El mapa agroturístico de Galicia

Tesouros de Galicia, asociación que promueve el valor del patrimonio natural y cultural gallego bajo criterios sostenibles, adscrita al Programa de Medioambiente de la ONU y miembro de INTO (International National Trust Organization), en el marco del proyecto internacional INTO FARMS, que visibiliza granjas sostenibles del mundo, se embarcó el año pasado en una recopilación de granjas gallegas que trabajasen bajo estos principios. Granjas repartidas por toda la geografía galaica, desde la costa al interior, cuyo denominador común es la responsabilidad ambiental. Con ello se propone explorar vías de promoción para su producción ecológica y su patrimonio agroturístico, natural e industrial en el rural. Entre estas granjas figuran asociadas a Ceres Ecotur como Arqueixal o Reitoral de Chandrexa.  En el siguiente mapa se indican bajo tres categorías, no solo las granjas, sino otras iniciativas sostenibles que se espera vayan completándolo, desde el primer camping autosostenible de Galicia a empresas de dinamización rural:

  • En rojo, las granjas (las tradicionales que se acogieron a la certificación ecológica o a medidas de eficiencia energética, las que persiguen la recuperación de razas autóctonas en peligro de extinción, las que generan productos típicos o DOP, y las que dan vida de forma sostenible a espacios naturales o etnográficos).
  • En verde, algunas de las reservas naturales más importantes de la comunidad.
  • En amarillo, otras inicitivas sostenibles y agroturismos.

agroturismo en Galicia

El proyecto INTO FARMS ya ha dado visibilidad a algunas de estas granjas en su web, como ejemplo de lo que se está haciendo en esta región de la península.

Turismo rural: la arruga es bella

La película La Gran Belleza de Paolo Sorrentino empieza con la confesión de su protagonista: “cuando era niño, a esa pregunta tan infantil de qué es lo más te gusta de la vida, yo siempre respondía: el olor de las casas de los viejos”. Y añade como conclusión: “Estaba destinado a la sensibilidad”. El turismo rural nació también evocando el olor de las casas de los viejos. De nuestros abuelos, y destinado a la sensibilidad. Pero en cierto momento, como en la vida del protagonista de La Gran Belleza, la sensibilidad se truncó ahogada en una espiral mundana de spas, lujo y apariencia eco…

Desde entonces, prolifera un tipo de turismo rural que no tiene de rural más que el nombre, porque aunque se ubique en el campo lo utiliza de excusa para un modelo turístico insostenible basado en el hedonismo de siempre, más que en la conciencia ambiental. Un turismo artificial y aparente basado en el desdén por lo anterior. No todo el turismo rural entró en eso, pero el concepto se vició, reemplazando el espíritu de las casas de nuestros abuelos y su familiaridad con la naturaleza, por ese hedonismo del turismo convencional, que toma la naturaleza por un producto de consumo más.

turismo rural

¿Qué valor tenía el concepto original? Lo rural era un depósito vital y humano de experiencias en un mundo distinto al actual, otra forma de vivir, muchas veces dura, pero también preciosa, ligada a la naturaleza. El turismo rural era un viaje emocional. Por eso, el turismo rural es turismo moral o no lo es. ¿Quién valora ya las arrugas? ¿Quién se preocupa del pasado o los ancianos? ¿De sus vidas? Sentir admiración por ellos está en descrédito para una sociedad siempre retocada. La memoria de los ancianos remitía a su juventud, a nosotros mismos en otras circunstancias, que su casa y paisaje natural siguen permitiéndonos experimentar.

El valor original del turismo rural era lo añejo, palabra que dice tanto en tan poco: la calidad que dan los años, el valor que da el paso del tiempo, el poso de la experiencia. Un valor depreciado en la era de la inmediatez pero que veneraban las civilizaciones antiguas y consagra la naturaleza cíclica. Lo añejo es eso, la voz quebrada de los ancianos como la corteza de los árboles, narrando historias de juventud, como un espejo de experiencia para las nuevas generaciones, donde verse retratados en un ciclo vital que se regenera, en vez de asfaltarse y olvidarse para siempre.

