sus impactos, a la vez que se procura que los beneficios repercutan directamente en los territorios de acogida.

En palabras de João Branco, presidente de Quercus, “la implantación de un sello y un modelo de gestión como el que representa Ceres Ecotur contiene implícito un componente filosófico e ideológico, con el argumento de que el turismo debe estar vinculado a las necesidades de la población y a la agricultura local.”. Por su parte, para Severino García, presidente de la Fundación Ecoagroturismo, “el acuerdo es un reconocimiento al trabajo realizado en España y a la puesta en valor de iniciativas que destacan por su compromiso con una sostenibilidad integral, además de una oportunidad de estrechar y fortalecer vínculos con el país vecino, para generar sinergias entre emprendedores y proyectos afines.”

El proyecto, que trabaja sobre la adaptación a la realidad portuguesa de los sistemas de calidad de Ceres Ecotur, bajo el paraguas de la red ECEAT (European Centre for Ecological and Agricultural Tourism), de la que la Fundación Ecoagroturismo es representante, se implantará en varias fases. La primera se centrará en incorporar alojamientos, empresas de actividades e iniciativas ecogastronómicas de los municipios de Boticas, Arcos de Valdevez y Idanha-a-Nova, en el norte de Portugal, con el acompañamiento de Quercus y la Federación de Turismo Rural de Portugal, bajo la supervisión de la Fundación Ecoagroturismo.

A modo de piloto, se generará una red de asociados bajo el sello de calidad, cumpliendo estándares de sostenibilidad ambiental y responsabilidad sociocultural,  que tendrán que superar un proceso de evaluación y seguimiento. En fases sucesivas durante 2017, coincidiendo con la declaración por parte de la ONU del Año Internacional del Turismo Sostenible para el Desarrollo, se irá implantando progresivamente en otros territorios portugueses.

A medio plazo se pretende generar conciencia en torno al crecimiento turístico que está experimentando el país luso, garantizando la aplicación de mecanismos para promover, sensibilizar y orientar a diferentes actores turísticos bajo criterios de sostenibilidad. Todo ello con la meta de generar un modelo de turismo rural sostenible. Un marco de trabajo que genere oportunidades socioeconómicas para los habitantes de los entornos rurales y naturales del país, a la vez que se conservan sus principales recursos con valor medioambiental, cultural y etnográfico.

Turismo rural sostenible en Portugal

Turismo sostenible y ética: ecología, animalismo y toros

Vaya por delante que es una opinión personal, pero hacen un flaco favor a la causa animalista los antitaurinos que se alegran por la muerte de un torero, un ser humano -que también es un animal- por el que dejan de tener empatía, demostrando una hipersensibilidad relativa. No se puede ser sensible al sufrimiento animal sin serlo al sufrimiento humano, se puede anteponer uno a otro, pero eso ya no es sensibilidad ni amor a los animales, sino misantropía. Para un animalista sería como alegrarse por la muerte del lobo por compadecer al cordero. La violencia todavía forma parte del comportamiento cultural del hombre, y que te parezca moralmente desfasado como el de un caníbal no le exime del sufrimiento físico a él ni del moral a su familia. Esta empatía por la familia, víctima indirecta, me parece aún más básica, y quienes ni siquiera sienten respeto por ella son caso aparte. Lo peor no son los casos que se extralimitan en Twitter, si no la mayoría que no lo hace pero también se alegra. Esa satisfacción me hace sentir infinitamente más lejos de esos antitaurinos que de los taurinos. Porque la ecología sin humanitarismo no tiene sentido, y porque en cada corrida, la vida humana vale más que la del toro aunque solo sea porque a la vida biológica se añade una vida personal, y olvidar esto es olvidarlo todo. ¿Eso justifica el maltrato animal? No.

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El problema de este debate es que enfrenta a dos tipos de emotividad (cultural y natural), y cada una está justificada desde una experiencia personal y cultural distinta. Si por un contacto frecuente con animales (o sin él), te conmueve el sufrimiento del toro, sentirás una repulsa instintiva hacia quien lo inflige, anteponiendo una barrera que hace incomprensibles sus emociones o razones. Pero la repulsa que sientes ante el lobo mientras mata nunca te llevaría a criminalizarlo porque sabes que está en su naturaleza, y respetas la naturaleza por encima de todo. Para quienes ignoran el sufrimiento del toro y se dejan llevar más por emociones culturales, hay una justificación moral al toreo. Y desde esta actúan. Desde ese sentido moral que ellos le dan, torean o van a los toros. Por eso aunque no me gustan -y menos que se la considere la fiesta nacional-, me parece absurdo y contraproducente llamar asesinos o torturadores a los toreros. Porque no lo son, su intención no es hacerle sufrir para regodearse. Su perspectiva cultural les exime de la crueldad moral que ve el animalista. Los animalistas que se alegran del dolor humano, sin embargo, no tienen explicación natural ni cultural.

