Turismo rural: la arruga es bella

La película La Gran Belleza de Paolo Sorrentino empieza con la confesión de su protagonista: “cuando era niño, a esa pregunta tan infantil de qué es lo más te gusta de la vida, yo siempre respondía: el olor de las casas de los viejos”. Y añade como conclusión: “Estaba destinado a la sensibilidad”. El turismo rural nació también evocando el olor de las casas de los viejos. De nuestros abuelos, y destinado a la sensibilidad. Pero en cierto momento, como en la vida del protagonista de La Gran Belleza, la sensibilidad se truncó ahogada en una espiral mundana de spas, lujo y apariencia eco…

Desde entonces, prolifera un tipo de turismo rural que no tiene de rural más que el nombre, porque aunque se ubique en el campo lo utiliza de excusa para un modelo turístico insostenible basado en el hedonismo de siempre, más que en la conciencia ambiental. Un turismo artificial y aparente basado en el desdén por lo anterior. No todo el turismo rural entró en eso, pero el concepto se vició, reemplazando el espíritu de las casas de nuestros abuelos y su familiaridad con la naturaleza, por ese hedonismo del turismo convencional, que toma la naturaleza por un producto de consumo más.

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¿Qué valor tenía el concepto original? Lo rural era un depósito vital y humano de experiencias en un mundo distinto al actual, otra forma de vivir, muchas veces dura, pero también preciosa, ligada a la naturaleza. El turismo rural era un viaje emocional. Por eso, el turismo rural es turismo moral o no lo es. ¿Quién valora ya las arrugas? ¿Quién se preocupa del pasado o los ancianos? ¿De sus vidas? Sentir admiración por ellos está en descrédito para una sociedad siempre retocada. La memoria de los ancianos remitía a su juventud, a nosotros mismos en otras circunstancias, que su casa y paisaje natural siguen permitiéndonos experimentar.

El valor original del turismo rural era lo añejo, palabra que dice tanto en tan poco: la calidad que dan los años, el valor que da el paso del tiempo, el poso de la experiencia. Un valor depreciado en la era de la inmediatez pero que veneraban las civilizaciones antiguas y consagra la naturaleza cíclica. Lo añejo es eso, la voz quebrada de los ancianos como la corteza de los árboles, narrando historias de juventud, como un espejo de experiencia para las nuevas generaciones, donde verse retratados en un ciclo vital que se regenera, en vez de asfaltarse y olvidarse para siempre.

Anochece en una casa rural

En las ciudades, el anochecer queda eclipsado y reducido por la incesante actividad social y eléctrica a un accidente fortuito y coyuntural, decorativo, que pasa allá arriba en el cielo a la hora del informativo o al salir de trabajar, casi por coincidencia, sometido a nuestra rutina. Sin embargo, en el campo, la noche cae de forma rotunda con tanto peso como si cayese en todo el mundo. Y por exagerado que parezca, esa sensación es fiel a la realidad, porque ya no es que la noche arrastre a toda la naturaleza, es que lo engulle todo hasta el horizonte (de polo a polo) y si hay visibilidad y brillan las estrellas, dejamos de estar dentro del mundo para estar al borde del universo… En una casa rural el anochecer se vive intensamente. Por etapas:

Fuera

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Las sombras de la tarde se han desmadrado hasta cubrir montes o llanuras y el azul del cielo se ha desteñido. La noche lo sume todo recordando a nuestra sociedad artificial y estilizada que todo es cíclico y que la decadencia es parte del esplendor. El olor del campo y el fresco son más intensos. Cantan las cigarras o los grillos. Vuelan los murciélagos. La sensación es de alerta ante un entorno hostil e intuitivo: el olfato y el oído son decisivos. Todo es latente, sigiloso, rapaz o furtivo. Por encima de tanto misterio, en calma, el cielo azul se vuelve transparente, como el fondo de un lago pero más profundo, dejando ver tan lejos que la vista llega al pasado y se mide en años luz.

Dentro

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El refugio es una sensación tan primitiva como irrenunciable que dan la luz y el calor. La luz artificial amarilla es cálida por nostalgia del fuego. El ruido de la cocina y el olor de la chimenea son impresiones de la noche rural. Después de una larga jornada, nos espera una cena bien provista en un comedor que es acogedor por estar hecho de madera y piedra, como un abrazo de naturaleza. Por la ventana no se ve nada. La sensación de distancia y aislamiento intensifica la conciencia de intimidad. Si afuera la noche despierta el instinto, dentro despierta plenitud y placer gastronómico.

En la habitación

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Para reparar el cuerpo tras una jornada campera, una buena ducha caliente mientras cae la noche. Si quieres leer, no encontrarás mayor complicidad entre tú y tu libro que en un rincón que invita al viaje y la fantasía. Abres la ventana y el aire inspira. La abstracción no tiene límites ni distracciones en kilómetros a la redonda (ni a años luz sobre tu cabeza). Si quieres dormir, dormirás bajo el silencio del universo y en sitonía con la naturaleza que envuelve la casa, porque en el campo, la noche cae para todos.

Los 50 referentes del turismo rural nacional de calidad

La Red Ceres Ecotur ha sido seleccionada por el manual ministerial de Buenas Prácticas en Turismo Rural. Es un reconocimiento al trabajo bien hecho, pero sobre todo, al valor competitivo de la red, selección de unos 50 establecimientos rurales ecológicos y sostenibles de España, referentes del turismo rural nacional. ¿Cuál es su ventaja? Su exigencia ecológica, testada a nivel internacional por el Ecolabel de ECEAT Internacional (European Centre for Ecological and Agricultural Tourism).

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El criterio de este sistema de calidad es que lo que define al turismo como “rural” no es la ruralidad del lugar o de las vistas, sino de la gestión, esto es, que sea fiel al medio que abandera. Bajo esa condición, un hotel sostenible con huerto ecológico en plena ciudad puede ser más rural que una casa rural insostenible en medio del campo, por más bonita y lujosa que sea. La clave es el rigor sostenible de los gestores y emprendedores de la red, mejor aval que cualquier certificado.

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Si otros sellos turísticos miden la “calidad” en el lujo o la estética, Ceres Ecotur lo hace en la integración real (no aparente) de la casa en la naturaleza, con un triple compromiso: económico, sociocultural y ambiental. Tres frentes que la crisis ha desvelado clave en los nuevos modelos de gestión empresarial, cuya lección son el capital humano y el ahorro energético. Los miembros de la red Ceres Ecotur son por ello modelos de innovación, eficiencia y calidad turística, al nivel de lo que se está haciendo en Europa.

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Si toda actividad turística se debe al destino, su calidad no puede medirse de puertas adentro. Por eso el triple compromiso Ceres revierte en la calidad turística del lugar: el compromiso económico dinamiza el tejido rural de la zona en vez de colonizarlo; el sociocultural o etnográfico genera sinergias en torno a la cultura y las tradiciones; y el ambiental minimiza la huella ecológica, fomenta la integración en la naturaleza y valoriza la riqueza gastronómica autóctona.

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La calidad de estas iniciativas se basa en ofrecer una experiencia turística holística, que muestra al viajero (extranjero o no), la identidad auténtica de cada región (Andalucía, Baleares, Asturias), con su riqueza natural productiva: su Marca. Los 4 ejes de acción, son: agricultura sostenible (huerto o granja ecológica, razas autóctonas, cocina casera), patrimonio cultural (arquitectura, identidad rural), bioconstrucción y eficiencia energética (recursos naturales), y actividades en la naturaleza.