El mapa como estrategia de promoción del ecoturismo

Nuestra visión del mundo, a diferencia de la que duró hasta la generación de nuestros abuelos, no es fruto de la experiencia local o del relato oral, sino de otro relato, el global: imágenes vía satélite y tecnología punta. No vemos el mundo como es, sino el que el modo de vida que proyectan las pantallas (móviles, ordenadores, TV), nos muestra. El 90% no se ve. Además de sesgada, es una visión más fría y técnica que animal o sentida: inmediata, virtual y exacta. ¿Cómo ese mundo no va a diferir del que la naturaleza nos predispuso a sentir? Hemos adquirido una visión GPS. Cuando viajamos, no vivimos el territorio atendiendo a los ecosistemas que lo forman y nos dejan existir, sino a las redes viales, señales de tráfico, áreas de servicio, vallas publicitarias, centros comerciales, o sea, al tejido inerte, a toda esa broza de plástico, asfalto y metal de la que hemos rodeado nuestra vida, mirando con distancia el paisaje que nos es más propio, como alienígenas.

Hemos interiorizado tanto los mapas políticos y de carreteras que ya no nos movemos por el físico. El mundo GPS es una mezcla heterogénea abarrotada de información, carreteras, fronteras, ciudades, fábricas, etc., nada vivo. ¿Y cómo valorar lo que no vemos? Si a la sociedad le cuesta concienciarse por la naturaleza es porque su mundo mediático es una máscara artificial. Por eso es importante la mirada sostenible que sabe filtrar lo orgánico de lo sintético. Y por eso los proyectos sostenibles pierden su autenticidad al representarse también en el mapa artificial. Pertenecen al otro lado, a la zona invisible, al ecosistema. Es el mapa físico el que mejor expresa el otro mundo al que nos invitan, y en él deben promocionarse. Sólo saliendo de esa telaraña de red vial y mediática que enmascara el paisaje, puede conocerse un lugar, a pie, sumergiéndose en el relieve que lo enriquece. Esa experiencia pedestre del territorio la ilustran los mapas físicos.

Mapas físicos como las cartas náuticas, cuya leyenda formaban el poniente y levante del sol, los vientos, los cabos y restingas, las montañas y accidentes del relieve que servían de guía visual, los bosques y fuentes de agua dulce que daban riqueza a un puerto. En esas cartas destacan los elementos naturales que condicionaban la vida y la actividad humana, exagerando la altura de un monte o la anchura de una bahía en proporción a su valor. Esos protagonistas del mundo antiguo siguen entre nosotros, olvidados, y esa cultura natural que daba nombre a los vientos ha desaparecido pero es con la que el ecoturismo y turismo sostenible tienen más que ver, y la que deben recuperar si buscan la experiencia natural del paisaje. Ninguna actividad está más ligada al territorio, así que la imagen que proyecten de sí mismos debe enraizarse en él. Claro que no podemos prescindir de las carreteras para que nos localicen, pero el Dónde estamos no puede limitarse a señalizar la A6, sino el ecosistema único que nos define, donde el viajero quiere perderse e integrarse.

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Uno de los alicientes de viajar es perderse, evadirse de lo cotidiano y reinventarse en otra cultura u otra vida. Desaparecer del mundo global (que exhibe) para volver al local (que esconde). Por eso la promoción de la naturaleza debe hacerse desde su idioma, la cultura paisajística o biocultura cartográfica de los viejos mapas físicos, hechos con pulso viajero. El mundo es otro si se mide en brazas o si interactuamos con él no solo por la vista sino por otros sentidos y estímulos, pero ese no lo captan las fotos ni las pantallas. Nuestra capacidad de percepción ambiental se ha atrofiado tanto que nada como un mapa hecho a mano para interpretar el mundo como se vive y siente a escala humana.

Viaje gastronómico al sabor del otoño rural

“La becada ama la hora en que el anochecer hace más agudo el olor de las hojas muertas, impregnadas de tierra húmeda, mientras la luna amarilla de noviembre brilla en el vapor helado de los bosques. Estos olores otoñales resurgen a su vez con el calor de la cocina (…). El mundo misterioso y encantador de los bosques se vive en el otoño”, dijo Clermont-Tonnerre. Y dijo bien. Es el 8º año que Galicia celebra el Otoño gastronómico, iniciativa con que sus casas rurales celebran el esplendor culinario del bosque. Hasta el 14 de diciembre ofrecen un menú trufado de caza de temporada, sabrosas castañas o setas regadas por salsas y vinos. La tradición artesanal hace el resto. El escritor José María Castroviejo añoraba las mañanas brumosas, cuando los hilos de niebla se levantan sobre el oro viejo del bosque, ese oro viejo que el otoño aviva estos días como el fuego.

