Ni rural ni sostenible. 2017: Año Internacional del Turismo Integral

2017 es el Año Internacional del Turismo Sostenible para el Desarrollo. ¿Qué importancia tiene? Decisiva. Quienes no estén familiarizados con el tema deben saber que el turismo insostenible no sólo altera un lugar al convertirlo en producto, sino nuestra capacidad para apreciar la realidad (tal cual es y como patrimonio). También altera nuestra forma de viajar, al convertirnos en consumidores, reduciendo el mundo a un paquete de destinos y servicios, y sus distancias (y ecosistemas) a un simple escollo. Viajar debería ser una vía de experiencia y conocimiento, pero ha entrado en una dinámica cuya máxima parece ser (como la cultura del entretenimiento), alejarnos de la realidad, conducirnos a lugares de diseño o ensueño que no existen. Pero ni en el propio destino, si rascas un poco, ni en el lugar donde vives, cuando dices “volver a la realidad”.

turismo sostenible

¿En qué consiste pues el turismo? ¿En evasión, distracción? ¿A qué coste? ¿Conocemos realmente el precio de esa ignorancia, de esa frivolidad? Obviamente el turismo es lúdico por definición, no se trata de ir por el mundo como agentes sociales, pero el ocio no es incompatible con la realidad, ni debe serlo a menos que la realidad del destino, aunque trágica, sea lo de menos mientras puedas tumbarte al sol o ver la tele. Si viajas para huir de la realidad, no critiques el mundo. O viaja con responsabilidad, exigiendo el mismo compromiso a tus hoteles y destinos. El turismo es una de las principales formas de activismo y transformación que como ciudadanos podemos ejercer.

Viajar no siempre ha sido así ni tiene por qué serlo. En el pasado se viajaba sin despegar los pies del suelo o la realidad, lo que era más incómodo, lento y peligroso. Hoy hemos pasado de forma drástica a vivir y viajar en una nube, de seguridad, confort y velocidad. La “aldea global” que acuñó McLuhan hace más de 5o años tiene aquí un sentido especial. Si el mundo es una aldea global (vecindario virtual sin distancias), corremos el riesgo de simplificar nuestra mirada y al propio planeta, o por el contrario, amplificar nuestra mirada, admirar la grandeza real y patrimonial del planeta y protegerla tendiendo puentes de forma coordinada y responsable: puentes entre legislaciones, transportes, servicios y touroperadores. Esos puentes ya se tienden a escala local mediante el asociacionismo, pero necesitan el apoyo gubernamental y social. Porque el turismo pide un cambio, pero se debate como el resto del mundo entre extremos. Entre lo global y lo local, entre la tradición y el progreso, la conservación de la naturaleza y la industrialización, el negocio y el interés general. Si como decían los clásicos, la virtud está en el equilibrio, el turismo sostenible ha llegado para materializar por fin ese equilibrio o puente entre extremos. Porque fomenta un turismo integral, moral y real (el que nos acerca a la realidad), al conciliar esos extremos:

  • Lo local con lo global: contribuir al medioambiente global desde la acción local.
  • El pasado con el futuro: sin despreciar la tradición, se enraíza en parte de sus valores para actualizarlos, modernizarlos y edificar con ellos el progreso (energías renovables, eficiencia energética…).
  • El negocio con el altruismo: busca la rentabilidad teniendo por límite el respeto medioambiental y social, como quien sabe que su libertad no existe sin aparejar deberes con los demás, principio liberal que el liberalismo económico ha olvidado muchas veces, instalado más en la ley del más fuerte, pero que la RSC (versión empresarial del progreso sostenible) quiere enmendar.
  • El mayor reto me parece conjugar la conservación de las culturas locales con su aperturismo a una cultura universal (no global), de mentalidad progresista, basada en valores universales, adaptando sus costumbres, creencias o religiones a la ética y la ciencia actual, sin dejar que por ello la técnica arrase su forma de vida.

turismo sostenible

Este Año Internacional del Turismo Sostenible debería servir para inculcar en la sociedad y grabar a fuego una idea: el turismo sostenible no es un tipo de turismo, es el único. El único viable, y para ello convendría quitarle el apellido y visibilizar que el que merece etiqueta es el turismo insostenible. El turismo sostenible no es turismo verde o solidario, es turismo total, integral, porque es el único que respeta y preserva la realidad como un patrimonio (no como un producto) a todos los niveles.

Una buena forma de mostrarlo es medir la calidad de un destino o alojamiento por su grado de transversalidad o integración (local/global, tradición/progreso) y respeto a la realidad a cualquier escala patrimonial. Esas escalas son universales, cualquier destino puede visibilizarlas desde su singularidad local, a partir de productos turísticos afines que todos conocemos, aunque tendamos a ignorarlos o parcelarlos:

Astroturismo

Poder observar o entender un poco mejor el universo del que dependemos, a golpe de prismáticos, telescopio o a simple vista. Si hace falta, con mitología local, para darle gracia. El cielo estrellado es nuestro patrimonio natural más sagrado y antiguo. Un cielo que sostiene a nuestro suelo: la Tierra. La Ciencia no deja de avanzar cada día en la exploración del Cosmos, aprendamos de ella.

