Turismo rural y revolución verde en esta Navidad

¿Por qué la Navidad, que tanto invoca la autenticidad y los grandes valores, se ha convertido en la época más artificial y consumista del año? ¿Será que con eso de envolver de magia a los niños nos empaquetan a todos? ¿O que de tanto fingir ante ellos hemos asumido la hipocresía como el valor más consustancial a la navidad? Cuando la tradición y la religión se venden al merchandising ¿qué queda de ellas? Lo irónico es que ya sea desde convicciones religiosas o laicas, hace falta muy poco para hacer de la navidad un recuerdo mágico e inolvidable de verdad, sin recurrir al cartón piedra y los efectos especiales con que la publicidad la adorna. Si la magia navideña está en su exaltación de valores, sorpresas y belleza, esto sobra sin trampa ni cartón en la naturaleza.

Si tenemos valores sociales o ambientales que inculcar a nuestros hijos, aprovechemos la navidad para hibernar y desconectar de todo lo que se lucra, despilfarra o comercia con ella, recuperando la modestia que caracteriza a la naturaleza en la estación fría del año, para fomentar una conciencia o perspectiva real y justa del mundo. El invierno implica refugio, adaptarse a la escasez de recursos y aprovechar el aprovisionamiento hecho durante el tiempo de bonanza. Lo opuesto a lo que hacemos: multiplicar compras y gastos. La época materialista por excelencia puede convertirse en la del apagón y la revolución verde, la del ahorro energético y la magia real, la natural. Basta un ligero cambio de rubo: hacia regalos biodegradables o un entorno sostenible y con encanto como una casa rural.

¿Qué mejor regalo que despertar en un lugar donde el paisaje huele a invierno? ¿Desde la leña en el fuego al aire frío de montaña? Donde desde el bosque a la fauna silvestre y desde la fantasía a las leyendas del lugar llenan de misterio y encanto real cada experiencia del turismo rural? Existen rutas navideñas para sumergir al viajero en episodios de cuento. Donde alejarse del tópico y el derroche comercial para tomar las uvas (con tele o sin ella) desde un lugar aislado en la auténtica navidad. Donde celebrar cenas íntimas con cocina casera y experiencias ecoagroturísticas irrepetibles, donde los árboles están vivos y no son de plástico, la nieve es agua helada y no porexpán, y la blanca navidad del villancico es real.

turismo rural en Navidad

Convirtamos la navidad sintética en orgánica. Regalando vida y llevando al corazón urbanita de nuestras casas un kit de cultivo o pequeñas bombas de semillas para sanear la rutina. Iniciativas como Ecoquchu, con regalos ecológicos de diseño artesano, se proponen reverdecer así la vida urbana. Hay modestos proyectos de gran corazón que contribuyen al progreso sostenible y el florecimiento del planeta en dirección opuesta al materialismo que tanto derrocha estos días. Proyectos sociales y ambientales que luchan por un mundo mejor y debieran ser los verdaderos Reyes Magos en los que creer, porque existen de verdad. Aunque las luces y el porexpán nos venden los ojos.

El birding como reclamo ecoturístico

Uno de los grandes recursos olvidados del turismo rural lo tenemos encima… En el cielo. No sólo el astroturismo está consagrando al rural como mejor observatorio del universo, sino la ornitología, áspera palabra que los ingleses sustituyen con más modestia y acierto por “birding” (pajareo). Acierto porque como explica Antonio Sandoval, divulgador y ornitólogo, contemplar los pájaros tiene tanto de arte,  juego y belleza, como de ciencia, pese a que aquí nos refiramos a ello de forma técnica y friki. En su libro ¿Para qué sirven las aves? recuerda que como tantos otros atractivos naturales, en el canto de los pájaros se han inspirado grandes artistas y compositores. Las casas rurales, cuya etiqueta “rurales” parece acogotarlas siempre al agrarismo, debieran promocionarse como casas neorrurales o de naturaleza, integrales, es decir, levantando su mirada y su oferta a todo el medio natural, incluido el cielo, escenario de los fenómenos de los que depende su paisaje y reino de los pájaros o las estrellas. Estrellas extinguidas en la ciudad pero abundantes en el campo, al que convierten en la mejor fuente de información astrofísica y tribuna universitaria al cosmos.