La semana pasada descubrí el considerado paraíso de ese flamante espectáculo: en el Courel, reserva forestal más abrumadora de Galicia. De camino conocí la reinvención culinaria de la región con una nueva cerveza de castaña hecha en Balboa, Ancares leoneses, que ya pega fuerte a poco de su lanzamiento. No es el único producto que pone en valor este territorio aislado y virgen: setas, castañas, mermeladas, aceite… En el Courel pasé la noche en la acogedora Casa Caselo, palco de honor a la devesa de Paderne, uno de los bosques mágicos que estos días viven en combustión. Es la única del Courel en el Otoño gastronómico. Los cazadores del lugar proveén con perdiz, corzo o jabalí su buena mesa: caza con castañas o pollo de casa, embutidos, caldo gallego, licores que trasladan la esencia del bosque (moras, endrinos, frambuesas…).

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Este año el Otoño gastronómico tiene la novedad “Cocina con nosotros”, y algunas casas como Caselo invitan a los huéspedes a su cocina para compartir sus secretos. Fuera de esos bosques ígneos, no solo entre caza anda el juego. La riqueza rural de temporada va más allá, y como ejemplo dos de nuestras socias, integrantes del Otoño gastronómico, desde el mar, a la montaña: Casa de Trillo, en la salvaje y romántica Costa de la muerte, y Reitoral de Chandrexa, en la Ribeira Sacra orensana, sobre los espectaculares cañones del Sil… En la primera el menú otoñal se nutre de pulpo, almejas a la marinera, cerdo celta o pescado de temporada. En la segunda, el menú otoñal presume de gourmet con Risotto de setas silvestres, asado de ternera “caldelá” ecológica, ensalada de otoño, tarta de manzana… Os animamos como siempre a descubrirlo y difundirlo, para que de una vez pongamos en valor la magia otoñal de nuestros bosques, como evocaba Clermont Tonnerre o añoraba Castroviejo.

Recordando a Félix: la naturaleza ante el turismo

“Se habla mucho de política, se habla mucho de deportes, se habla mucho de tecnología, pero la más acuciante de las decisiones del hombre actual es la conservación de la naturaleza”. Lo dijo Félix Rodríguez de la Fuente hace más de 30 años. Y no hemos evolucionado. Puede que el medio ambiente haya ganado presencia en la sociedad, pero más retórica que práctica. Siguen interesando infinitamente más la política, los deportes o la tecnología, que la naturaleza, porque se la sigue mirando de lejos, al margen, seguimos viviendo fuera de ella, insonorizados en el búnker urbano.

Contribuimos a la carcoma de ecosistemas que nos rodean, como si nos fueran ajenos, o en palabras de Félix, como si fuésemos extraterrestres minando el planeta de forma paulatina y calculada. Félix Rodríguez de la Fuente no es sospechoso de radical. Al contrario, conserva su autoridad científica. La manía social de etiquetarlo todo relega a las personas que extralimitan sus categorías, y Félix es una de ellas. Una de las voces más lúcidas de la España de posguerra no se estudia en los colegios como otros grandes nombres, ni en literatura, ni en arte, ni en ciencias, porque el naturalismo está fuera de la cultura oficial.

La obra de Félix no puede exhibirse en museos ni apreciarse en bibliotecas. Está más allá de sus documentales. Justo al otro lado, en la conciencia viva de la naturaleza. Y eso, claro, nos coge lejos. Más que un naturalista fue un humanista, un neohumanista defensor de la dimensión ecológica del hombre. Su singularidad en nuestra historia reciente supera a Picasso o García Lorca, porque estos nadaron en las corrientes de su tiempo entre otros grandes pintores y poetas, pero Félix fue único e insustituible. Su voz, a contracorriente, nos legó más mensaje, verdades y acción que cualquier artista o vanguardia estética. Su oratoria, espontánea, sin guiones, dio prueba de convicción y clarividencia, haciendo lo que decía y diciendo lo que pensaba a una España que huía del campo como del lobo, ávida de desarrollo urbano.