Astroturismo rural: un faro a las estrellas

Hace poco visité el Observatorio astronómico de Forcarei, en los montes de Galicia. Cuando me acerqué ya se estaba haciendo de noche y vi su sombra recortada contra el cielo, en lo alto de una montaña. Su situación solitaria, en permanente observación del cielo nocturno, me hizo pensar en un faro. Como si su telescopio fuese un foco que en vez del mar barriese el universo. Aquella antítesis entre el terruño y el espacio, entre el paisaje ancestral y la tecnología puntera, hacía convivir al pasado y el futuro. Y me recordó al primer faro que conocí, en la isla de Ons, también una noche, y en lo alto de un monte, con una cúpula y un interior hogareño, que conducía por una escalera de caracol al corazón de su ingenio, en lo alto de la torre: la linterna. Este faro era más chato, blanco como un iglú, y de última generación, pero tenía también un interior hogareño. Cuando entré en él se oía música de piano, sus paredes eran de madera y estaban adornadas por láminas de planetas y galaxias, una estantería videoteca repleta de películas de divulgación (Cosmos, Universo), varios telescopios y algunos ordenadores. Por una corta escalera de caracol se llegaba también al corazón de su ingenio, una cúpula capaz de rotar, y por cuya abertura un gran telescopio apuntaba al cielo cuajado de estrellas. Aquella atmósfera aislada pero acogedora, entre futurista por la tecnología, rústica por la madera, clásica por la música, y desolada por el paisaje exterior, más allá de las épocas, me gustó. Abría lo rural a una nueva dimensión, a un puente con el universo y la Ciencia. Y esto, que puede no interesar a mucha gente, me pareció un lujo. Un lujo de esos sitios donde las estrellas aún no se han extinguido.

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El Observatorio de Forcarei abrió sus puertas en 2009, y desde entonces ha atraído a miles de turistas, que se hospedan o cenan en el pueblo, frente a una iglesia, antes de subir al monte. De pronto, una afición tan moderna como el astroturismo pone en el mapa un pueblo antes desconocido. Estando allí arriba, mirando por el telescopio, nace (o se recupera) la afición a la astronomía. Siempre me pregunté qué era lo que hacía especial el momento en que acercas tu ojo al ocular y te quedas a solas con los anillos de Saturno, los cráteres de la luna o las lunas de Júpiter. Cuando posas tu ojo sobre el visor y la lente acota tu campo visual, estás posando tu vista sobre el universo, sobre una región del universo a la que te acercas 75 o 100 veces: súbitamente estás a miles o millones de kilómetros de tus pies, que siguen fijos en la Tierra. Tu vista está viajando más lejos de la Tierra de lo que nunca viajará tu cuerpo, viendo un planeta, en directo, como lo harías desde un remoto punto del espacio. Esa cercanía e intimidad con las estrellas es la magia de la astronomía. Y una casa rural no necesita tanto para experimentar ese “salto” o ese vértigo. Bastan unos buenos prismáticos, un soporte o trípode donde apoyarlos, una guía del cielo, y una iluminación exterior amortiguada por protectores caseros, para no contaminar el cielo… Cada casa rural puede explorar y explotar este recurso natural inagotable al que muchos viajeros se sienten cada vez más atraídos. En las estrellas se inscribe la historia y el porvenir de la humanidad, guiaron a navegantes como Ulises o Colón, y guardan los grandes misterios de la existencia. El astroturismo es un recurso que da a las casas una imagen más completa e interesante, más conectada con el conocimiento científico y la naturaleza total, entendida como un cosmos.

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2.200 km a pie para volver sobre los pasos de su abuelo

El fotógrafo polaco Michal Iwanowski se embarcó hace unos años en un viaje de 2.200 kilómetros a través de la naturaleza. A pie y en solitario. Su objetivo era cruzar los paisajes que su abuelo y su tío abuelo habían atravesado 70 años antes, en 1945, tras escapar de un gulag ruso camino de su hogar en Polonia. Iwanowski se sumergió en el mundo épico de las historias familiares, para convertir el mito en realidad y volver a un lugar para el que el tiempo no había pasado, en busca de parajes, olores y recuerdos que no eran suyos, pero que sentía como propios. De ello dejó este fascinante trabajo fotográfico.