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El valor turístico del birding está en que además de diversificar y desestacionalizar la oferta, seduce a los turistas europeos, cotizados por su alto nivel cultural, ecológico y económico. Son viajeros casi siempre bien equipados y dispuestos a pernoctar varios días. Los destinos más favorecidos o desarrollados para la observación ornitológica en España son Doñana y el Estrecho de Gibraltar, Extremadura, Pirineos… Las costas atlántica y cantábrica también constituyen un buen mirador para los viajeros, por su posición estratégica en medio de rutas migratorias. Una de las prácticas más ejemplares que se han llevado a cabo en nuestro país para aprovechar este recurso desde una asociación sin ánimo de lucro, sin apenas medios, es Urdaibai, en Bizkaia. Supo poner en valor y reciclar una antigua fábrica abandonada (y el ecosistema que la rodeaba), reconvirtiéndola en uno de los centros de observación de aves nacionales más dinámico e innovador.

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Es necesario concienciarse del valor que el birding tiene más allá de nuestras fronteras. Basta saber que se organizan grandes competiciones a lo largo de países enteros con el fin de identificar el mayor número de especies, como retrata la comedia El gran año. ¿Qué las hace tan atractivas? Su pintoresca variedad: su forma de volar y cantar, su silueta, sus colores, el anidamiento, la cría… Las aves pueden ser la mejor puerta para entender la singularidad del ecosistema que rodea a una casa rural, así como los ciclos naturales en que vive inmersa. En su vuelo, las aves crean como las abejas un hilo que entreteje los distintos elementos del paisaje. Pese a que nuestra época ha anestesiado nuestra capacidad para apreciarlo, la aves son criaturas fascinantes: seres que sostienen su propio peso en el aire, con la mezcla de formas y colores más increíble que puediera diseñar un artista, y capaces de viajar inmensas distancias o atravesar espectaculares paisajes dignos de envidiar.

Turismo rural con sabor a mar y certificado ecológico

España no ha sabido explotar su imagen como imperio de ultramar y potencia naval, pues sometió su patrimonio marinero y su costa a tal operación estética que no la reconocería ni Cristóbal Colón. Pero las zonas de costa que se libraron de la especulación aún atesoran esa impronta de milenaria esencia marinera, y permiten el disfrute atemporal de un paisaje intacto que seguiría siendo familiar a las viejas cartas náuticas o a los navegantes de la Antigüedad.

A continuación, una lista de 12 casas de turismo rural que conjugan la riqueza rural y marina… No solo en el paisaje, sino en la gastronomía. Algunas recuerdan a la británica posada del Almirante Benbow, sobre los acantilados y la cala del clásico La isla del Tesoro. El contraste de paisajes de la costa rural es único: el interior inspira refugio y aventura, el mar, libertad. Certificadas todas por el Ecolabel internacional, según las agujas del reloj, el viaje por nuestras costas es así:

Galicia

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Casa Fontequeiroso

Se presenta como el hotel más occidental de Europa, ante la escarpada Costa de la muerte y cerca del Finis Terrae. Su paisaje de prados y bosques desemboca en playas salvajes. Rústica y acogedora, con gastronomía Slow Food cocinada en horno de leña.

Casa de Trillo

Sin alejarse de la Costa de la muerte puede hacerse noche en una histórica casa señorial del siglo XVI que fue cuna de marineros y navegantes, donde respirar el ambiente de las viejas posadas costeras. Sabor rural y marinero, razas autóctonas, gastronomía Slow Food.

Casa Pousadoira

A las puertas de uno de los rincones más mágicos de Galicia, las Fragas do Eume, y cerca del mar, esta preciosa y acogedora casa de agroturismo, con granja y huertos certificados de agricultura ecológica, dinamiza el rural sin perder de vista la espectacularidad del mar.

Alvarella

Un poco más al norte, pero cerca también de las Fragas y a pocos minutos de la playa, se encuentran esta casa y albergue destinados a la sensibilización e iniciación a la biocultura, con gran apuesta por las energías renovables y las actividades naturales.

Asturias

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Camping rural Playa de Taurán

Espectacular, al borde del mar, sobre un acantilado y una cala rodeados de prados y bosques, junto a la preciosa villa marinera de Luarca. Camping singular y único: hórreos, energías renovables, huerto y granja de razas autóctonas (ponis, ovejas…).

La casa del naturalista

Quintana tradicional del s. XVIII, con hórreo y panera, integrada en plena naturaleza y con clara vocación por la divulgación ambiental. En plena mariña asturiana, con cocina tradicional elaborada a partir de la cosecha de sus huertos, respirando a mar.