Esta semana la prensa destacaba la tendencia creciente de invertir en islas como paraíso inmobiliario, privado o turístico: el lujo insultante de comprarse una isla. ¿Qué derecho tiene nadie a privatizar lo que es de todos? ¿Del planeta? Una joya de biodiversidad labrada y sacralizada por el universo a lo largo de millones de años, que podría durar otros tantos, más grande y longeva que nosotros, mutilada de forma irreversible y excluyente en una sola generación. Ante ese modelo de vida y consumo, el turismo integrado en la biodiversidad y sensible a la huella ecológica, se perfila como un nuevo nomadismo.

Quizá la única forma de entender el valor de Félix sea viendo las cosas desde el otro lado, con él, dándose cuenta de que la realidad es más pequeña e imperceptible que el materialismo que nos rodea, está detrás: en el aire, la tierra o el agua, en las partículas y átomos, en los insignificantes virus capaces de aterrar al gigante primer mundo como un ratón a un elefante. Esa realidad llamada naturaleza, basada en la unidad e interrelación de los seres vivos, de los elementos y los sentidos, es de la que vivimos aislados y anestesiados.

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Estamos más y mejor comunicados que nunca a nivel mental, pero el aislamiento físico de la realidad que nos hace vivir y de los seres que la forman nunca ha sido mayor. Compartiendo la importancia de acercar a la sociedad a esa realidad, desde 2011 la Fundación Ecoagroturismo y la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente colaboran ofreciendo descuentos e incentivos especiales a todos los miembros del Club de Amigos de Félix: la naturaleza como destino de experiencia y de conciencia en ese viaje iniciático que él nos enseñó.

Una ruta teatral por la naturaleza en el corazón de Galicia

Acabamos de pasar un inolvidable fin de semana en el corazón de Galicia, geográfico y espiritual. Geográfico porque está en pleno centro, y espiritual porque durante dos días despertó sus raíces. Es el cuarto año que Santiago de Albá, en Lugo, celebra el Son d’Aldea (Soy de aldea), una reivindicación de la vida rural más allá de lo imaginable… El eje de la fiesta, además de colosales banquetes bajo el bosque, bailes y música, es la original ruta teatral por sus románticos paisajes, dignos de la novela Los pazos de Ulloa. Los senderistas se abren paso entre viejas casas y bosques, donde a cada paso surgen personajes y escenas de la Galicia antigua. Muchos de los actores son los propios paisanos, jóvenes o ancianos que rememoran a sus padres o abuelos. Un simple cambio de vestuario basta para transportarnos, porque el entorno hace el resto; la lengua, los gestos, el humor y la retranca son heredados. Lo hacen tan bien, que por momentos no sabes si el que está fuera de contexto eres tú, y desde la lluvia inoportuna al rebaño y el pastor que se cruzan por el camino parecen parte del show.

No hay mejor escenario teatral que la naturaleza, porque no ha cambiado en todas las épocas que acogió. Por eso el “roteiro teatral” puede ser una de las apuestas teatrales y senderistas más bonitas del momento, por las posibilidades escénicas del patrimonio natural y etnográfico. Lo pintoresco de cuadros y cuentos se hace real en el trasfondo verde gallego. No se trata de una visita turística teatralizada, una recreación histórica didáctica o un museo viviente. Es más, porque hasta los actores son en parte sus personajes. Durante unas horas vives la naturaleza de otro tiempo, pisando una tierra imaginaria y real, porque el escenario es el vivo lugar en que pasaron esas historias, enmarcadas por robles centenarios que fueron testigo: la cantina; el estraperlo; la emigración; los maquis, la llegada de la luz eléctrica, fueron algunas de las etapas de la ruta. En otras ediciones el público podía espiar la lección de la escuela, la faena de las lavanderas en el río o subirse a los antiguos coches de línea de la clásica casa Cuiña para ir a la “feira”.