Geoturismo

El suelo que pisamos apareció antes que la vida o que cualquier cultura. Se le debe el privilegio de quererlo y conocerlo antes que a lo demás, por la historia que deposita y por sostener y explicar el paisaje que respiramos y admiramos, o a la cultura que vive en él. Por muy árida que parezca la geología, con gotas de imaginación florece. Vernadsky decía que la vida es una fuerza geológica.

Ecoturismo

Es la eclosión del turismo de naturaleza, y por ello también a veces una amalgama confusa. El ecoturismo integra al astroturismo y geoturismo, pero puede asociarse más a los ecosistemas y a la vida. La biodiversidad sigue siendo la vanguardia experimental y evolutiva del universo, no un vestigio del pasado. Somos nosotros los que nos aislamos en vez de cohabitar adaptando nuestro progreso a ella: turismo ornitológico, turismo meteorológico (conocer los vientos, la lluvia, el clima que da carácter y personalidad al paisaje), turismo botánico, turismo de salud o turismo activo (experiencias y aventura en la naturaleza). También el turismo rural y agroturismo (más vinculados al desarrollo humano y su cultura agraria), pero arraigados a la naturaleza.

Turismo social y cultural

Ya sea en su dimensión comprometida (voluntariado, accesibilidad y acción sobre la realidad social del destino) o lúdica: turismo industrial, etnográfico, gastronómico o artístico. Esta dimensión debería referirse a cualquier faceta humana con impacto sobre el territorio o el paisaje, respetando y dando a conocer el modo de vida local, siempre que este respete los niveles anteriores y se integre en su visión de conjunto.

Si concebimos el turismo sostenible de forma integral, como experiencia holística de la realidad, este modelo es homologable a cualquier destino/paisaje del mundo, preservando su patrimonio por escalas: atmósfera, geosfera, biosfera, antroposfera, noosfera (esfera cultural). Aunque este enfoque parezca apuntar solo a áreas rurales, el turismo sostenible no puede desvincularse de las ciudades y núcleos costeros, donde esta visión integral del paisaje salta por los aires y es más necesaria, porque también cada ciudad está definida por su patrimonio geológico o climático, por mucho que lo contamine o ignore. Sería un modelo aplicable a hoteles urbanos, que contribuyan en la medida de lo posible a hacer visible su paisaje integral, el patrimonio que define su destino singular y único.

El mapa agroturístico de Galicia

Tesouros de Galicia, asociación que promueve el valor del patrimonio natural y cultural gallego bajo criterios sostenibles, adscrita al Programa de Medioambiente de la ONU y miembro de INTO (International National Trust Organization), en el marco del proyecto internacional INTO FARMS, que visibiliza granjas sostenibles del mundo, se embarcó el año pasado en una recopilación de granjas gallegas que trabajasen bajo estos principios. Granjas repartidas por toda la geografía galaica, desde la costa al interior, cuyo denominador común es la responsabilidad ambiental. Con ello se propone explorar vías de promoción para su producción ecológica y su patrimonio agroturístico, natural e industrial en el rural. Entre estas granjas figuran asociadas a Ceres Ecotur como Arqueixal o Reitoral de Chandrexa.  En el siguiente mapa se indican bajo tres categorías, no solo las granjas, sino otras iniciativas sostenibles que se espera vayan completándolo, desde el primer camping autosostenible de Galicia a empresas de dinamización rural:

  • En rojo, las granjas (las tradicionales que se acogieron a la certificación ecológica o a medidas de eficiencia energética, las que persiguen la recuperación de razas autóctonas en peligro de extinción, las que generan productos típicos o DOP, y las que dan vida de forma sostenible a espacios naturales o etnográficos).
  • En verde, algunas de las reservas naturales más importantes de la comunidad.
  • En amarillo, otras inicitivas sostenibles y agroturismos.

agroturismo en Galicia

El proyecto INTO FARMS ya ha dado visibilidad a algunas de estas granjas en su web, como ejemplo de lo que se está haciendo en esta región de la península.