La Quintana de la Foncalada

Casería tradicional del s. XVIII en la mariña asturiana y Reserva Natural de la Ría de Villaviciosa. Tiene un precioso ecomuseo destinado a difundir las tradiciones, la artesanía y las razas autóctonas (poni asturcón, oveya xalda, pita pinta).

País Vasco

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Hotel Mundaka

Para los aficionados al surf o los deportes marítimos, en el centro histórico de la villa marinera de Mundaka (Bizkaia), fomenta el ecoturismo activo de experiencias, a medio camino de la playa y el rural, gastronomía vasca Km. 0, y uso de energías renovables.

Islas Baleares

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Can Martí

Sabor isleño, mediterráneo e ibicenco de esta antigua finca de payeses restaurada bajo principios de pemacultura y energías renovables. Perdida entre la vegetación isleña y frente al mar, huerta y tienda ecológicas propias, ritual relajante del Hammam, etc.

Son Lladó

Impresionante hacienda mediterránea en Mallorca del Siglo de las Luces, en medio de una preciosa finca agrícola y cerca de la espectacular playa de Es Trenc. Agroturismo con pastoreo tradicional de rebaños, paseos en carro de tiro, y uso de energías renovables.

Andalucía

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Cortijo La Molina de Cabo de Gata

En las faldas del Parque Natural Cabo de Gata-Níjar (Almería), conjunto de blancas casitas en un cortijo tradicional andaluz con certificado de agricultura ecológica. Olivos de Arbequina, frutales, albercas, acuíferos… Y energías renovables.

Islas Canarias

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El Sitio

En las latitudes más meridionales, a los pies de las montañas y rodeada de viñedos frente al mar, en la isla de El Hierro, encontramos El Sitio, aislado y con 200 años de historia. Frutas de primera calidad, hortalizas, queso fresco de cabra, yogur natural…

Anochece en una casa rural

En las ciudades, el anochecer queda eclipsado y reducido por la incesante actividad social y eléctrica a un accidente fortuito y coyuntural, decorativo, que pasa allá arriba en el cielo a la hora del informativo o al salir de trabajar, casi por coincidencia, sometido a nuestra rutina. Sin embargo, en el campo, la noche cae de forma rotunda con tanto peso como si cayese en todo el mundo. Y por exagerado que parezca, esa sensación es fiel a la realidad, porque ya no es que la noche arrastre a toda la naturaleza, es que lo engulle todo hasta el horizonte (de polo a polo) y si hay visibilidad y brillan las estrellas, dejamos de estar dentro del mundo para estar al borde del universo… En una casa rural el anochecer se vive intensamente. Por etapas:

Fuera

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Las sombras de la tarde se han desmadrado hasta cubrir montes o llanuras y el azul del cielo se ha desteñido. La noche lo sume todo recordando a nuestra sociedad artificial y estilizada que todo es cíclico y que la decadencia es parte del esplendor. El olor del campo y el fresco son más intensos. Cantan las cigarras o los grillos. Vuelan los murciélagos. La sensación es de alerta ante un entorno hostil e intuitivo: el olfato y el oído son decisivos. Todo es latente, sigiloso, rapaz o furtivo. Por encima de tanto misterio, en calma, el cielo azul se vuelve transparente, como el fondo de un lago pero más profundo, dejando ver tan lejos que la vista llega al pasado y se mide en años luz.

Dentro

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El refugio es una sensación tan primitiva como irrenunciable que dan la luz y el calor. La luz artificial amarilla es cálida por nostalgia del fuego. El ruido de la cocina y el olor de la chimenea son impresiones de la noche rural. Después de una larga jornada, nos espera una cena bien provista en un comedor que es acogedor por estar hecho de madera y piedra, como un abrazo de naturaleza. Por la ventana no se ve nada. La sensación de distancia y aislamiento intensifica la conciencia de intimidad. Si afuera la noche despierta el instinto, dentro despierta plenitud y placer gastronómico.

En la habitación

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Para reparar el cuerpo tras una jornada campera, una buena ducha caliente mientras cae la noche. Si quieres leer, no encontrarás mayor complicidad entre tú y tu libro que en un rincón que invita al viaje y la fantasía. Abres la ventana y el aire inspira. La abstracción no tiene límites ni distracciones en kilómetros a la redonda (ni a años luz sobre tu cabeza). Si quieres dormir, dormirás bajo el silencio del universo y en sitonía con la naturaleza que envuelve la casa, porque en el campo, la noche cae para todos.