Es un conflicto ético muy vinculado al turismo sostenible. Por ejemplo, a los valores que enfrentan al turismo sostenible rural, generalmente sensible al conservacionismo, con la comunidad local, habituada a tradiciones y costumbres que a veces frenan la conservación, como la caza, la oposición a reintroducir ciertas especies como el oso o el lobo, o los festejos con animales. Ante esos conflictos, creo que debe prevalecer el respeto a la comunidad local entendiendo toda la historia cultural que enraiza sus hábitos. Es más eficaz proponer variantes o alternativas ecológicas, buscando un valor etnográfico o vínculo a preservar de su tradición, que apelar al desprecio y la imposición.

Astroturismo rural: un faro a las estrellas

Hace poco visité el Observatorio astronómico de Forcarei, en los montes de Galicia. Cuando me acerqué ya se estaba haciendo de noche y vi su sombra recortada contra el cielo, en lo alto de una montaña. Su situación solitaria, en permanente observación del cielo nocturno, me hizo pensar en un faro. Como si su telescopio fuese un foco que en vez del mar barriese el universo. Aquella antítesis entre el terruño y el espacio, entre el paisaje ancestral y la tecnología puntera, hacía convivir al pasado y el futuro. Y me recordó al primer faro que conocí, en la isla de Ons, también una noche, y en lo alto de un monte, con una cúpula y un interior hogareño, que conducía por una escalera de caracol al corazón de su ingenio, en lo alto de la torre: la linterna. Este faro era más chato, blanco como un iglú, y de última generación, pero tenía también un interior hogareño. Cuando entré en él se oía música de piano, sus paredes eran de madera y estaban adornadas por láminas de planetas y galaxias, una estantería videoteca repleta de películas de divulgación (Cosmos, Universo), varios telescopios y algunos ordenadores. Por una corta escalera de caracol se llegaba también al corazón de su ingenio, una cúpula capaz de rotar, y por cuya abertura un gran telescopio apuntaba al cielo cuajado de estrellas. Aquella atmósfera aislada pero acogedora, entre futurista por la tecnología, rústica por la madera, clásica por la música, y desolada por el paisaje exterior, más allá de las épocas, me gustó. Abría lo rural a una nueva dimensión, a un puente con el universo y la Ciencia. Y esto, que puede no interesar a mucha gente, me pareció un lujo. Un lujo de esos sitios donde las estrellas aún no se han extinguido.

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El Observatorio de Forcarei abrió sus puertas en 2009, y desde entonces ha atraído a miles de turistas, que se hospedan o cenan en el pueblo, frente a una iglesia, antes de subir al monte. De pronto, una afición tan moderna como el astroturismo pone en el mapa un pueblo antes desconocido. Estando allí arriba, mirando por el telescopio, nace (o se recupera) la afición a la astronomía. Siempre me pregunté qué era lo que hacía especial el momento en que acercas tu ojo al ocular y te quedas a solas con los anillos de Saturno, los cráteres de la luna o las lunas de Júpiter. Cuando posas tu ojo sobre el visor y la lente acota tu campo visual, estás posando tu vista sobre el universo, sobre una región del universo a la que te acercas 75 o 100 veces: súbitamente estás a miles o millones de kilómetros de tus pies, que siguen fijos en la Tierra. Tu vista está viajando más lejos de la Tierra de lo que nunca viajará tu cuerpo, viendo un planeta, en directo, como lo harías desde un remoto punto del espacio. Esa cercanía e intimidad con las estrellas es la magia de la astronomía. Y una casa rural no necesita tanto para experimentar ese “salto” o ese vértigo. Bastan unos buenos prismáticos, un soporte o trípode donde apoyarlos, una guía del cielo, y una iluminación exterior amortiguada por protectores caseros, para no contaminar el cielo… Cada casa rural puede explorar y explotar este recurso natural inagotable al que muchos viajeros se sienten cada vez más atraídos. En las estrellas se inscribe la historia y el porvenir de la humanidad, guiaron a navegantes como Ulises o Colón, y guardan los grandes misterios de la existencia. El astroturismo es un recurso que da a las casas una imagen más completa e interesante, más conectada con el conocimiento científico y la naturaleza total, entendida como un cosmos.