Como cuenta el reportaje de The  Calvert Journal, su abuelo y tío abuelo habían sido detenidos como partisanos en la Segunda Guerra Mundial, 1944, y enviados a un gulag en Rusia, del que lograron escapar. La fuga duró tres meses y fue una prueba de supervivencia en condiciones extremas. Los recuerdos de la huída provenían principalmente de su tío abuelo Wiktor, que conservó documentos y notas escritas durante la fuga, señalizando puntos de referencia y eventos en un mapa. Mapa que permitió a Michal planear su viaje y le guió a través de lugares cruciales que su tío abuelo había descrito y Michal siempre había imaginado.

“Por suerte para mí, caminar es mi medio de transporte preferido. (…) Caminar es la mejor forma de fotografiar. Es el ritmo adecuado para que los ojos escaneen el entorno sin cansarse”. Michal planeó cada día del viaje contrastando el mapa de su tío con Google Maps, buscando los puntos de referencia dejados (generalmente un lago, un río, vías de ferrocarril – cualquier cosa que pudiese reconocer). “Hablé mucho, sobre todo a mí mismo, y algunas veces a mi abuelo. La naturaleza salvaje es perfecta para ese tipo de experiencia”.

Michal Iwanowski

“A los pocos días me encontré en un raro estado hipnótico. Los árboles eran como un metrónomo pasando por mi visión periférica, marcando un ritmo. Pronto me di cuenta de que mis ojos se convirtieron en híper-sensibles a cualquier cosa fuera de lo común, algo tan pequeño como la forma de una rama o una piedra (…). La función primordial de los ojos se hizo presente y examinaba la tierra sin esfuerzo, casi de manera subliminal. Y entonces vi la maravilla de todo. La arquitectura sutil de plantas – elementos a los que de otro modo nunca habría prestado atención. Fue uno de los aspectos más gratificantes de ese proceso de larga distancia. La forma en que veo el mundo ha cambiado”.

“Fue inolvidable descubrir que ciertos elementos del paisaje no han cambiado en los últimos 70 años. Mi tío describía un puente de ferrocarril que conduce a Kozielsk donde habían sido emboscados y mi abuelo había recibido un disparo. Mientras estaba en ese puente, pude ver exactamente dónde había tenido lugar la escena. Fue un momento de intensa conexión. (…) Definitivamente he ganado una nueva perspectiva sobre el tiempo al trabajar en este proyecto (…). De repente 70 años ya no es mucho tiempo. El paisaje cambia de forma mucho más lenta de lo que la gente aprecia. (…) Mientras caminaba era casi como estar en una cápsula del tiempo. Veía los árboles, los caminos, las rocas y colinas como los había visto mi abuelo. A veces casi sentí que estábamos ocupando el mismo espacio, cruzando el río Oka al mismo tiempo, siguiendo el mismo camino, oyendo las sierras de los mismos silvicultores en la distancia. Mi conexión con el paisaje era muy fuerte y de alguna manera inexplicable. Como si estuviera en los recuerdos de mis antepasados”.

 

Etnografía rural: la historia de Alan Lomax y el pastor de Andorra (Teruel)

Ya presentamos en otro post a Alan Lomax, el “cazador de canciones” itinerante al que debemos el retrato sonoro de la España rural de los 50, con grabaciones del sonido ambiente y musical de pueblos, artesanos y paisajes etnográficos hoy ya perdidos. En un artículo de 1960, tras volver de su aventura europea, escribió:

“Incluso la rama más pequeña de la familia humana ha grabado alguna vez sus sueños en la roca donde ha vivido. Sueños reales, y a veces, llenos de sufrimiento, pero que se corresponden con su particular pedazo de tierra. Todas estas formas de expresar los sentimientos han formado la obra de generaciones de anónimos poetas, músicos y corazones humanos. Ahora, en la era de los aviones, comunicaciones y explosiones atómicas, estamos a punto de barrer de la Tierra el folklore virgen que queda, al menos el que no se ajusta rápidamente a los cánones de éxito de la urbanizada economía de consumo. Lo que antiguamente era un jardín exuberante con inmensa variedad de colores está en peligro de ser reemplazado por un sistema cómodo, pero estéril y aburrido de autopistas culturales, con un solo tipo de consumo y de música cultural. Hoy, solo a unos pocos folkloristas sentimentales como yo nos inquieta este panorama. Pero mañana, cuando sea demasiado tarde y el mundo se aburra con la música automatizada distribuida de forma masiva, nuestros hijos nos despreciarán por haber tirado a la basura lo mejor de nuestra cultura”.