¿Qué nos atrae del turismo rural?

A pesar del esnobismo y los prejuicios, cada vez más jóvenes vencen tópicos y descubren la experiencia del turismo rural, ya sea en pareja o en grupos: por desconexión, intimidad o búsqueda de unas raíces naturales y culturales de las que la globalización les privó. El motivo son las sensaciones que únicamente pueden encontrar allí. Entre los “secretos” ecoturísticos que más seducen y convierten la evasión rural en el plan ideal de una escapada romántica, familiar, aventurera o espiritual, seleccionamos los principales. Habrá quienes se identifiquen con unas sensaciones u otras, según su inspiración viajera: la casa, el paisaje, la gastronomía, o las experiencias. ¿Qué es lo que más os atrae como viajeros? ¿Y lo que más fomentáis como anfitriones? ¿Cuál es la combinación perfecta?

La casa

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El refugio: esa mezcla de resguardo y calidez que proporciona la casa rural ante las condiciones extremas de un paisaje salvaje, evocadora de las antiguas posadas.

El aislamiento: la incomunicación o lejanía del mundanal ruido, de la masificación, de la actualidad… El estar “perdido de todo”. Es un aislamiento también virtual si carecemos de conexión a Internet o de cobertura en el móvil, y sin embargo, de contacto más humano y real con las personas que nos rodean, de inmersión plena en la naturaleza, donde el tiempo pasa de otra forma, y de reencuentro personal.

El “encanto”: que referido a una casa rural suele asociarse al diseño o la decoración, a menudo tradicional y como salida de un cuento, tanto en su fachada como en su interior. Ese encanto invita a formar parte durante la estancia de un ambiente casi irreal, mítico o histórico, pero también estético, artístico y artesanal.

El confort y el “lujo”: televisión, wifi, jacuzzi… A veces el placer rural está en el contraste de esos caprichos con la naturaleza agreste que los rodea, como un buen baño caliente bajo el manto de nieve y ante un paisaje abrupto y helado por la ventana.

La rusticidad: todo lo contrario, cuanto más rudimentario, primitivo y tosco, mejor.

El entorno

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Montañoso: las altas cumbres y laderas de las sierras o cordilleras desafiando a las nubes, o los montes y cerros que se elevan sobre un bosque o una llanura.

Boscoso: el verdor y la vegetación exuberante, con toda la vitalidad de flora y fauna que guardan los bosques, impregna cada rincón de la casa rural, durante el día o la noche, con sus olores y sonidos.

Llanuras: prados, marismas, pantanos y llanuras que se extienden hasta donde alcanza la vista, alternando las texturas y colores de los cultivos o dehesas.

Costero: acantilados, playas vírgenes, cuevas… El paisaje accidentado y extremo del litoral. Delante, todo el mar.

Etnográfico-cultural: aldeas medievales aisladas en la naturaleza o pueblos históricos a medio camino entre la tradición y el progreso.

La comida

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Gastronomía casera tradicional: de puchero y a fuego lento, contundente y artesana.

Nueva cocina: experimentando cómo reinterpretar el entorno natural mediante nuevos sabores, aromas y combinaciones.

Las experiencias

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Senderismo: rutas para todos los gustos y niveles a través de las cuáles, además del esfuerzo físico y saludable, redescubrimos nuestro planeta sumergiéndonos en sus ecosistemas como un simple ser vivo más.

Deportes de aventura: rafting, piragüismo, escalada, buceo, rutas a caballo, barranquismo o tirolinas, entre otras muchos.

Observación de la naturaleza: fauna, flora, estrellas, que de por sí constituyen toda una cultura humana o biocultura viajera por recuperar.

Agroturismo: la recolecta de hierbas aromáticas o medicinales, setas, castañas, el pastoreo, el huerto o la granja son cada vez más demandados por un viajero que quiere pasar de mero espectador pasivo a integrante de cada destino, viviéndolo desde dentro.