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Turismo rural con sabor a mar y certificado ecológico

España no ha sabido explotar su imagen como imperio de ultramar y potencia naval, pues sometió su patrimonio marinero y su costa a tal operación estética que no la reconocería ni Cristóbal Colón. Pero las zonas de costa que se libraron de la especulación aún atesoran esa impronta de milenaria esencia marinera, y permiten el disfrute atemporal de un paisaje intacto que seguiría siendo familiar a las viejas cartas náuticas o a los navegantes de la Antigüedad.

A continuación, una lista de 12 casas de turismo rural que conjugan la riqueza rural y marina… No solo en el paisaje, sino en la gastronomía. Algunas recuerdan a la británica posada del Almirante Benbow, sobre los acantilados y la cala del clásico La isla del Tesoro. El contraste de paisajes de la costa rural es único: el interior inspira refugio y aventura, el mar, libertad. Certificadas todas por el Ecolabel internacional, según las agujas del reloj, el viaje por nuestras costas es así:

Galicia

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Casa Fontequeiroso

Se presenta como el hotel más occidental de Europa, ante la escarpada Costa de la muerte y cerca del Finis Terrae. Su paisaje de prados y bosques desemboca en playas salvajes. Rústica y acogedora, con gastronomía Slow Food cocinada en horno de leña.

Casa de Trillo

Sin alejarse de la Costa de la muerte puede hacerse noche en una histórica casa señorial del siglo XVI que fue cuna de marineros y navegantes, donde respirar el ambiente de las viejas posadas costeras. Sabor rural y marinero, razas autóctonas, gastronomía Slow Food.

Casa Pousadoira

A las puertas de uno de los rincones más mágicos de Galicia, las Fragas do Eume, y cerca del mar, esta preciosa y acogedora casa de agroturismo, con granja y huertos certificados de agricultura ecológica, dinamiza el rural sin perder de vista la espectacularidad del mar.

Alvarella

Un poco más al norte, pero cerca también de las Fragas y a pocos minutos de la playa, se encuentran esta casa y albergue destinados a la sensibilización e iniciación a la biocultura, con gran apuesta por las energías renovables y las actividades naturales.

Asturias

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Camping rural Playa de Taurán

Espectacular, al borde del mar, sobre un acantilado y una cala rodeados de prados y bosques, junto a la preciosa villa marinera de Luarca. Camping singular y único: hórreos, energías renovables, huerto y granja de razas autóctonas (ponis, ovejas…).

La casa del naturalista

Quintana tradicional del s. XVIII, con hórreo y panera, integrada en plena naturaleza y con clara vocación por la divulgación ambiental. En plena mariña asturiana, con cocina tradicional elaborada a partir de la cosecha de sus huertos, respirando a mar.

La Quintana de la Foncalada

Casería tradicional del s. XVIII en la mariña asturiana y Reserva Natural de la Ría de Villaviciosa. Tiene un precioso ecomuseo destinado a difundir las tradiciones, la artesanía y las razas autóctonas (poni asturcón, oveya xalda, pita pinta).

País Vasco

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Hotel Mundaka

Para los aficionados al surf o los deportes marítimos, en el centro histórico de la villa marinera de Mundaka (Bizkaia), fomenta el ecoturismo activo de experiencias, a medio camino de la playa y el rural, gastronomía vasca Km. 0, y uso de energías renovables.

Islas Baleares

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Can Martí

Sabor isleño, mediterráneo e ibicenco de esta antigua finca de payeses restaurada bajo principios de pemacultura y energías renovables. Perdida entre la vegetación isleña y frente al mar, huerta y tienda ecológicas propias, ritual relajante del Hammam, etc.

Son Lladó

Impresionante hacienda mediterránea en Mallorca del Siglo de las Luces, en medio de una preciosa finca agrícola y cerca de la espectacular playa de Es Trenc. Agroturismo con pastoreo tradicional de rebaños, paseos en carro de tiro, y uso de energías renovables.

Andalucía

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Cortijo La Molina de Cabo de Gata

En las faldas del Parque Natural Cabo de Gata-Níjar (Almería), conjunto de blancas casitas en un cortijo tradicional andaluz con certificado de agricultura ecológica. Olivos de Arbequina, frutales, albercas, acuíferos… Y energías renovables.