Son d’aldea tiene además vocación cultural, ofreciendo la posibilidad de reunir a gente de la cultura y la ciudad a menudo distante y que allí se confunde con el vecindario en franca familiaridad, unidos por sus raíces rurales o por el compromiso ambiental. Ejemplo de ello fueron la charla debate que reunió en el Parladoiro a vecinos y profesores de la Universidad de Vigo y Santiago en torno a la soberanía alimentaria y la autonomía rural, o los debates acerca de la extinción del bosque autóctono por culpa del eucalipto, ante la que se posiciona una interesantísima asociación a la que dedicaremos otro post, Quercus Sonora. La cita, que dura dos días, ofreció íntimos conciertos al aire libre, teatro a cargo del grupo Metátese, organizador del evento junto a la asociación de vecinos O Parzamique, y el agroturismo Arqueixal. Además hubo juegos tradicionales, feria artesanal, y una entrega de premios que agasajó al escritor Suso de Toro o la actriz Tamara Canosa, entre otros. Papel clave tuvo también la ESAD (Escola Superior de Arte Dramática), que colaboró en el rotetiro.

Son d’aldea reabre la naturaleza a la historia. La implicación de los vecinos es un ejemplo para otras zonas, y los niños disfrutan de lo lindo viviendo un cuento real. Las fotos de cada escena son planos de cine, y pasadas a blanco y negro, parecen antiguas. El teatro devuelve a los hórreos, bosques o lavaderos la vigencia que tuvieron y de hecho, tienen, por más vendas que nos pongamos, porque al final las épocas son modas en nuestra cabeza que el resto de la naturaleza ignora. El atrezo es de tierra: si los actores lo escarvan salen patatas. En la fiesta, desde el jamón y los quesos a la leche o el agua, embotellada para la ocasión y traída de una “mágica” fuente cercana, son frescos o artesanos. Además de la guerra al eucalipto, me quedo con uno de los comentarios del debate: hay que hacer un llamamiento a los artistas y cineastas para que promuevan el prestigio del patrimonio rural, a la americana, dignificando al agricultor o al veterinario, injustamente topificados pero con tanto interés como los personajes urbanos.

 

Turismo rural de temporada: septiembre, la madurez de la cosecha. Agroturismo, enoturismo y vendimia

Termina agosto y entramos en septiembre, la dulce postrimería del verano. La luz del sol declina como el color del campo, dorándose en lenta transición al otoño. Frutos como los higos, las uvas o las moras han engordado también hasta rebosar al punto de madurez y jugo con que el sol y las lluvias los han alimentado durante meses. Sus colores pintan viñedos e higueras, atrayendo a insectos y pájaros. Los impacientes verán recompensada su espera, porque todo lo bueno lleva su tiempo y se hace esperar… Las parras y cepas se retuercen con el peso de los racimos como se vencen las ramas de la higuera o se tiñen de rojo y mora los arbustos.

Septiembre es el fin de la cosecha, y el campo lo celebra desde hace siglos con fiestas en honor a la tierra y a los alimentos que surte. Arranca la Vendimia, una de las temporadas más pintorescas del mundo rural, inmortalizada por el arte desde la Antigüedad clásica a la actualidad. El turismo rural no es ajeno, y el agroturismo y enoturismo (con todas sus ofertas y propuestas) rezuma en estas fechas el olor a madera de las barricas y el frescor embriagado de las bodegas. El vino es la sangre de la tierra, fuente de vida y zumo de naturaleza exprimida y fermentada, enriquecida por los aromas y sabores del paisaje. Uno de nuestros patrimonios estrella.

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Generosos racimos de uvas, dulces o ácidas, doradas o tintas, invitan desde las vides a avispas, pájaros y hombres al festín de su degustación. Abundan fiestas y regiones donde saborear la cosecha de septiembre. ¿Qué mejor que probar un fruto de temporada en el paisaje que lo produce? ¿Recién recolectado? Mermeladas, helados o licores de uvas, moras o higos, entre otros, son algunas de las variantes que podéis disfrutar desde una casa rural en desayunos, comidas o cenas durante la fiesta de la cosecha, a la sombra de la parra o de la higuera, pudiendo alargar el brazo y, sin pincharnos, picar como un pájaro y llevarnos el sabor silvestre de una mora a la boca.

¿Qué os sugiere a vosotros septiembre en el campo? ¿Qué frutos y fotos produce vuestro entorno? Reunidas darían para un mosaico.