Viaje gastronómico al sabor del otoño rural

“La becada ama la hora en que el anochecer hace más agudo el olor de las hojas muertas, impregnadas de tierra húmeda, mientras la luna amarilla de noviembre brilla en el vapor helado de los bosques. Estos olores otoñales resurgen a su vez con el calor de la cocina (…). El mundo misterioso y encantador de los bosques se vive en el otoño”, dijo Clermont-Tonnerre. Y dijo bien. Es el 8º año que Galicia celebra el Otoño gastronómico, iniciativa con que sus casas rurales celebran el esplendor culinario del bosque. Hasta el 14 de diciembre ofrecen un menú trufado de caza de temporada, sabrosas castañas o setas regadas por salsas y vinos. La tradición artesanal hace el resto. El escritor José María Castroviejo añoraba las mañanas brumosas, cuando los hilos de niebla se levantan sobre el oro viejo del bosque, ese oro viejo que el otoño aviva estos días como el fuego.

La semana pasada descubrí el considerado paraíso de ese flamante espectáculo: en el Courel, reserva forestal más abrumadora de Galicia. De camino conocí la reinvención culinaria de la región con una nueva cerveza de castaña hecha en Balboa, Ancares leoneses, que ya pega fuerte a poco de su lanzamiento. No es el único producto que pone en valor este territorio aislado y virgen: setas, castañas, mermeladas, aceite… En el Courel pasé la noche en la acogedora Casa Caselo, palco de honor a la devesa de Paderne, uno de los bosques mágicos que estos días viven en combustión. Es la única del Courel en el Otoño gastronómico. Los cazadores del lugar proveén con perdiz, corzo o jabalí su buena mesa: caza con castañas o pollo de casa, embutidos, caldo gallego, licores que trasladan la esencia del bosque (moras, endrinos, frambuesas…).

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Este año el Otoño gastronómico tiene la novedad “Cocina con nosotros”, y algunas casas como Caselo invitan a los huéspedes a su cocina para compartir sus secretos. Fuera de esos bosques ígneos, no solo entre caza anda el juego. La riqueza rural de temporada va más allá, y como ejemplo dos de nuestras socias, integrantes del Otoño gastronómico, desde el mar, a la montaña: Casa de Trillo, en la salvaje y romántica Costa de la muerte, y Reitoral de Chandrexa, en la Ribeira Sacra orensana, sobre los espectaculares cañones del Sil… En la primera el menú otoñal se nutre de pulpo, almejas a la marinera, cerdo celta o pescado de temporada. En la segunda, el menú otoñal presume de gourmet con Risotto de setas silvestres, asado de ternera “caldelá” ecológica, ensalada de otoño, tarta de manzana… Os animamos como siempre a descubrirlo y difundirlo, para que de una vez pongamos en valor la magia otoñal de nuestros bosques, como evocaba Clermont Tonnerre o añoraba Castroviejo.

¿Hay verano más allá de la playa? Por qué hacer turismo rural en agosto

El fenómeno playero, tan representativo de nuestra cultura reciente y nuestra economía, se ha arraigado hasta tal punto que parecemos incapaces de disociar verano y playa, olvidando que ese vínculo es un invento del siglo XX, una moda debida a unas condiciones históricas como el turismo o el hábito social de tomar el sol, la desinhibición y la preocupación por la imagen y la estética. ¿Qué habría sido de España sin esa moda? Que se habría visto obligada a cultivar otra economía. Quizá, hasta otro urbanismo. Pero sobre todo, otro turismo. El caso es que la cultura playera llegó, vio y venció. Reforzada y patentada por la industria del ocio y el consumo, la publicidad y la televisión, hoy son muchos los que se preguntarán sin encontrar respuesta qué puede haber mejor que pasar el verano junto al mar.

Pues depende de lo dispuestos que estemos a cuestionar las costumbres propias, y a admitir que puede haber otros escenarios, y sobre todo, hábitos de consumo turístico, tan placenteros o más, con los que disfrutar del verano. Otros escenarios a los que asociarlo y en los que vivir experiencias que den al verano un sentido nuevo y auténtico, alejado de la artificialidad urbanística y la masificación playera, una experiencia del verano ligada a la naturaleza y su estación, como seguramente tuvieron generaciones pasadas. No es que la playa sea el mejor escenario veraniego o antídoto al calor, sino que goza de una infraestructura, unos intereses y una promoción que se han ninguneado en el interior, por ser tan ajeno a las modas estéticas o el culto al cuerpo… Paraísos hay muchos pero no todos son tan rentables.