Islas Canarias

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El Sitio

En las latitudes más meridionales, a los pies de las montañas y rodeada de viñedos frente al mar, en la isla de El Hierro, encontramos El Sitio, aislado y con 200 años de historia. Frutas de primera calidad, hortalizas, queso fresco de cabra, yogur natural…

Los 50 referentes del turismo rural nacional de calidad

La Red Ceres Ecotur ha sido seleccionada por el manual ministerial de Buenas Prácticas en Turismo Rural. Es un reconocimiento al trabajo bien hecho, pero sobre todo, al valor competitivo de la red, selección de unos 50 establecimientos rurales ecológicos y sostenibles de España, referentes del turismo rural nacional. ¿Cuál es su ventaja? Su exigencia ecológica, testada a nivel internacional por el Ecolabel de ECEAT Internacional (European Centre for Ecological and Agricultural Tourism).

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El criterio de este sistema de calidad es que lo que define al turismo como “rural” no es la ruralidad del lugar o de las vistas, sino de la gestión, esto es, que sea fiel al medio que abandera. Bajo esa condición, un hotel sostenible con huerto ecológico en plena ciudad puede ser más rural que una casa rural insostenible en medio del campo, por más bonita y lujosa que sea. La clave es el rigor sostenible de los gestores y emprendedores de la red, mejor aval que cualquier certificado.

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Si otros sellos turísticos miden la “calidad” en el lujo o la estética, Ceres Ecotur lo hace en la integración real (no aparente) de la casa en la naturaleza, con un triple compromiso: económico, sociocultural y ambiental. Tres frentes que la crisis ha desvelado clave en los nuevos modelos de gestión empresarial, cuya lección son el capital humano y el ahorro energético. Los miembros de la red Ceres Ecotur son por ello modelos de innovación, eficiencia y calidad turística, al nivel de lo que se está haciendo en Europa.

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Si toda actividad turística se debe al destino, su calidad no puede medirse de puertas adentro. Por eso el triple compromiso Ceres revierte en la calidad turística del lugar: el compromiso económico dinamiza el tejido rural de la zona en vez de colonizarlo; el sociocultural o etnográfico genera sinergias en torno a la cultura y las tradiciones; y el ambiental minimiza la huella ecológica, fomenta la integración en la naturaleza y valoriza la riqueza gastronómica autóctona.

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La calidad de estas iniciativas se basa en ofrecer una experiencia turística holística, que muestra al viajero (extranjero o no), la identidad auténtica de cada región (Andalucía, Baleares, Asturias), con su riqueza natural productiva: su Marca. Los 4 ejes de acción, son: agricultura sostenible (huerto o granja ecológica, razas autóctonas, cocina casera), patrimonio cultural (arquitectura, identidad rural), bioconstrucción y eficiencia energética (recursos naturales), y actividades en la naturaleza.

¿Qué nos atrae del turismo rural?

A pesar del esnobismo y los prejuicios, cada vez más jóvenes vencen tópicos y descubren la experiencia del turismo rural, ya sea en pareja o en grupos: por desconexión, intimidad o búsqueda de unas raíces naturales y culturales de las que la globalización les privó. El motivo son las sensaciones que únicamente pueden encontrar allí. Entre los “secretos” ecoturísticos que más seducen y convierten la evasión rural en el plan ideal de una escapada romántica, familiar, aventurera o espiritual, seleccionamos los principales. Habrá quienes se identifiquen con unas sensaciones u otras, según su inspiración viajera: la casa, el paisaje, la gastronomía, o las experiencias. ¿Qué es lo que más os atrae como viajeros? ¿Y lo que más fomentáis como anfitriones? ¿Cuál es la combinación perfecta?

La casa

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El refugio: esa mezcla de resguardo y calidez que proporciona la casa rural ante las condiciones extremas de un paisaje salvaje, evocadora de las antiguas posadas.

El aislamiento: la incomunicación o lejanía del mundanal ruido, de la masificación, de la actualidad… El estar “perdido de todo”. Es un aislamiento también virtual si carecemos de conexión a Internet o de cobertura en el móvil, y sin embargo, de contacto más humano y real con las personas que nos rodean, de inmersión plena en la naturaleza, donde el tiempo pasa de otra forma, y de reencuentro personal.

El “encanto”: que referido a una casa rural suele asociarse al diseño o la decoración, a menudo tradicional y como salida de un cuento, tanto en su fachada como en su interior. Ese encanto invita a formar parte durante la estancia de un ambiente casi irreal, mítico o histórico, pero también estético, artístico y artesanal.

El confort y el “lujo”: televisión, wifi, jacuzzi… A veces el placer rural está en el contraste de esos caprichos con la naturaleza agreste que los rodea, como un buen baño caliente bajo el manto de nieve y ante un paisaje abrupto y helado por la ventana.

La rusticidad: todo lo contrario, cuanto más rudimentario, primitivo y tosco, mejor.

El entorno

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Montañoso: las altas cumbres y laderas de las sierras o cordilleras desafiando a las nubes, o los montes y cerros que se elevan sobre un bosque o una llanura.