Turismo rural: la arruga es bella

La película La Gran Belleza de Paolo Sorrentino empieza con la confesión de su protagonista: “cuando era niño, a esa pregunta tan infantil de qué es lo más te gusta de la vida, yo siempre respondía: el olor de las casas de los viejos”. Y añade como conclusión: “Estaba destinado a la sensibilidad”. El turismo rural nació también evocando el olor de las casas de los viejos. De nuestros abuelos, y destinado a la sensibilidad. Pero en cierto momento, como en la vida del protagonista de La Gran Belleza, la sensibilidad se truncó ahogada en una espiral mundana de spas, lujo y apariencia eco…

Desde entonces, prolifera un tipo de turismo rural que no tiene de rural más que el nombre, porque aunque se ubique en el campo lo utiliza de excusa para un modelo turístico insostenible basado en el hedonismo de siempre, más que en la conciencia ambiental. Un turismo artificial y aparente basado en el desdén por lo anterior. No todo el turismo rural entró en eso, pero el concepto se vició, reemplazando el espíritu de las casas de nuestros abuelos y su familiaridad con la naturaleza, por ese hedonismo del turismo convencional, que toma la naturaleza por un producto de consumo más.

turismo rural

¿Qué valor tenía el concepto original? Lo rural era un depósito vital y humano de experiencias en un mundo distinto al actual, otra forma de vivir, muchas veces dura, pero también preciosa, ligada a la naturaleza. El turismo rural era un viaje emocional. Por eso, el turismo rural es turismo moral o no lo es. ¿Quién valora ya las arrugas? ¿Quién se preocupa del pasado o los ancianos? ¿De sus vidas? Sentir admiración por ellos está en descrédito para una sociedad siempre retocada. La memoria de los ancianos remitía a su juventud, a nosotros mismos en otras circunstancias, que su casa y paisaje natural siguen permitiéndonos experimentar.

El valor original del turismo rural era lo añejo, palabra que dice tanto en tan poco: la calidad que dan los años, el valor que da el paso del tiempo, el poso de la experiencia. Un valor depreciado en la era de la inmediatez pero que veneraban las civilizaciones antiguas y consagra la naturaleza cíclica. Lo añejo es eso, la voz quebrada de los ancianos como la corteza de los árboles, narrando historias de juventud, como un espejo de experiencia para las nuevas generaciones, donde verse retratados en un ciclo vital que se regenera, en vez de asfaltarse y olvidarse para siempre.

Cien nobeles contra una ONG a cuenta de los transgénicos

El problema de la carta dirigida por 109 nobeles a Greenpeace fue buscar un enemigo donde no lo había. La ciencia, a la que se supone un espíritu independiente y filantrópico, está más cerca de las causas sociales y ambientales que de los intereses del mercado. Pero mientras la ciencia determina si podemos modificar los genes de un organismo, la ética se pregunta si debemos.

Si los transgénicos existiesen por razones humanitarias y ecológicas, supongo que Greenpeace y tantas ONG solidarias que hasta ahora no lo han visto así, los apoyarían volando. Básicamente porque esa es su meta, no otra. Ni económica ni religiosa. Aunque se las quiera pintar como sectas retrógradas, no han cosechado su reconocimiento internacional desde una cueva o en campamentos hippies, sino desde el debate social, científico y ético, por su contribución y defensa de los más desfavorecidos -con sus aciertos y errores-. Por eso acusar a una ONG de obstáculo al progreso es grotesco. El enemigo de la ciencia no son las ONG (como el enemigo de Hiroshima no era la ciencia), sino la forma en que el interés político o económico la utilizan.

Las ONG no están formadas por neoluditas anti tecnología. Todo el que hace unos años osaba cuestionar el rumbo del progreso era reaccionario o enemigo de la humanidad. Hasta que le vieron las orejas al lobo con el fin de los recursos, que pasaron a ser eficientes y sostenibles. Si la tecnología no obedece a un progreso moral, si obedece más a la sociedad de consumo que a la del conocimiento, al desarrollo material más que al social, o a la productividad intensiva más que a la eficiente, es regresiva. Greenpeace defiende el progreso sostenible y recordó en su comunicado que apoya la biotecnología y el uso de transgénicos en ambientes confinados o para uso médico, no su liberación al medio ambiente. Quizá porque los transgénicos nunca han estado en manos de agentes medioambientalmente responsables o humanitarios, sino de empresas tras las que como es lógico no reluce una preocupación altruista, sino un interés por aumentar la productividad.

Ese interés, que en sí no tiene nada de malo, es la bandera de la agricultura industrial, que aunque ha facilitado y racionalizado el trabajo en el campo, también ha demostrado ser una amenaza para el medio ambiente. La ganadería industrial en nombre de la productividad se ha granjeado ella sola esta desconfianza, por lo que es la industria la que debe rendir cuentas y hacer demostraciones éticas. Tras tantos despropósitos en nombre de la productividad, sumidos en una crisis ecológica global, el principio de precaución defendido por Greenpeace no puede caricaturizarse como “dogmas y emociones”.

Los transgénicos no son el problema. Quizá en el fondo del rechazo social haya una idealización del alimento original frente al artificial, esencialismo que puede incurrir en la falacia naturalista: creer que lo natural es bueno en sí mismo, mejor que lo artificial. Falacia que remite a su opuesta: lo artificial, aunque racional, no tiene por qué ser mejor que lo natural. Admirar la naturaleza y estarle agradecidos no puede llevar a considerarla infalible, sino un proyecto azaroso al que nuestro conocimiento puede contribuir. Ver los transgénicos como organismos vacunados más que como prefabricados, puede ayudar.