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Parque Nacional de la Caldera de Taburiente (La Palma, Canarias)

Lo que desde luego no es un antídoto al bochorno y las aglomeraciones son las playas abarrotadas de gente, donde multitud de cuerpos se amontonan disputándose unos metros de arena al chorreo del sol, y cuyas orillas no respiran bajo el hervidero de pies. ¡Qué bien debe respirar la playa al final del verano! La marabunta que fluye por las calles o el metro es esta misma en estado de letargo. Ante ello, a unos kilómetros de distancia que parecen años luz, en las zonas del interior más verdes y húmedas, el río se abre paso lleno de vida bajo el frescor y la sombra de los árboles, que lo protegen y aíslan del resto del mundo. Si de lo que se trata en vacaciones es de evadirse, pocos lugares como este lo garantizan. Ante el expuesto y desabrigado paisaje urbano de la costa, el resguardo vegetal, vivo y montañoso del interior.

Para aquellos que busquen esta alternativa, aquí algunas experiencias de verano que sólo ofrece el turismo rural: aventuras en la naturaleza (kayak o piragüismo en el río, monta de caballos, espeleología, deportes en el bosque, contacto y observación de fauna y flora, salvaje o doméstica como el agroturismo en granjas). El paraíso acuático de las cascadas y piscinas naturales, oasis escondidos entre la vegetación exuberante, rodeados de prados mecidos por grillos, pájaros o mariposas. La tradición etnográfica y popular, las fiestas y ferias gastronómicas… Noches silenciosas de cielos estrellados desde la ventana de una retirada casa rural, sin contaminación acústica ni lumínica, en el aislamiento de la montaña, la cosecha de temporada, madura y jugosa para el desayuno o las comidas (frutas del bosque como las moras), higos, manzanas, ciruelas, tomate, melón, sandía… Turismo rural en agosto en plena esencia. El paraíso de la naturaleza en su madurez estival, ofrece paisajes espectaculares y grandes extensiones para el disfrute privado, lejos de la romería playera. 

Volver a la palloza, el milenario hogar bioclimático

Seguimos en el norte, pero esta semana subiendo a la alta montaña. A la sierra de los Ancares, frontera natural de Galicia y Castilla y León. En ella resisten, como el poblado galo de Astérix y Obélix, las pallozas, míticas viviendas prerromanas atribuidas a los celtas: hogares de piedra techados por capuchas de paja. Sea en primavera o bajo la nieve del invierno, dan al paisaje una de las estampas más bellas y ancestrales del mundo. Tejados de paja semienterrados en la hierba o la nieve, brotando como setas del suelo… Si están de moda es porque un reciente estudio ha concluido que estas míticas viviendas son un modelo de rendimiento energético, de eficiencia energética rural, con menor demanda térmica que las viviendas rurales construidas hoy, dos mil años después. Prueba de esa eficacia es que siguieran habitadas al menos hasta los 70.

Poblaciones aisladas como Piornedo (Lugo) o Balouta (León) son de las pocas en que aún pueden apreciarse. Y habitarse… Ovales, circulares o rectangulares, las pallozas eran en tiempos la única vivienda de estas zonas; apiñadas unas a otras cubrían toda la aldea con una frondosa techumbre de paja, formando auténticos poblados celtas de aspecto indígena, hoy mermados y que empiezan a revivir gracias a la restauración y el turismo rural. ¿Quién no imagina a los druidas conjurando a la magia de la noche, entre las luces que alumbran la aldea en medio de la oscuridad de los bosques? Su amplio interior era fresco en verano y cálido en invierno, pues su estructura alrededor del fuego hacía de él un horno de temperatura constante a pesar del frío exterior.

Largos meses de invierno, bajo tormentas de nieve, pasaban las familias sepultadas en estos nidos de paja, viviendo al amor de la lumbre. Así lo describe una crónica de 1935: “Entramos en una de ellas (…). Quedamos un momento parados en el centro, hasta acostumbrar nuestros ojos a la penumbra llena de humo que nos hacía toser. Una docena de campesinos, mujeres, hombres y niños. Caras angulosas de color apretado y fuerte, blaquísima dentadura. Hablan con gran despaciosidad y parsimonia”. Y otra de 1914: “la vida familiar se intensifica dedicando las horas de encierro a la construcción de aperos, cestos, etc. los hombres, y a la elaboración de botelo, mantecas, y de los sabrosos quesos del Cebrero las mujeres. (…) Y cuando el tiempo abonanza y el terreno lo permite, celébranse allí, por la noche, los clásicos filandones o polavicas, reuniéndose las gentes a fiandar (hilar), leer, charlar, jugar y retozar (…)”.

eficiencia energética rural

El estudio del que se hizo eco la prensa gallega y leonesa, dice que las pallozas, reinterpretadas con ventajas técnicas, vuelven a ser perfectamente habitables, pues sus características se emplean en la arquitectura bioclimática más moderna y sostenible, reduciendo las emisiones de CO2, como la permacultura. No olvidemos que el hombre civilizado es el único ser vivo que contamina el lugar donde vive, el suelo que le nutre y el aire que respira. El estudio pretende demostrar la viabilidad y rentabilidad de las pallozas hoy, en proceso de reinvención. En países como Holanda o Gran Bretaña han aumentado las casas con techos de paja bajo los mismos principios energéticos.