etnografía rural

En una entrevista, años más tarde, admitía haber descubierto en su oficio algo más que una investigación de campo. No solo quería poner en valor la autenticidad de esta música, la que brota espontánea del trabajo o los anhelos de personas corrientes, cuya calidad no residía en el sonido tanto como en la emoción, el paisaje o la forma de vida que la impulsaba. Era un acto de justicia para dar voz a los sin voz:

“La industria del entretenimiento representa una manera de silenciar a la gente. Se supone que la comunicación debe ser recíproca, pero ha acabado siendo unidireccional. Sale de quienes pueden comprarse un transmisor, que cuesta millones de dólares, y va hacia la persona que puede comprar un receptor, mucho más barato. De forma que hay millones de receptores y solo unos pocos transmisores. Este es uno de los problemas más grandes que tiene la humanidad hoy. Lo más importante que podemos hacer es intentar restaurar el equilibrio. Yo lo llamo “equidad cultural“.

En el documental “Lomax, the songhunter”, un admirador del etnomusicólogo vuelve sobre sus pasos y llega a España, recorriendo pueblos de Galicia, León o Aragón, para buscar a los protagonistas de las grabaciones 50 años después. Cada uno de los encuentros es emocionante, porque al hilo de las notas de viaje escritas por Lomax, los mismos paisajes y gentes que pintó en aquella época vuelven a hacerse realidad ante nosotros. Es llamativo el caso de José Iranzo, el Pastor de Andorra (Teruel), a quien Lomax grabó en 1952. En su diario, Lomax apuntaría: “Crucé las montañas hasta las llanuras de Aragón. Esta es la tierra de la jota, realzada por la renovación folclórica promovida por los fascistas. Pero hay que admitir que a pesar de la influencia de la ópera italiana, la jota de Zaragoza es magnífica. (…) El cantante es un hombre bajo y fuerte, tiene unos 40 años y una voz incansable”.

En el documental, cerca de cumplir los 90 años, José Iranzo derrocha una vitalidad y entusiasmo por su oficio de pastor y su arte como jotero, inspiradores y contagiosos.

Más sorprendente aún es saber que hoy sobrepasa los 100 años, como su mujer, pues ambos nacieron en 1915. Dejo también este documental dedicado a él. No tiene precio.

Para los que quieran seguir los pasos de Alan Lomax, que sepan que junto a Andorra está el pueblo de Alloza, cuna del introductor de la patata en España, y de uno de nuestros asociados, La Ojinegra, con certificado ecogastronómico, refugio más que recomendable para dormir y sumergirse en el paisaje, la tradición y la cocina auténtica de este bonito rincón aragonés. Los fantásticos (y centenarios) cipreses del Calvario, dan fe.

La biocultura, los nombres del viento y la pérdida de contacto con lo rural

Cuando hablamos de crisis ecológica, olvidamos que no solo la biodiversidad se extingue, sino toda nuestra biocultura: los saberes y experiencias que como seres vivos nos integran en la naturaleza y la despiertan en nosotros. A medida que la naturaleza que llevamos dentro se apaga, degradamos la que nos rodea, porque nuestra cultura se urbaniza y esa pérdida apenas nos duele o nos afecta. Si el dolor es un mecanismo de supervivencia, no es de extrañar que nuestra especie se precipite al abismo, porque el materialismo nos anestesia.

Ese déficit biocultural es consecuencia de la pérdida de contacto con el medio rural. Nuestros ancestros suplían su ignorancia con un conocimiento intuitivo y fabulador, mezcla de asombro y devoción por la naturaleza en que vivían inmersos. Dependían tanto de ella que sentían al paisaje como una extensión de su cuerpo y su vida, creyéndolo animado. Su sistema nervioso debía ser tan sensible al vaivén del clima en el mar o en las cosechas que casi notarían la caricia del viento en la hierba o quizá hoy sufrirían ante nuestra mutilación del paisaje como si fuese una amputación.