Volver a la palloza, el milenario hogar bioclimático

Seguimos en el norte, pero esta semana subiendo a la alta montaña. A la sierra de los Ancares, frontera natural de Galicia y Castilla y León. En ella resisten, como el poblado galo de Astérix y Obélix, las pallozas, míticas viviendas prerromanas atribuidas a los celtas: hogares de piedra techados por capuchas de paja. Sea en primavera o bajo la nieve del invierno, dan al paisaje una de las estampas más bellas y ancestrales del mundo. Tejados de paja semienterrados en la hierba o la nieve, brotando como setas del suelo… Si están de moda es porque un reciente estudio ha concluido que estas míticas viviendas son un modelo de rendimiento energético, de eficiencia energética rural, con menor demanda térmica que las viviendas rurales construidas hoy, dos mil años después. Prueba de esa eficacia es que siguieran habitadas al menos hasta los 70.

Poblaciones aisladas como Piornedo (Lugo) o Balouta (León) son de las pocas en que aún pueden apreciarse. Y habitarse… Ovales, circulares o rectangulares, las pallozas eran en tiempos la única vivienda de estas zonas; apiñadas unas a otras cubrían toda la aldea con una frondosa techumbre de paja, formando auténticos poblados celtas de aspecto indígena, hoy mermados y que empiezan a revivir gracias a la restauración y el turismo rural. ¿Quién no imagina a los druidas conjurando a la magia de la noche, entre las luces que alumbran la aldea en medio de la oscuridad de los bosques? Su amplio interior era fresco en verano y cálido en invierno, pues su estructura alrededor del fuego hacía de él un horno de temperatura constante a pesar del frío exterior.

Largos meses de invierno, bajo tormentas de nieve, pasaban las familias sepultadas en estos nidos de paja, viviendo al amor de la lumbre. Así lo describe una crónica de 1935: “Entramos en una de ellas (…). Quedamos un momento parados en el centro, hasta acostumbrar nuestros ojos a la penumbra llena de humo que nos hacía toser. Una docena de campesinos, mujeres, hombres y niños. Caras angulosas de color apretado y fuerte, blaquísima dentadura. Hablan con gran despaciosidad y parsimonia”. Y otra de 1914: “la vida familiar se intensifica dedicando las horas de encierro a la construcción de aperos, cestos, etc. los hombres, y a la elaboración de botelo, mantecas, y de los sabrosos quesos del Cebrero las mujeres. (…) Y cuando el tiempo abonanza y el terreno lo permite, celébranse allí, por la noche, los clásicos filandones o polavicas, reuniéndose las gentes a fiandar (hilar), leer, charlar, jugar y retozar (…)”.

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El estudio del que se hizo eco la prensa gallega y leonesa, dice que las pallozas, reinterpretadas con ventajas técnicas, vuelven a ser perfectamente habitables, pues sus características se emplean en la arquitectura bioclimática más moderna y sostenible, reduciendo las emisiones de CO2, como la permacultura. No olvidemos que el hombre civilizado es el único ser vivo que contamina el lugar donde vive, el suelo que le nutre y el aire que respira. El estudio pretende demostrar la viabilidad y rentabilidad de las pallozas hoy, en proceso de reinvención. En países como Holanda o Gran Bretaña han aumentado las casas con techos de paja bajo los mismos principios energéticos.

La semana pasada dábamos a conocer la oportunidad de dormir en un hórreo. ¿A quién no le apetece dormir en una palloza? Como la Palloza Baltasar, en Lugo, o la Casa de Lamas, en León, casas rurales que invitan a vivir una experiencia inscrita en una historia y naturaleza milenarias: bajo el grueso manto de nieve y el refugio de la paja y el fuego, al calor de historias y leyendas medievales sobre bosques embrujados, lobos y criaturas mágicas. Al salir de la palloza, que es una buena manta, el aire puro y seco de la montaña, donde campan los caballos salvajes. Hay en ello algo exótico, casi indio, arraigado a nuestra naturaleza, que vale la pena preservar y descubrir.