Existe también la idea de que los transgénicos son una solución ofrecida por la industria para hacer frente a los problemas que ella crea. Como si fuese fabricando (y cobrando) parches para evitar el hundimiento del barco que ella misma produce. ¿Por qué la solución es esa y no un modelo productivo distinto? La respuesta puede ser que el mundo es como es y no como nos gustaría, o al menos no todavía. ¿Y mientras tanto?

No vivimos en un mundo ideal. Si un cultivo transgénico cumple garantías éticas con el consenso de otras ciencias, como la agronomía o la ecología, no debe despertar oposición. Pero por la misma razón, la superpoblación, la contaminación y la distribución de la riqueza merecen también soluciones científicas en vez de asumirse para hacer de la biogenética la única solución. La ciencia tiene muchas caras pero destaca aquélla en la que más se invierte.

transgenicos

Hablamos genéricamente de transgénicos, pero cada organismo modificado merece un estudio de impacto, y la agricultura intensiva no es precisamente un laboratorio de precisión. La agricultura es en sí misma una actividad artificial que interfiere y reduce la biodiversidad. Si su gestión estuviese en manos responsables, cuanto más eficiente y seguro fuese el uso de transgénicos, más alimentos produciría en menos terreno y más superficie natural protegeríamos.

El problema de la carta es que sabiendo que Greenpeace es una ONG comprometida en causas pacifistas, sociales y ambientales, los nobeles se hayan erigido en autoridad científica para condenarla y usar un tono más propio de intereses particulares que independiente, propio de la ciencia, llegando a decir en sus líneas finales: “¿Cuántas personas pobres en el mundo deben morir antes de considerar esto un crimen contra la humanidad?”. El cinismo de espetar esta cuestión a una ONG mina el debate en vez de allanarlo.

Greenpeace recuerda que en Estados Unidos, principal productor de alimentos transgénicos, se impide el etiquetado de los mismos, derecho del consumidor que revela la transparencia de esta industria en el seno del “libre” mercado. Si hay desconfianza social hacia los transgénicos no es solo por la imagen sintética que se hace de ellos, sino por ese modelo intensivo y opaco que está detrás. Si los transgénicos han venido para beneficiar al ser humano y la biodiversidad, quizá convencerían mejor a la sociedad  exigiendo coherencia y compromiso social a la industria en vez de responsabilizando a una ONG de las muertes en el Tercer Mundo.

2.200 km a pie para volver sobre los pasos de su abuelo

El fotógrafo polaco Michal Iwanowski se embarcó hace unos años en un viaje de 2.200 kilómetros a través de la naturaleza. A pie y en solitario. Su objetivo era cruzar los paisajes que su abuelo y su tío abuelo habían atravesado 70 años antes, en 1945, tras escapar de un gulag ruso camino de su hogar en Polonia. Iwanowski se sumergió en el mundo épico de las historias familiares, para convertir el mito en realidad y volver a un lugar para el que el tiempo no había pasado, en busca de parajes, olores y recuerdos que no eran suyos, pero que sentía como propios. De ello dejó este fascinante trabajo fotográfico.

Como cuenta el reportaje de The  Calvert Journal, su abuelo y tío abuelo habían sido detenidos como partisanos en la Segunda Guerra Mundial, 1944, y enviados a un gulag en Rusia, del que lograron escapar. La fuga duró tres meses y fue una prueba de supervivencia en condiciones extremas. Los recuerdos de la huída provenían principalmente de su tío abuelo Wiktor, que conservó documentos y notas escritas durante la fuga, señalizando puntos de referencia y eventos en un mapa. Mapa que permitió a Michal planear su viaje y le guió a través de lugares cruciales que su tío abuelo había descrito y Michal siempre había imaginado.

“Por suerte para mí, caminar es mi medio de transporte preferido. (…) Caminar es la mejor forma de fotografiar. Es el ritmo adecuado para que los ojos escaneen el entorno sin cansarse”. Michal planeó cada día del viaje contrastando el mapa de su tío con Google Maps, buscando los puntos de referencia dejados (generalmente un lago, un río, vías de ferrocarril – cualquier cosa que pudiese reconocer). “Hablé mucho, sobre todo a mí mismo, y algunas veces a mi abuelo. La naturaleza salvaje es perfecta para ese tipo de experiencia”.

Michal Iwanowski

“A los pocos días me encontré en un raro estado hipnótico. Los árboles eran como un metrónomo pasando por mi visión periférica, marcando un ritmo. Pronto me di cuenta de que mis ojos se convirtieron en híper-sensibles a cualquier cosa fuera de lo común, algo tan pequeño como la forma de una rama o una piedra (…). La función primordial de los ojos se hizo presente y examinaba la tierra sin esfuerzo, casi de manera subliminal. Y entonces vi la maravilla de todo. La arquitectura sutil de plantas – elementos a los que de otro modo nunca habría prestado atención. Fue uno de los aspectos más gratificantes de ese proceso de larga distancia. La forma en que veo el mundo ha cambiado”.