Su cosmovisión mágica tenía una correlación real, pues idolatraban los fenómenos naturales que les influían, y es cierto que esos procesos físicos determinan los nuestros. Aunque lo olvidemos y seamos indiferentes a los garantes de la vida como el sol o la lluvia, fuentes de biocultura, ese vínculo es real. Ya no le llamamos magia, pero sigue siendo sobrehumano y poético, porque nos trasciende. El saber no ocupa lugar y la ciencia no rivaliza con la experiencia o con el asombro del universo, pero si antes la ignorancia degeneraba en superstición, hoy degenera en cientificismo.

Por ser objetivos al definir la naturaleza, quisimos distanciarnos tanto que nos salimos de ella y ya solo la entendemos desde fuera, como un objeto de estudio ajeno a nosotros, entes abstractos. La cultura se ha objetivado tanto que ahora en vez de personificar los fenómenos los cosificamos, sin valor vital ni emocional. El clima es un mapa de isobaras para las moléculas, pero no para nuestra piel o el ecosistema. Como si su mecanismo nos impidiese entenderlo por los efectos que despierta o si la maquinaria de un reloj nos impidiese leer el tiempo o las hormonas enamorarnos.

Para Rodríguez de la Fuente parecemos alienígenas en nuestro planeta. Si la extinción biocultural mina la biodiversidad, debe recuperarse el culto a la naturaleza no solo por lo que la explica sino por lo que manifiesta. En instintos o en belleza. Sin interpretar el paisaje como ecosistema, la concienciación ambiental da palos de ciego. La sensibilidad al viento es universal: en japonés antiguo distinguían más de dos mil. Navegantes como Ulises vivían a merced de ellos y fijaron la Rosa de los vientos, de 32 rumbos, según su procedencia. El Gregal sopla de Grecia, el Siroco de Siria

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En Europa es famoso el Foehn o viento de las brujas, corriente de los Alpes a cuyo influjo el Instituto Meteorológico Suizo asoció en 1974 una lista de trastornos: dolor de cabeza, mareos, depresión… La patología poética del viento es larga. Ondaatje dice que en Marruecos sopla el Aajej, contra el que los fellahin se defienden con sus cuchillos, que en el desierto hay un viento secreto cuyo nombre suprimió un rey después de arrebatarle a su hijo, y Herodoto narra la muerte de varios ejércitos a manos del Simún o viento venenoso, al que una nación declaró la guerra.

En España sopla el Solano, del que los molinos manchegos distinguían varios tipos; la Tramontana, viento del Ampurdán del que Dalí se enamoró y para el que soñó construir un órgano; el Levante y Poniente que en Cádiz nunca dejan de discutir; los Alisios, que en Canarias invocan al Mar de nubes, o el Cierzo del valle del Ebro, del que Catón el Viejo decía: “cuando hablas te llena la boca, derriba un hombre armado y carretas de guerra cargadas”. A efectos de la experiencia, la naturaleza es esta sensibilidad e interdependencia más que un conjunto de átomos y leyes físicas.

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Desde la Grecia clásica (Céfiro, Bóreas) a la América precolombina (Ehéctl), y desde el misticismo hindú a la espiritualidad chamán, el viento expresa misterio y aliento. No solo era un medio de información sino de energía y de transporte. El aire es el medio por el que sentimos la música o la voz, la humedad o el calor, y cuando se mueve y nos golpea, es lo más parecido a palpar el alma de la biosfera, a sentir la libertad y el impulso de volar. Porque son las masas de aire que gravitan por la atmósfera en relación a la superficie terrestre las que inspiran vida y forma al paisaje del planeta.

Arte y ruralidad: el valor artístico de lo rural

¿Qué papel puede jugar el arte en la conciencia medioambiental? ¿En el movimiento eco o en la cultura neorrural? Para una sociedad compulsiva, fotográfica, instantánea y saturada de imágenes, interpretar un paisaje o captar su singularidad requiere al arte como recurso slow. Hace poco vi los cuadros del pintor Manuel Sosa, miembro de la Asociación Española de Artistas de Naturaleza, y me asombraron por su mezcla de realismo y evocación. La naturaleza me pareció más auténtica en ellos que en cualquier foto. Por su artesanía. Una experiencia aunque sea imprecisa puede decir más de un paisaje que su objetividad. Y puede haber más fidelidad a la naturaleza en ese margen de error que en la precisión de mil megapíxeles. Como si la objetividad fuese la cosa menos natural para hablar de naturaleza.