La semana pasada dábamos a conocer la oportunidad de dormir en un hórreo. ¿A quién no le apetece dormir en una palloza? Como la Palloza Baltasar, en Lugo, o la Casa de Lamas, en León, casas rurales que invitan a vivir una experiencia inscrita en una historia y naturaleza milenarias: bajo el grueso manto de nieve y el refugio de la paja y el fuego, al calor de historias y leyendas medievales sobre bosques embrujados, lobos y criaturas mágicas. Al salir de la palloza, que es una buena manta, el aire puro y seco de la montaña, donde campan los caballos salvajes. Hay en ello algo exótico, casi indio, arraigado a nuestra naturaleza, que vale la pena preservar y descubrir.

Experiencia de ecoturismo: reinventando la vida rural en el hórreo

Uno de los mayores símbolos del patrimonio rural del norte es el hórreo, el antiguo y modesto depósito de la cosecha que acompañaba a las casas de labranza. Arca del oro del campo, el maíz, y tesoro de las familias campesinas confiadas al amparo del cielo, el hórreo era un nido de riquezas agrícolas entre la vegetación. Dispersas por el paisaje rural gallego y asturiano, desde la alta montaña a la orilla del mar, hoy son una reliquia de valor etnográfico, arquitectónico y popular, íntimamente ligada a la vida de generaciones campesinas. A la vida, porque como decíamos, el medio rural es un paisaje anímico y emocional sazonado por la naturaleza.

Hoy el hórreo es ejemplo de restauración rural. ¿Cómo? Una especie de cabaña en las alturas, tentación de niños por su elevado refugio, ¿cuántas escenas furtivas de hurtos y amores habrá cobijado? Su singular belleza reside por un lado en la altura de su puerta, separada del suelo por altas patas de piedra, contra la amenaza de la humedad y los roedores. Por otro, en su intimidad y refugio. El interior es una cámara tapiada de madera en Asturias, y en Galicia trascendida por la naturaleza que la envuelve: entre las rendijas de sus paredes se filtran halos de luz que inciden sobre el maíz o los porrones que cuelgan de las tablas y tejas del techo.

Con el paso del tiempo, su uso ha variado, desde pajar y gallinero a trastero, pero el más novedoso es el que aquí promocionamos: alcoba. De planta alargada en Galicia y cuadrada en Asturias, en su interior abundaba el olor a maíz, a manzanas maduras, castañas, patatas, frutos de la tierra, con su riqueza mineral y variedad de colores y sabores. Echar la siesta allí, entre la maduración del fruto y la luz tamizada por las rendijas, en la turbación lumínica de la sombra y el verdor que ciñe el hórreo, era uno de los placeres del verano. Sólo puede accederse a este altar hortelano por una escalera de madera que se retira o por una de piedra.

En su interior, la naturaleza trasciende por los cuatro costados, pues el hórreo transpira por sus poros: a los pies, tablas de madera bajo las que corre el aire, a los lados, tablas de madera o piedra envueltas de vegetación, y sobre la cabeza, las tejas o paja donde anidan los pájaros; luego el cielo. El hórreo es la entraña de la naturaleza y el buche del campo. ¿Dormir allí dentro? Pasar la noche mecido por el canto de los grillos y el fulgor de las estrellas, al resguardo de su preventiva altura, es lo más parecido a las literas o palanquines con dosel en que transportaban a los nobles de la Antigüedad. Y por la mañana, despertar al día desayunando el surtido de la tierra.

experiencia de ecoturismo

Es la propuesta de la Quintana de la Foncalada, en Argüeru, Asturias, en colaboración con la Fundación Ecoagroturismo: “Horreo-Aventura”, experiencia sostenible para sumergirse en el entorno natural y familiarizarse “desde dentro” con su biodiversidad. Exitosa idea similar a las desempeñadas en otros países como Suiza (dormir en la paja) y que ya inspira un concurso literario. El hórreo es un hogar condensado y una nostálgica máquina del tiempo. Sólo hay que sacudirse de prejuicios y como recuerdan desde el Ecomuseu, suscribir a Marcel Proust: “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos caminos sino en tener nuevos ojos”.