Experiencia de ecoturismo: reinventando la vida rural en el hórreo

Uno de los mayores símbolos del patrimonio rural del norte es el hórreo, el antiguo y modesto depósito de la cosecha que acompañaba a las casas de labranza. Arca del oro del campo, el maíz, y tesoro de las familias campesinas confiadas al amparo del cielo, el hórreo era un nido de riquezas agrícolas entre la vegetación. Dispersas por el paisaje rural gallego y asturiano, desde la alta montaña a la orilla del mar, hoy son una reliquia de valor etnográfico, arquitectónico y popular, íntimamente ligada a la vida de generaciones campesinas. A la vida, porque como decíamos, el medio rural es un paisaje anímico y emocional sazonado por la naturaleza.

Hoy el hórreo es ejemplo de restauración rural. ¿Cómo? Una especie de cabaña en las alturas, tentación de niños por su elevado refugio, ¿cuántas escenas furtivas de hurtos y amores habrá cobijado? Su singular belleza reside por un lado en la altura de su puerta, separada del suelo por altas patas de piedra, contra la amenaza de la humedad y los roedores. Por otro, en su intimidad y refugio. El interior es una cámara tapiada de madera en Asturias, y en Galicia trascendida por la naturaleza que la envuelve: entre las rendijas de sus paredes se filtran halos de luz que inciden sobre el maíz o los porrones que cuelgan de las tablas y tejas del techo.

Con el paso del tiempo, su uso ha variado, desde pajar y gallinero a trastero, pero el más novedoso es el que aquí promocionamos: alcoba. De planta alargada en Galicia y cuadrada en Asturias, en su interior abundaba el olor a maíz, a manzanas maduras, castañas, patatas, frutos de la tierra, con su riqueza mineral y variedad de colores y sabores. Echar la siesta allí, entre la maduración del fruto y la luz tamizada por las rendijas, en la turbación lumínica de la sombra y el verdor que ciñe el hórreo, era uno de los placeres del verano. Sólo puede accederse a este altar hortelano por una escalera de madera que se retira o por una de piedra.

En su interior, la naturaleza trasciende por los cuatro costados, pues el hórreo transpira por sus poros: a los pies, tablas de madera bajo las que corre el aire, a los lados, tablas de madera o piedra envueltas de vegetación, y sobre la cabeza, las tejas o paja donde anidan los pájaros; luego el cielo. El hórreo es la entraña de la naturaleza y el buche del campo. ¿Dormir allí dentro? Pasar la noche mecido por el canto de los grillos y el fulgor de las estrellas, al resguardo de su preventiva altura, es lo más parecido a las literas o palanquines con dosel en que transportaban a los nobles de la Antigüedad. Y por la mañana, despertar al día desayunando el surtido de la tierra.

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Es la propuesta de la Quintana de la Foncalada, en Argüeru, Asturias, en colaboración con la Fundación Ecoagroturismo: “Horreo-Aventura”, experiencia sostenible para sumergirse en el entorno natural y familiarizarse “desde dentro” con su biodiversidad. Exitosa idea similar a las desempeñadas en otros países como Suiza (dormir en la paja) y que ya inspira un concurso literario. El hórreo es un hogar condensado y una nostálgica máquina del tiempo. Sólo hay que sacudirse de prejuicios y como recuerdan desde el Ecomuseu, suscribir a Marcel Proust: “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos caminos sino en tener nuevos ojos”.

Con pleno respeto al paisaje histórico y natural en que se inserta, reviviendo experiencias antepasadas, hoy el hórreo puede ser lo que queramos, ante todo una construcción bioclimática digna de la pura experiencia de ecoturismo. “Hay una enorme necesidad de re-plantear el mundo, de rescatar nuestra imaginación”, recuerdan también desde el Ecomuseu: “Experimentar una noche rodeado de silencio, árboles y estrellas, como tradicionalmente se hacía en el hórreo, sin más recursos que un colchón para el vivaqueo, con un desayuno casero y ecológico para iniciar la jornada”.