“Fue inolvidable descubrir que ciertos elementos del paisaje no han cambiado en los últimos 70 años. Mi tío describía un puente de ferrocarril que conduce a Kozielsk donde habían sido emboscados y mi abuelo había recibido un disparo. Mientras estaba en ese puente, pude ver exactamente dónde había tenido lugar la escena. Fue un momento de intensa conexión. (…) Definitivamente he ganado una nueva perspectiva sobre el tiempo al trabajar en este proyecto (…). De repente 70 años ya no es mucho tiempo. El paisaje cambia de forma mucho más lenta de lo que la gente aprecia. (…) Mientras caminaba era casi como estar en una cápsula del tiempo. Veía los árboles, los caminos, las rocas y colinas como los había visto mi abuelo. A veces casi sentí que estábamos ocupando el mismo espacio, cruzando el río Oka al mismo tiempo, siguiendo el mismo camino, oyendo las sierras de los mismos silvicultores en la distancia. Mi conexión con el paisaje era muy fuerte y de alguna manera inexplicable. Como si estuviera en los recuerdos de mis antepasados”.

 

Etnografía rural: la historia de Alan Lomax y el pastor de Andorra (Teruel)

Ya presentamos en otro post a Alan Lomax, el “cazador de canciones” itinerante al que debemos el retrato sonoro de la España rural de los 50, con grabaciones del sonido ambiente y musical de pueblos, artesanos y paisajes etnográficos hoy ya perdidos. En un artículo de 1960, tras volver de su aventura europea, escribió:

“Incluso la rama más pequeña de la familia humana ha grabado alguna vez sus sueños en la roca donde ha vivido. Sueños reales, y a veces, llenos de sufrimiento, pero que se corresponden con su particular pedazo de tierra. Todas estas formas de expresar los sentimientos han formado la obra de generaciones de anónimos poetas, músicos y corazones humanos. Ahora, en la era de los aviones, comunicaciones y explosiones atómicas, estamos a punto de barrer de la Tierra el folklore virgen que queda, al menos el que no se ajusta rápidamente a los cánones de éxito de la urbanizada economía de consumo. Lo que antiguamente era un jardín exuberante con inmensa variedad de colores está en peligro de ser reemplazado por un sistema cómodo, pero estéril y aburrido de autopistas culturales, con un solo tipo de consumo y de música cultural. Hoy, solo a unos pocos folkloristas sentimentales como yo nos inquieta este panorama. Pero mañana, cuando sea demasiado tarde y el mundo se aburra con la música automatizada distribuida de forma masiva, nuestros hijos nos despreciarán por haber tirado a la basura lo mejor de nuestra cultura”.

etnografía rural

En una entrevista, años más tarde, admitía haber descubierto en su oficio algo más que una investigación de campo. No solo quería poner en valor la autenticidad de esta música, la que brota espontánea del trabajo o los anhelos de personas corrientes, cuya calidad no residía en el sonido tanto como en la emoción, el paisaje o la forma de vida que la impulsaba. Era un acto de justicia para dar voz a los sin voz:

“La industria del entretenimiento representa una manera de silenciar a la gente. Se supone que la comunicación debe ser recíproca, pero ha acabado siendo unidireccional. Sale de quienes pueden comprarse un transmisor, que cuesta millones de dólares, y va hacia la persona que puede comprar un receptor, mucho más barato. De forma que hay millones de receptores y solo unos pocos transmisores. Este es uno de los problemas más grandes que tiene la humanidad hoy. Lo más importante que podemos hacer es intentar restaurar el equilibrio. Yo lo llamo “equidad cultural“.

En el documental “Lomax, the songhunter”, un admirador del etnomusicólogo vuelve sobre sus pasos y llega a España, recorriendo pueblos de Galicia, León o Aragón, para buscar a los protagonistas de las grabaciones 50 años después. Cada uno de los encuentros es emocionante, porque al hilo de las notas de viaje escritas por Lomax, los mismos paisajes y gentes que pintó en aquella época vuelven a hacerse realidad ante nosotros. Es llamativo el caso de José Iranzo, el Pastor de Andorra (Teruel), a quien Lomax grabó en 1952. En su diario, Lomax apuntaría: “Crucé las montañas hasta las llanuras de Aragón. Esta es la tierra de la jota, realzada por la renovación folclórica promovida por los fascistas. Pero hay que admitir que a pesar de la influencia de la ópera italiana, la jota de Zaragoza es magnífica. (…) El cantante es un hombre bajo y fuerte, tiene unos 40 años y una voz incansable”.

En el documental, cerca de cumplir los 90 años, José Iranzo derrocha una vitalidad y entusiasmo por su oficio de pastor y su arte como jotero, inspiradores y contagiosos.