Con pleno respeto al paisaje histórico y natural en que se inserta, reviviendo experiencias antepasadas, hoy el hórreo puede ser lo que queramos, ante todo una construcción bioclimática digna de la pura experiencia de ecoturismo. “Hay una enorme necesidad de re-plantear el mundo, de rescatar nuestra imaginación”, recuerdan también desde el Ecomuseu: “Experimentar una noche rodeado de silencio, árboles y estrellas, como tradicionalmente se hacía en el hórreo, sin más recursos que un colchón para el vivaqueo, con un desayuno casero y ecológico para iniciar la jornada”.

Turismo rural y experiencias: despertar los 5 sentidos

El turismo sostenible, a diferencia de otros, no es un fin, sino un medio. Un medio de aproximación por el que los anfitriones contagian su pasión y forma de vida a los huéspedes, y por el que los huéspedes adquieren esa pasión y forma de vida, llegando al fin, que es redescubrir la naturaleza como el hábitat al que pertenecen: nadie es forastero en la naturaleza. Pero lo parece. Nuestra capacidad de percepción ambiental se ha urbanizado y empobrecido tanto que hoy reducimos la naturaleza a un paisaje o decorado de autopistas, residuo de un medio de vida obsoleto y como mucho, pintoresco. La naturaleza no es un paisaje pasivo, sino anímico. Un estado de ánimo. Una corriente de estímulos donde sumergir el cuerpo y los sentidos, no un trasfondo plano con vistas. Hoy ya solo sabemos contemplarla, pasear por ella como por un museo. La mirada sostenible del turismo rural reivindica la inmersión en la naturaleza como paisaje emocional, con las sensaciones para las que nos predispone el organismo al nacer, hoy exactamente igual que hace miles de años.

Un paisaje emocional que conforman sentidos anestesiados por la ciudad y la cultura de la imagen como el olfato, condenado junto al oído o el tacto a ruidos, humos, gases, asfalto… Esos sentidos nos reportan más información y carga emocional que las imágenes en las que hemos aplanado el planeta y nuestra sensibilidad. Hace poco un estudio revelaba que podemos percibir más de 1 billón de olores, pese a tapiar nuestro olfato en la ciudad. A veces, un olor inspira, sugiere y vale más que mil imágenes, aunque no podamos describirlo. ¿Cuántos matices y vitalidad rezuma el olor de un campo de noche? Marshall McLuhan, el gran analista de los medios de comunicación, advertía de la atrofia de los sentidos por abuso de la vista, abducida hoy más que nunca por las nuevas tecnologías, y de la pérdida del equilibrio sensorial en que vivía antiguamente el hombre. La naturaleza no es un cuadro, es un intercambio de estímulos y energía entre organismos. Sin embargo, ninguna sociedad como la nuestra ha vivido nunca más divorciada y alejada de ella. Por eso el turismo rural, entendido como horizonte de estímulos y liberador de sentidos, es hoy uno de los viajes más largos y apasionantes que podemos hacer…

turismo sostenible

Ya hemos dicho que el turismo rural es el revulsivo de la naturaleza. El turismo es hoy, por un lado, el único hábito social capaz de movilizar tanta gente hacia ella y difundir su valor como destino, dando a probar su habitabilidad de forma activa y moderna, no contemplativa o bucólica. Por otro lado, es la única actividad económica (más que el sector de las renovables) que pone en valor sus experiencias y recursos de forma no materialista: por el valor de la naturaleza en sí misma. El capital con que “trafica” el turismo rural y sostenible no es material, sino humano y natural: más que productos y servicios promociona las sensaciones y experiencias que nos completan como seres vivos, así como valores sobre el territorio y sus habitantes. De alguna forma, el turismo sostenible pone fin a la clásica y comercial concepción “turística” para inaugurar una nueva, definida más por el viaje como experiencia responsable con el planeta y el territorio. La sostenibilidad debiera ser una de las primeras metas de la globalización, porque no universaliza marcas, sino valores, que aplicándose a nivel local redundan a nivel global: el ecosistema que se preserva aquí incide a cientos de kilómetros allí, en el clima, en un río, en un bosque. La naturaleza no tiene fronteras…