Boscoso: el verdor y la vegetación exuberante, con toda la vitalidad de flora y fauna que guardan los bosques, impregna cada rincón de la casa rural, durante el día o la noche, con sus olores y sonidos.

Llanuras: prados, marismas, pantanos y llanuras que se extienden hasta donde alcanza la vista, alternando las texturas y colores de los cultivos o dehesas.

Costero: acantilados, playas vírgenes, cuevas… El paisaje accidentado y extremo del litoral. Delante, todo el mar.

Etnográfico-cultural: aldeas medievales aisladas en la naturaleza o pueblos históricos a medio camino entre la tradición y el progreso.

La comida

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Gastronomía casera tradicional: de puchero y a fuego lento, contundente y artesana.

Nueva cocina: experimentando cómo reinterpretar el entorno natural mediante nuevos sabores, aromas y combinaciones.

Las experiencias

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Senderismo: rutas para todos los gustos y niveles a través de las cuáles, además del esfuerzo físico y saludable, redescubrimos nuestro planeta sumergiéndonos en sus ecosistemas como un simple ser vivo más.

Deportes de aventura: rafting, piragüismo, escalada, buceo, rutas a caballo, barranquismo o tirolinas, entre otras muchos.

Observación de la naturaleza: fauna, flora, estrellas, que de por sí constituyen toda una cultura humana o biocultura viajera por recuperar.

Agroturismo: la recolecta de hierbas aromáticas o medicinales, setas, castañas, el pastoreo, el huerto o la granja son cada vez más demandados por un viajero que quiere pasar de mero espectador pasivo a integrante de cada destino, viviéndolo desde dentro.

Viaje gastronómico al sabor del otoño rural

“La becada ama la hora en que el anochecer hace más agudo el olor de las hojas muertas, impregnadas de tierra húmeda, mientras la luna amarilla de noviembre brilla en el vapor helado de los bosques. Estos olores otoñales resurgen a su vez con el calor de la cocina (…). El mundo misterioso y encantador de los bosques se vive en el otoño”, dijo Clermont-Tonnerre. Y dijo bien. Es el 8º año que Galicia celebra el Otoño gastronómico, iniciativa con que sus casas rurales celebran el esplendor culinario del bosque. Hasta el 14 de diciembre ofrecen un menú trufado de caza de temporada, sabrosas castañas o setas regadas por salsas y vinos. La tradición artesanal hace el resto. El escritor José María Castroviejo añoraba las mañanas brumosas, cuando los hilos de niebla se levantan sobre el oro viejo del bosque, ese oro viejo que el otoño aviva estos días como el fuego.

La semana pasada descubrí el considerado paraíso de ese flamante espectáculo: en el Courel, reserva forestal más abrumadora de Galicia. De camino conocí la reinvención culinaria de la región con una nueva cerveza de castaña hecha en Balboa, Ancares leoneses, que ya pega fuerte a poco de su lanzamiento. No es el único producto que pone en valor este territorio aislado y virgen: setas, castañas, mermeladas, aceite… En el Courel pasé la noche en la acogedora Casa Caselo, palco de honor a la devesa de Paderne, uno de los bosques mágicos que estos días viven en combustión. Es la única del Courel en el Otoño gastronómico. Los cazadores del lugar proveén con perdiz, corzo o jabalí su buena mesa: caza con castañas o pollo de casa, embutidos, caldo gallego, licores que trasladan la esencia del bosque (moras, endrinos, frambuesas…).

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Este año el Otoño gastronómico tiene la novedad “Cocina con nosotros”, y algunas casas como Caselo invitan a los huéspedes a su cocina para compartir sus secretos. Fuera de esos bosques ígneos, no solo entre caza anda el juego. La riqueza rural de temporada va más allá, y como ejemplo dos de nuestras socias, integrantes del Otoño gastronómico, desde el mar, a la montaña: Casa de Trillo, en la salvaje y romántica Costa de la muerte, y Reitoral de Chandrexa, en la Ribeira Sacra orensana, sobre los espectaculares cañones del Sil… En la primera el menú otoñal se nutre de pulpo, almejas a la marinera, cerdo celta o pescado de temporada. En la segunda, el menú otoñal presume de gourmet con Risotto de setas silvestres, asado de ternera “caldelá” ecológica, ensalada de otoño, tarta de manzana… Os animamos como siempre a descubrirlo y difundirlo, para que de una vez pongamos en valor la magia otoñal de nuestros bosques, como evocaba Clermont Tonnerre o añoraba Castroviejo.