Más sorprendente aún es saber que hoy sobrepasa los 100 años, como su mujer, pues ambos nacieron en 1915. Dejo también este documental dedicado a él. No tiene precio.

Para los que quieran seguir los pasos de Alan Lomax, que sepan que junto a Andorra está el pueblo de Alloza, cuna del introductor de la patata en España, y de uno de nuestros asociados, La Ojinegra, con certificado ecogastronómico, refugio más que recomendable para dormir y sumergirse en el paisaje, la tradición y la cocina auténtica de este bonito rincón aragonés. Los fantásticos (y centenarios) cipreses del Calvario, dan fe.

La biocultura, los nombres del viento y la pérdida de contacto con lo rural

Cuando hablamos de crisis ecológica, olvidamos que no solo la biodiversidad se extingue, sino toda nuestra biocultura: los saberes y experiencias que como seres vivos nos integran en la naturaleza y la despiertan en nosotros. A medida que la naturaleza que llevamos dentro se apaga, degradamos la que nos rodea, porque nuestra cultura se urbaniza y esa pérdida apenas nos duele o nos afecta. Si el dolor es un mecanismo de supervivencia, no es de extrañar que nuestra especie se precipite al abismo, porque el materialismo nos anestesia.

Ese déficit biocultural es consecuencia de la pérdida de contacto con el medio rural. Nuestros ancestros suplían su ignorancia con un conocimiento intuitivo y fabulador, mezcla de asombro y devoción por la naturaleza en que vivían inmersos. Dependían tanto de ella que sentían al paisaje como una extensión de su cuerpo y su vida, creyéndolo animado. Su sistema nervioso debía ser tan sensible al vaivén del clima en el mar o en las cosechas que casi notarían la caricia del viento en la hierba o quizá hoy sufrirían ante nuestra mutilación del paisaje como si fuese una amputación.

Su cosmovisión mágica tenía una correlación real, pues idolatraban los fenómenos naturales que les influían, y es cierto que esos procesos físicos determinan los nuestros. Aunque lo olvidemos y seamos indiferentes a los garantes de la vida como el sol o la lluvia, fuentes de biocultura, ese vínculo es real. Ya no le llamamos magia, pero sigue siendo sobrehumano y poético, porque nos trasciende. El saber no ocupa lugar y la ciencia no rivaliza con la experiencia o con el asombro del universo, pero si antes la ignorancia degeneraba en superstición, hoy degenera en cientificismo.

Por ser objetivos al definir la naturaleza, quisimos distanciarnos tanto que nos salimos de ella y ya solo la entendemos desde fuera, como un objeto de estudio ajeno a nosotros, entes abstractos. La cultura se ha objetivado tanto que ahora en vez de personificar los fenómenos los cosificamos, sin valor vital ni emocional. El clima es un mapa de isobaras para las moléculas, pero no para nuestra piel o el ecosistema. Como si su mecanismo nos impidiese entenderlo por los efectos que despierta o si la maquinaria de un reloj nos impidiese leer el tiempo o las hormonas enamorarnos.

Para Rodríguez de la Fuente parecemos alienígenas en nuestro planeta. Si la extinción biocultural mina la biodiversidad, debe recuperarse el culto a la naturaleza no solo por lo que la explica sino por lo que manifiesta. En instintos o en belleza. Sin interpretar el paisaje como ecosistema, la concienciación ambiental da palos de ciego. La sensibilidad al viento es universal: en japonés antiguo distinguían más de dos mil. Navegantes como Ulises vivían a merced de ellos y fijaron la Rosa de los vientos, de 32 rumbos, según su procedencia. El Gregal sopla de Grecia, el Siroco de Siria

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En Europa es famoso el Foehn o viento de las brujas, corriente de los Alpes a cuyo influjo el Instituto Meteorológico Suizo asoció en 1974 una lista de trastornos: dolor de cabeza, mareos, depresión… La patología poética del viento es larga. Ondaatje dice que en Marruecos sopla el Aajej, contra el que los fellahin se defienden con sus cuchillos, que en el desierto hay un viento secreto cuyo nombre suprimió un rey después de arrebatarle a su hijo, y Herodoto narra la muerte de varios ejércitos a manos del Simún o viento venenoso, al que una nación declaró la guerra.

En España sopla el Solano, del que los molinos manchegos distinguían varios tipos; la Tramontana, viento del Ampurdán del que Dalí se enamoró y para el que soñó construir un órgano; el Levante y Poniente que en Cádiz nunca dejan de discutir; los Alisios, que en Canarias invocan al Mar de nubes, o el Cierzo del valle del Ebro, del que Catón el Viejo decía: “cuando hablas te llena la boca, derriba un hombre armado y carretas de guerra cargadas”. A efectos de la experiencia, la naturaleza es esta sensibilidad e interdependencia más que un conjunto de átomos y leyes físicas.

biocultura

Desde la Grecia clásica (Céfiro, Bóreas) a la América precolombina (Ehéctl), y desde el misticismo hindú a la espiritualidad chamán, el viento expresa misterio y aliento. No solo era un medio de información sino de energía y de transporte. El aire es el medio por el que sentimos la música o la voz, la humedad o el calor, y cuando se mueve y nos golpea, es lo más parecido a palpar el alma de la biosfera, a sentir la libertad y el impulso de volar. Porque son las masas de aire que gravitan por la atmósfera en relación a la superficie terrestre las que inspiran vida y forma al paisaje del planeta.