El certificado Ecogastronómico: garantía de sabor

De todas las tareas que desempeñamos al día sólo hay una imprescindible: nutrirnos. De ello depende todo lo demás, y nos define como somos: animales. Por eso, haberlo reducido a un rito banal y casi intrascendente bajo el frenesí “civilizado” retrata tan bien la sociedad en que vivimos, con sus paradojas. De lo que se come se cría: el milagro del metabolismo purificaba nuestro organismo de sol, de mar y hasta de las fuerzas de la naturaleza, pero hoy ingerimos productos transgénicos o de dudosa procedencia, la insustancialidad plástica del mundo sintético que nos rodea: aditivos, conservantes, sucedáneos… Precocinados o almacenados en cámara y supermercados artificiales, generados en invernaderos o granjas industriales, transportados en camiones o avión…

Los alimentos, procesados, están perdiendo el rastro orgánico del que hablábamos hace unas semanas, y el sabor enraizado a la naturaleza que los enriqueció. Pero además, la acumulación de residuos en el mar empieza a contaminar la vida de los alimentos que ingerimos como “frescos”. Hasta en los rincones más lejanos y supuestamente salvajes, desde el fondo del mar a las selvas, encontramos una bolsa del supermercado, una zapatilla de marca o una botella con propaganda. Nada se libra de la viralidad global. ¿Quedan lugares “auténticos”? “Auténtico”, “original”, “salvaje”, “sabor”… Son las palabras más codiciadas en promoción turística. ¿Por qué? Porque aunque disimulemos, sabemos que estamos emponzoñados de artificialidad.

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¿Cómo sabe la leche fresca? ¿Y un buen tomate? Cada vez es más difícil saberlo, y más niños crecen sin saber a qué sabe la Naturaleza de la que son hijos. El planeta, cada vez es más artificial, viciado e irrespirable. Ante ello, el turismo rural da un respiro. Una bocanada de aire puro. Aislado modestamente en la naturaleza, preserva el sabor, el aroma y la calidad original. Otro de los medios por los que el turismo rural contribuye a restaurar la vida es este: desde la Fundación Ecoagroturismo, la “certificación Ecogastronomía” está respaldando a aquellas iniciativas que refuercen la gestión rural regenerando la naturaleza al poner en valor su riqueza autóctona. Turismo rural ya no es solo alojamiento, sino restauración. ¿Qué mayor sabor que el del propio ecosistema en que maduran los alimentos?

Desde este año, la Fundación Ecoagroturismo apuesta por dar este exquisito certificado de calidad a los establecimientos que ofrecen un menú basado en razas autóctonas o en peligro de extinción (y procedentes de pesca sostenible). En muy pocos sitios pueden encontrarse estos sabores olvidados. Si queréis comer un día fuera de casa buscad el certificado Ecogastronomía en nuestro mapa y escapáos a una de estas casas rurales, reductos del planeta salvaje, para saborear su paisaje.

El turismo rural y el valor de lo artesano

En un mundo plastificado, forrado de redes interurbanas, materiales sintéticos y no biodegradables, el turismo rural representa la rebelión y emancipación de lo orgánico. La pulsión vital de lo que queda debajo y reclama su derecho a existir y alimentar el ciclo. Si levantamos la costra del asfalto, reaparecen los caminos, reoxigenamos la tierra, recuperamos la sustancia de sus alimentos o redescubrimos el valor de lo artesano.

¿Qué es un artesano? A las nuevas generaciones este personaje les será extraño… La persona que con sus manos elaboraba o tranformaba los productos de la naturaleza. Un artesano nos mantiene unidos a la naturaleza porque entre ella y los productos que consumimos hay un vínculo orgánico: sus manos, fruto de la misma naturaleza que manipulan. Por eso su obra, a diferencia de la artificial, guarda un rastro de vida.

En la obra de un artesano está su vida, su experiencia, toda la tradición de su oficio. Hasta el paisaje del que proceden los materiales o en el que les dio forma. El esfuerzo o el ánimo que el artesano pone en su trabajo lo transmite a su obra: ése es su valor. Cada pieza es distinta y única. A diferencia de los seriados y perfectos productos industriales, tan asépticos como estériles y sin rastro de vida.

El mundo de los artesanos, hecho a mano, sobrevivió hasta la generación de nuestros abuelos. Era un mundo orgánico y biodegradable, comestible al tiempo y a la vida, como las casas de madera o los tejados de pizarra y de paja. Los carpinteros, los alfareros, las tejedoras, las lecheras… Igual que el pájaro construye su nido con el pico, yendo y viniendo del bosque, los artesanos construyen su aldea con las manos, yendo y viniendo del bosque o de los campos…

el turismo rural y el valor de lo artesano

La belleza de una aldea está en ser una obra viva, integrada en la naturaleza como una parte más de la faena conjunta de los seres vivos. Del modo más biodegradable y sostenible posible, reduciendo al mínimo su huella ecológica. Así, el mundo de los artesanos es un tapiz tejido por sus relaciones orgánicas con la naturaleza, continuas como un hilo. Si en la relación interfiere lo artificial, el rastro orgánico se pierde, el hilo se rompe y el tapiz se desfigura. La mirada sostenible pone en valor y primer plano, por encima de la fachada artificial que nubla nuestra vista, el valor de lo artesano.