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Cada uno de esos cuadros es único porque lleva algo de vida del propio artista: su tiempo y su emoción, que la cámara resume en un clic. Por muchos encuadres, contrastes o retoques que se quiera, una foto “captura” la realidad a través de la luz, pero el cuadro no. Es una ficción, algo nuevo: creado hoja a hoja, pluma a pluma. La escena nace y madura como en la naturaleza. Si en una foto la realidad prima sobre la estética, en el cuadro, como en nuestra imaginación, es el tamiz estético el que da forma al paisaje. En la colección de Sosa pueden verse escenas de nuestro paisaje rural: dehesas, pinares, ríos; o especies de la fauna ibérica: aves, lobos, osos… Sea al óleo o a la acuarela, la naturaleza se muestra desnuda, libre y sin costumbrismo.

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Si una cámara fotocopia la realidad, el artista asimila con mimo la luz, recorre las texturas, se zambulle en el agua, pule las piedras o quiebra las ramas. Metaboliza y hace suya la belleza natural. Si una foto invade y secuestra la intimidad de una escena, el cuadro la evoca. Como en toda obra de artesanía, la mano es parte orgánica de la misma naturaleza que pinta, así que hace un autorretrato. El arte se ha alejado durante mucho tiempo de la naturaleza quizá por considerarla costumbrista, pero en plena sobreexposición mediática, ante la expansión de los valores ecológicos, la recuperación de la experiencia y de lo local, el arte puede volver a sumergirnos en la naturaleza como lo que es: una evocación estética de nuestros sentidos.

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Recuperar los símbolos icónicos de nuestro patrimonio rural

Así como Estados Unidos siempre ha sabido seducir y sacar partido o despertar atracción por sus paisajes, reiventando su iconografía joven y mitómana de los desiertos, largas carreteras (ruta 66) o el medio rural (country), a través de la moda, el cine o el inagotable Far West, así como Italia tiene su Toscana o Francia su Provenza, ¿qué tiene España? ¿Dónde está el atractivo estético e icónico de nuestro rural? Estigmatizado por su atraso secular, en tópicos rancios y folkloristas por el franquismo, parece avergonzarnos o ser todavía incapaces de librarlo de esa losa de complejos históricos, en una demostración de falsa modernidad. Como si el campo en España fuese siempre antiguo. ¿Está reñida la juventud con el campo? No es solo cuestión de oportunidades, sino de imagen. ¿Puede haber, como en esos países, estilo, atractivo y hasta lujo en las llanuras castellanas, extremeñas y andaluzas? ¿O su pasado lo impide? Solo hacen falta nuevos ojos, relatos o valores con las que asociarlas y rejuvenecerlas, más allá del inmovilismo tradicional. De nada vale toda la historia que tienen si se atesora bajo el polvo, a ritmo de arado o procesión, con la triste desolación del Quijote, sin el impulso de un imaginario joven, de nuevos personajes que llenen de vida y atractivo esos paisajes. Puede que la clave esté en visibilizar más el carácter salvaje, natural o “libre” de estos ecosistemas, donde todo puede pasar, por encima del tradicionalismo cultural que limita sus usos y posibilidades bajo esa apariencia de antigüedad, a la que por cierto son ajenos.

Uno de nuestros paisajes más dignos de promoción es la dehesa, icono ibérico. Tiene reminiscencias de sabana africana, pero es más arbolada. La semana pasada estuve en Fregenal de la Sierra, uno de los últimos pueblos de Extremadura en las estribaciones de Sierra Morena, lindando con Andalucía. Fregenal recuerda a una de esas míticas y blancas ciudades medievales de antiguo abolengo y esplendor. Por su tamaño, por su blancor, por sus blasones, sus casas solariegas y su castillo, que conserva una plaza de toros del siglo XVIII que por las noches debe parecer fantasma. ¿Qué pueblos del lejano oeste tienen eso? Más allá del lugar y de sus atractivos, entre los que sobresale la gastronomía (el revuelto de gurumelos o el jamón ibérico), lo que enamora son sus dehesas, sobre las que despuntan, coronando colinas, blancos pueblos a lo lejos. La comarca forma parte de la Ruta del Jamón ibérico, la más sabrosa y encantadora de este importante territorio ganadero. Algo más al sur, en el corazón de las dehesas, ya en Huelva, hay que hospedarse en la Finca Montefrío, paraíso de agroturismo sostenible y ecológico.