Arte y ruralidad: el valor artístico de lo rural

¿Qué papel puede jugar el arte en la conciencia medioambiental? ¿En el movimiento eco o en la cultura neorrural? Para una sociedad compulsiva, fotográfica, instantánea y saturada de imágenes, interpretar un paisaje o captar su singularidad requiere al arte como recurso slow. Hace poco vi los cuadros del pintor Manuel Sosa, miembro de la Asociación Española de Artistas de Naturaleza, y me asombraron por su mezcla de realismo y evocación. La naturaleza me pareció más auténtica en ellos que en cualquier foto. Por su artesanía. Una experiencia aunque sea imprecisa puede decir más de un paisaje que su objetividad. Y puede haber más fidelidad a la naturaleza en ese margen de error que en la precisión de mil megapíxeles. Como si la objetividad fuese la cosa menos natural para hablar de naturaleza.

arte y ruralidad

Cada uno de esos cuadros es único porque lleva algo de vida del propio artista: su tiempo y su emoción, que la cámara resume en un clic. Por muchos encuadres, contrastes o retoques que se quiera, una foto “captura” la realidad a través de la luz, pero el cuadro no. Es una ficción, algo nuevo: creado hoja a hoja, pluma a pluma. La escena nace y madura como en la naturaleza. Si en una foto la realidad prima sobre la estética, en el cuadro, como en nuestra imaginación, es el tamiz estético el que da forma al paisaje. En la colección de Sosa pueden verse escenas de nuestro paisaje rural: dehesas, pinares, ríos; o especies de la fauna ibérica: aves, lobos, osos… Sea al óleo o a la acuarela, la naturaleza se muestra desnuda, libre y sin costumbrismo.

arte y ruralidad

Si una cámara fotocopia la realidad, el artista asimila con mimo la luz, recorre las texturas, se zambulle en el agua, pule las piedras o quiebra las ramas. Metaboliza y hace suya la belleza natural. Si una foto invade y secuestra la intimidad de una escena, el cuadro la evoca. Como en toda obra de artesanía, la mano es parte orgánica de la misma naturaleza que pinta, así que hace un autorretrato. El arte se ha alejado durante mucho tiempo de la naturaleza quizá por considerarla costumbrista, pero en plena sobreexposición mediática, ante la expansión de los valores ecológicos, la recuperación de la experiencia y de lo local, el arte puede volver a sumergirnos en la naturaleza como lo que es: una evocación estética de nuestros sentidos.

arte y ruralidad

La historia oculta del paisaje

El paleontólogo Juan Luis Arsuaga ha dicho varias veces algo fascinante: “Cuando alguien me pregunta cómo era la Prehistoria, siempre digo lo mismo: vete a un monte o a un bosque. Eso es la prehistoria. No verás bisontes, pero quizá veas un corzo u otros animales salvajes. Hay rocas, hay ríos, etc. Vive en ese medio. Eso es la prehistoria. De hecho, has vuelto a la prehistoria”. El único laboratorio donde los viajes en el tiempo son posibles es la naturaleza. Porque, más allá de las épocas, siempre es la misma, y lo único que cambia es nuestra forma de verla o interpretarla. Basta con volver a vivirla bajo la perspectiva y condiciones de otras épocas para que estas vuelvan a realizarse y sintamos lo que sentían, porque la naturaleza despertará igual en nosotros, que también somos los mismos. Renunciando, por ejemplo, a los avances del último siglo, como la electricidad. Entonces, como por arte de magia, el planeta vuelve a ser tan grande y misterioso como hace miles de años. Las montañas están donde estaban y los lugares que ocupamos, para los que no ha pasado el tiempo, son los mismos que ocuparon los primeros pobladores. Por eso el progreso no está escrito.

Ese poder de la naturaleza, que vive en contemporaneidad a todas las épocas, no es fácil de apreciar, pues vemos su paisaje como la fachada o punta del iceberg que es. Y aún peor las nuevas generaciones, que ven en ella un paisaje tan desechable como el mundo material que las rodea. No la miran como una catedral porque no perciben su valor patrimonial, labrado a lo largo de miles de años. Nadie les ha enseñado que la naturaleza está bebiendo del universo hasta que se tapia o mutila irreversiblemente. O que es un error asociarla al pasado, ya que a diferencia de nuestro mundo sintético o del espacio exterior, es en ella donde el universo evoluciona y prospera en directo como en ningún lugar, estrenándose en cada nueva vida. La “pureza” natural no es un legado virgen de las raíces o del origen, sino la frescura de esa constante actualización.