El turismo de estrellas y la sabiduría rural de observar el cielo

Ahora que la primavera empieza a cuajar y entierra uno de los inviernos más crudos que se recuerdan, vale la pena pensar lo ajenos que somos a la cultura rural de observar el cielo. Es curioso cómo la apariencia del mundo ha cambiado según las épocas que lo observaban: la ignorancia primitiva lo divinizaba, pero en honor a las sensaciones y recursos que la naturaleza proveía (la bonanza del sol o la violencia de la tormenta). Hoy nuestra visión de la naturaleza ya no se basa en lo que nos hace sentir, sino en las leyes físicas que la fundan, esterilizándola. Como si eso nos correspondiese más que sentirla. Renunciar a entender la naturaleza por lo que nos aporta o hace sentir para entenderla por lo que la explica, es como renunciar al amor o al placer por desvelar sus procesos neuronales. Ningún extremo es bueno…

Un ejemplo: el sol, origen de los dioses y religiones modernas, ya casi sólo se aprecia por su valor bronceador, a pesar de seguir siendo el fundamento de la vida en la Tierra. El mar, hace 100 o 200 años, imponía un respeto y una admiración casi divinas. No sólo por la precariedad de las embarcaciones, sino por su ingente tamaño. ¿Qué nos ha pasado para dejar de apreciarlo? Su inmensidad es la misma, y sus incógnitas grandes para los científicos, que hace nada advertían: “sabemos más de la superficie de Marte que de los fondos marinos”. El mundo no es más pequeño, sino igual de gigantesco; lo que se ha reducido es nuestra vista o nuestra experiencia.

Puede que para una sociedad que ve un “sistema de bajas presiones” o “ciclogénesis” en un temporal, más atenta a las isobaras que a las sensaciones que produce, el cielo y el mar hayan dejado de verse como las fuerzas sobrehumanas que son, para verse como simples decorados, perdiéndoles un respeto que a veces pasa factura. Por suerte, hay aún rincones que nos muestran sus magnitudes. La Ley del Cielo, en la isla de La Palma, combate la contaminación lumínica (las luces en ciudades son ténues y apuntan bajo, restringiéndose fuera de ellas), lo que congrega ya una incipiente afición al turismo de estrellas o Astroturismo. El paisaje estrellado es otro de los grandes espectáculos del pasado que hemos extinguido, pero el sello internacional Starlight evalúa la calidad del cielo nocturno en cada vez más destinos rurales.

turismo de estrellas

¿Qué es una tormenta si no algo atronador, que acongoja y nos afecta, directa o indirectamente? Parece que queramos vivir desde la óptica de las moléculas. La falta de sensibilidad, del valor sensorial a la hora de entender los fenómenos naturales, explica nuestra frivolidad ante ellos. Desmitificados, sí, pero llevados al extremo opuesto de pragmatismo, ninguneando los sentidos para los que la naturaleza nos predispone. Una de las virtudes del turismo rural es ésta: reeducarnos a vivir el mundo desde la pureza de los sentidos, y a mirar con los ojos de la historia o la sabiduría acumulada de viajeros y navegantes, el mapa del cielo.

El valor añadido del turismo rural del que hace gala la red Ceres Ecotur, es la limpieza y transparencia de su cielo, permitiéndonos incorporar a nuestro entorno una parte del paisaje olvidada. En muy escasos lugares puede admirarse la noche estrellada tal y como fue siempre, tal y como es. Un privilegio imposible en la ciudad y en todo contorno alumbrado, de cielos limpios y depurados de contaminación lumínica, estanques estrellados que parecen volcar el universo sobre nosotros. Y este lujo es de los que no se cobran con el ya típico: “Ah, claro, estás pagando el sitio…”.