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La dehesa es nuestra pampa, por su extensión, por sus “ranchos” y por sus reses, es la armonía entre el hombre y la naturaleza hecha paisaje a lo largo de siglos, un modelo de ecosistema sostenible genuino de la cultura mediterránea y penínsular. El idílico bosque de los mitos clásicos, real y viviente. Al recorrerla desde la carretera o por sus caminos, llama la atención su color y su luz, una luz verde oliva, oscura y plateada, que tamizan las hojas de las encinas o alcornoques y que oscurece los prados, salpicados de blanco por las jaras, de malva por el brezo, el cantueso o lavanda, de rojo por las amapolas y de amarillo por la retama. ¿Cuánta fauna, cuántas aves, conviven en la dehesa? ¿Y cuánta Historia e historias ha visto para hacerlas hablar y sacarles partido? Estados Unidos ha rentabilizado su corta historia desde el punto de vista de la imagen mucho más que ningún otro país. Hay madera de paisaje icónico en nuestro rural. Renovar su imagen y sus valores, su atractivo neorrural y su promoción, es también hacer patria. Y marca España.

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Turismo rural con sabor a mar y certificado ecológico

España no ha sabido explotar su imagen como imperio de ultramar y potencia naval, pues sometió su patrimonio marinero y su costa a tal operación estética que no la reconocería ni Cristóbal Colón. Pero las zonas de costa que se libraron de la especulación aún atesoran esa impronta de milenaria esencia marinera, y permiten el disfrute atemporal de un paisaje intacto que seguiría siendo familiar a las viejas cartas náuticas o a los navegantes de la Antigüedad.

A continuación, una lista de 12 casas de turismo rural que conjugan la riqueza rural y marina… No solo en el paisaje, sino en la gastronomía. Algunas recuerdan a la británica posada del Almirante Benbow, sobre los acantilados y la cala del clásico La isla del Tesoro. El contraste de paisajes de la costa rural es único: el interior inspira refugio y aventura, el mar, libertad. Certificadas todas por el Ecolabel internacional, según las agujas del reloj, el viaje por nuestras costas es así:

Galicia

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Casa Fontequeiroso

Se presenta como el hotel más occidental de Europa, ante la escarpada Costa de la muerte y cerca del Finis Terrae. Su paisaje de prados y bosques desemboca en playas salvajes. Rústica y acogedora, con gastronomía Slow Food cocinada en horno de leña.

Casa de Trillo

Sin alejarse de la Costa de la muerte puede hacerse noche en una histórica casa señorial del siglo XVI que fue cuna de marineros y navegantes, donde respirar el ambiente de las viejas posadas costeras. Sabor rural y marinero, razas autóctonas, gastronomía Slow Food.

Casa Pousadoira

A las puertas de uno de los rincones más mágicos de Galicia, las Fragas do Eume, y cerca del mar, esta preciosa y acogedora casa de agroturismo, con granja y huertos certificados de agricultura ecológica, dinamiza el rural sin perder de vista la espectacularidad del mar.

Alvarella

Un poco más al norte, pero cerca también de las Fragas y a pocos minutos de la playa, se encuentran esta casa y albergue destinados a la sensibilización e iniciación a la biocultura, con gran apuesta por las energías renovables y las actividades naturales.

Asturias

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Camping rural Playa de Taurán

Espectacular, al borde del mar, sobre un acantilado y una cala rodeados de prados y bosques, junto a la preciosa villa marinera de Luarca. Camping singular y único: hórreos, energías renovables, huerto y granja de razas autóctonas (ponis, ovejas…).

La casa del naturalista

Quintana tradicional del s. XVIII, con hórreo y panera, integrada en plena naturaleza y con clara vocación por la divulgación ambiental. En plena mariña asturiana, con cocina tradicional elaborada a partir de la cosecha de sus huertos, respirando a mar.