ecoturismo

El ecoturismo y el turismo rural pueden presumir de ser un puente entre el pasado y el presente, entre lo mejor del progreso y de la naturaleza, experimentando de camino las distintas formas de estar en el mundo que el hombre ha conocido, meta de los intérpretes de naturaleza. El pasado en el presente es posible leyendo entre líneas las distintas experiencias que ha despertado un paisaje y puede despertar, desplegando todas sus posibilidades y riqueza singular. Por ejemplo, uno de nuestros asociados, La Mallada, describe su paisaje desde la mirada medieval de los reyes de León, que recoge Pascual Mádoz en 1849: “Está situado en un estribo de los montes Aquilianos, formando una especie de anfiteatro rodeado de colinas desde el cual se domina toda la amena llanura de El Bierzo (…). Los reyes de León lo habían elegido para morada de recreo en los meses de estío por su frescura, bello paisaje y sus hermosas vistas”.

Recuperar los símbolos icónicos de nuestro patrimonio rural

Así como Estados Unidos siempre ha sabido seducir y sacar partido o despertar atracción por sus paisajes, reiventando su iconografía joven y mitómana de los desiertos, largas carreteras (ruta 66) o el medio rural (country), a través de la moda, el cine o el inagotable Far West, así como Italia tiene su Toscana o Francia su Provenza, ¿qué tiene España? ¿Dónde está el atractivo estético e icónico de nuestro rural? Estigmatizado por su atraso secular, en tópicos rancios y folkloristas por el franquismo, parece avergonzarnos o ser todavía incapaces de librarlo de esa losa de complejos históricos, en una demostración de falsa modernidad. Como si el campo en España fuese siempre antiguo. ¿Está reñida la juventud con el campo? No es solo cuestión de oportunidades, sino de imagen. ¿Puede haber, como en esos países, estilo, atractivo y hasta lujo en las llanuras castellanas, extremeñas y andaluzas? ¿O su pasado lo impide? Solo hacen falta nuevos ojos, relatos o valores con las que asociarlas y rejuvenecerlas, más allá del inmovilismo tradicional. De nada vale toda la historia que tienen si se atesora bajo el polvo, a ritmo de arado o procesión, con la triste desolación del Quijote, sin el impulso de un imaginario joven, de nuevos personajes que llenen de vida y atractivo esos paisajes. Puede que la clave esté en visibilizar más el carácter salvaje, natural o “libre” de estos ecosistemas, donde todo puede pasar, por encima del tradicionalismo cultural que limita sus usos y posibilidades bajo esa apariencia de antigüedad, a la que por cierto son ajenos.

Uno de nuestros paisajes más dignos de promoción es la dehesa, icono ibérico. Tiene reminiscencias de sabana africana, pero es más arbolada. La semana pasada estuve en Fregenal de la Sierra, uno de los últimos pueblos de Extremadura en las estribaciones de Sierra Morena, lindando con Andalucía. Fregenal recuerda a una de esas míticas y blancas ciudades medievales de antiguo abolengo y esplendor. Por su tamaño, por su blancor, por sus blasones, sus casas solariegas y su castillo, que conserva una plaza de toros del siglo XVIII que por las noches debe parecer fantasma. ¿Qué pueblos del lejano oeste tienen eso? Más allá del lugar y de sus atractivos, entre los que sobresale la gastronomía (el revuelto de gurumelos o el jamón ibérico), lo que enamora son sus dehesas, sobre las que despuntan, coronando colinas, blancos pueblos a lo lejos. La comarca forma parte de la Ruta del Jamón ibérico, la más sabrosa y encantadora de este importante territorio ganadero. Algo más al sur, en el corazón de las dehesas, ya en Huelva, hay que hospedarse en la Finca Montefrío, paraíso de agroturismo sostenible y ecológico.

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La dehesa es nuestra pampa, por su extensión, por sus “ranchos” y por sus reses, es la armonía entre el hombre y la naturaleza hecha paisaje a lo largo de siglos, un modelo de ecosistema sostenible genuino de la cultura mediterránea y penínsular. El idílico bosque de los mitos clásicos, real y viviente. Al recorrerla desde la carretera o por sus caminos, llama la atención su color y su luz, una luz verde oliva, oscura y plateada, que tamizan las hojas de las encinas o alcornoques y que oscurece los prados, salpicados de blanco por las jaras, de malva por el brezo, el cantueso o lavanda, de rojo por las amapolas y de amarillo por la retama. ¿Cuánta fauna, cuántas aves, conviven en la dehesa? ¿Y cuánta Historia e historias ha visto para hacerlas hablar y sacarles partido? Estados Unidos ha rentabilizado su corta historia desde el punto de vista de la imagen mucho más que ningún otro país. Hay madera de paisaje icónico en nuestro rural. Renovar su imagen y sus valores, su atractivo neorrural y su promoción, es también hacer patria. Y marca España.

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