La Quintana de la Foncalada

Casería tradicional del s. XVIII en la mariña asturiana y Reserva Natural de la Ría de Villaviciosa. Tiene un precioso ecomuseo destinado a difundir las tradiciones, la artesanía y las razas autóctonas (poni asturcón, oveya xalda, pita pinta).

País Vasco

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Hotel Mundaka

Para los aficionados al surf o los deportes marítimos, en el centro histórico de la villa marinera de Mundaka (Bizkaia), fomenta el ecoturismo activo de experiencias, a medio camino de la playa y el rural, gastronomía vasca Km. 0, y uso de energías renovables.

Islas Baleares

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Can Martí

Sabor isleño, mediterráneo e ibicenco de esta antigua finca de payeses restaurada bajo principios de pemacultura y energías renovables. Perdida entre la vegetación isleña y frente al mar, huerta y tienda ecológicas propias, ritual relajante del Hammam, etc.

Son Lladó

Impresionante hacienda mediterránea en Mallorca del Siglo de las Luces, en medio de una preciosa finca agrícola y cerca de la espectacular playa de Es Trenc. Agroturismo con pastoreo tradicional de rebaños, paseos en carro de tiro, y uso de energías renovables.

Andalucía

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Cortijo La Molina de Cabo de Gata

En las faldas del Parque Natural Cabo de Gata-Níjar (Almería), conjunto de blancas casitas en un cortijo tradicional andaluz con certificado de agricultura ecológica. Olivos de Arbequina, frutales, albercas, acuíferos… Y energías renovables.

Islas Canarias

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El Sitio

En las latitudes más meridionales, a los pies de las montañas y rodeada de viñedos frente al mar, en la isla de El Hierro, encontramos El Sitio, aislado y con 200 años de historia. Frutas de primera calidad, hortalizas, queso fresco de cabra, yogur natural…

Los 50 referentes del turismo rural nacional de calidad

La Red Ceres Ecotur ha sido seleccionada por el manual ministerial de Buenas Prácticas en Turismo Rural. Es un reconocimiento al trabajo bien hecho, pero sobre todo, al valor competitivo de la red, selección de unos 50 establecimientos rurales ecológicos y sostenibles de España, referentes del turismo rural nacional. ¿Cuál es su ventaja? Su exigencia ecológica, testada a nivel internacional por el Ecolabel de ECEAT Internacional (European Centre for Ecological and Agricultural Tourism).

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El criterio de este sistema de calidad es que lo que define al turismo como “rural” no es la ruralidad del lugar o de las vistas, sino de la gestión, esto es, que sea fiel al medio que abandera. Bajo esa condición, un hotel sostenible con huerto ecológico en plena ciudad puede ser más rural que una casa rural insostenible en medio del campo, por más bonita y lujosa que sea. La clave es el rigor sostenible de los gestores y emprendedores de la red, mejor aval que cualquier certificado.

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Si otros sellos turísticos miden la “calidad” en el lujo o la estética, Ceres Ecotur lo hace en la integración real (no aparente) de la casa en la naturaleza, con un triple compromiso: económico, sociocultural y ambiental. Tres frentes que la crisis ha desvelado clave en los nuevos modelos de gestión empresarial, cuya lección son el capital humano y el ahorro energético. Los miembros de la red Ceres Ecotur son por ello modelos de innovación, eficiencia y calidad turística, al nivel de lo que se está haciendo en Europa.

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Si toda actividad turística se debe al destino, su calidad no puede medirse de puertas adentro. Por eso el triple compromiso Ceres revierte en la calidad turística del lugar: el compromiso económico dinamiza el tejido rural de la zona en vez de colonizarlo; el sociocultural o etnográfico genera sinergias en torno a la cultura y las tradiciones; y el ambiental minimiza la huella ecológica, fomenta la integración en la naturaleza y valoriza la riqueza gastronómica autóctona.

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La calidad de estas iniciativas se basa en ofrecer una experiencia turística holística, que muestra al viajero (extranjero o no), la identidad auténtica de cada región (Andalucía, Baleares, Asturias), con su riqueza natural productiva: su Marca. Los 4 ejes de acción, son: agricultura sostenible (huerto o granja ecológica, razas autóctonas, cocina casera), patrimonio cultural (arquitectura, identidad rural), bioconstrucción y eficiencia energética (recursos naturales), y actividades en la naturaleza.