Etnografía rural: la historia de Alan Lomax y el pastor de Andorra (Teruel)

Ya presentamos en otro post a Alan Lomax, el “cazador de canciones” itinerante al que debemos el retrato sonoro de la España rural de los 50, con grabaciones del sonido ambiente y musical de pueblos, artesanos y paisajes etnográficos hoy ya perdidos. En un artículo de 1960, tras volver de su aventura europea, escribió:

“Incluso la rama más pequeña de la familia humana ha grabado alguna vez sus sueños en la roca donde ha vivido. Sueños reales, y a veces, llenos de sufrimiento, pero que se corresponden con su particular pedazo de tierra. Todas estas formas de expresar los sentimientos han formado la obra de generaciones de anónimos poetas, músicos y corazones humanos. Ahora, en la era de los aviones, comunicaciones y explosiones atómicas, estamos a punto de barrer de la Tierra el folklore virgen que queda, al menos el que no se ajusta rápidamente a los cánones de éxito de la urbanizada economía de consumo. Lo que antiguamente era un jardín exuberante con inmensa variedad de colores está en peligro de ser reemplazado por un sistema cómodo, pero estéril y aburrido de autopistas culturales, con un solo tipo de consumo y de música cultural. Hoy, solo a unos pocos folkloristas sentimentales como yo nos inquieta este panorama. Pero mañana, cuando sea demasiado tarde y el mundo se aburra con la música automatizada distribuida de forma masiva, nuestros hijos nos despreciarán por haber tirado a la basura lo mejor de nuestra cultura”.

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En una entrevista, años más tarde, admitía haber descubierto en su oficio algo más que una investigación de campo. No solo quería poner en valor la autenticidad de esta música, la que brota espontánea del trabajo o los anhelos de personas corrientes, cuya calidad no residía en el sonido tanto como en la emoción, el paisaje o la forma de vida que la impulsaba. Era un acto de justicia para dar voz a los sin voz:

“La industria del entretenimiento representa una manera de silenciar a la gente. Se supone que la comunicación debe ser recíproca, pero ha acabado siendo unidireccional. Sale de quienes pueden comprarse un transmisor, que cuesta millones de dólares, y va hacia la persona que puede comprar un receptor, mucho más barato. De forma que hay millones de receptores y solo unos pocos transmisores. Este es uno de los problemas más grandes que tiene la humanidad hoy. Lo más importante que podemos hacer es intentar restaurar el equilibrio. Yo lo llamo “equidad cultural“.

En el documental “Lomax, the songhunter”, un admirador del etnomusicólogo vuelve sobre sus pasos y llega a España, recorriendo pueblos de Galicia, León o Aragón, para buscar a los protagonistas de las grabaciones 50 años después. Cada uno de los encuentros es emocionante, porque al hilo de las notas de viaje escritas por Lomax, los mismos paisajes y gentes que pintó en aquella época vuelven a hacerse realidad ante nosotros. Es llamativo el caso de José Iranzo, el Pastor de Andorra (Teruel), a quien Lomax grabó en 1952. En su diario, Lomax apuntaría: “Crucé las montañas hasta las llanuras de Aragón. Esta es la tierra de la jota, realzada por la renovación folclórica promovida por los fascistas. Pero hay que admitir que a pesar de la influencia de la ópera italiana, la jota de Zaragoza es magnífica. (…) El cantante es un hombre bajo y fuerte, tiene unos 40 años y una voz incansable”.

En el documental, cerca de cumplir los 90 años, José Iranzo derrocha una vitalidad y entusiasmo por su oficio de pastor y su arte como jotero, inspiradores y contagiosos.

Más sorprendente aún es saber que hoy sobrepasa los 100 años, como su mujer, pues ambos nacieron en 1915. Dejo también este documental dedicado a él. No tiene precio.

Para los que quieran seguir los pasos de Alan Lomax, que sepan que junto a Andorra está el pueblo de Alloza, cuna del introductor de la patata en España, y de uno de nuestros asociados, La Ojinegra, con certificado ecogastronómico, refugio más que recomendable para dormir y sumergirse en el paisaje, la tradición y la cocina auténtica de este bonito rincón aragonés. Los fantásticos (y centenarios) cipreses del Calvario, dan fe.

La biocultura, los nombres del viento y la pérdida de contacto con lo rural

Cuando hablamos de crisis ecológica, olvidamos que no solo la biodiversidad se extingue, sino toda nuestra biocultura: los saberes y experiencias que como seres vivos nos integran en la naturaleza y la despiertan en nosotros. A medida que la naturaleza que llevamos dentro se apaga, degradamos la que nos rodea, porque nuestra cultura se urbaniza y esa pérdida apenas nos duele o nos afecta. Si el dolor es un mecanismo de supervivencia, no es de extrañar que nuestra especie se precipite al abismo, porque el materialismo nos anestesia.

Ese déficit biocultural es consecuencia de la pérdida de contacto con el medio rural. Nuestros ancestros suplían su ignorancia con un conocimiento intuitivo y fabulador, mezcla de asombro y devoción por la naturaleza en que vivían inmersos. Dependían tanto de ella que sentían al paisaje como una extensión de su cuerpo y su vida, creyéndolo animado. Su sistema nervioso debía ser tan sensible al vaivén del clima en el mar o en las cosechas que casi notarían la caricia del viento en la hierba o quizá hoy sufrirían ante nuestra mutilación del paisaje como si fuese una amputación.

Su cosmovisión mágica tenía una correlación real, pues idolatraban los fenómenos naturales que les influían, y es cierto que esos procesos físicos determinan los nuestros. Aunque lo olvidemos y seamos indiferentes a los garantes de la vida como el sol o la lluvia, fuentes de biocultura, ese vínculo es real. Ya no le llamamos magia, pero sigue siendo sobrehumano y poético, porque nos trasciende. El saber no ocupa lugar y la ciencia no rivaliza con la experiencia o con el asombro del universo, pero si antes la ignorancia degeneraba en superstición, hoy degenera en cientificismo.

Por ser objetivos al definir la naturaleza, quisimos distanciarnos tanto que nos salimos de ella y ya solo la entendemos desde fuera, como un objeto de estudio ajeno a nosotros, entes abstractos. La cultura se ha objetivado tanto que ahora en vez de personificar los fenómenos los cosificamos, sin valor vital ni emocional. El clima es un mapa de isobaras para las moléculas, pero no para nuestra piel o el ecosistema. Como si su mecanismo nos impidiese entenderlo por los efectos que despierta o si la maquinaria de un reloj nos impidiese leer el tiempo o las hormonas enamorarnos.

Para Rodríguez de la Fuente parecemos alienígenas en nuestro planeta. Si la extinción biocultural mina la biodiversidad, debe recuperarse el culto a la naturaleza no solo por lo que la explica sino por lo que manifiesta. En instintos o en belleza. Sin interpretar el paisaje como ecosistema, la concienciación ambiental da palos de ciego. La sensibilidad al viento es universal: en japonés antiguo distinguían más de dos mil. Navegantes como Ulises vivían a merced de ellos y fijaron la Rosa de los vientos, de 32 rumbos, según su procedencia. El Gregal sopla de Grecia, el Siroco de Siria

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En Europa es famoso el Foehn o viento de las brujas, corriente de los Alpes a cuyo influjo el Instituto Meteorológico Suizo asoció en 1974 una lista de trastornos: dolor de cabeza, mareos, depresión… La patología poética del viento es larga. Ondaatje dice que en Marruecos sopla el Aajej, contra el que los fellahin se defienden con sus cuchillos, que en el desierto hay un viento secreto cuyo nombre suprimió un rey después de arrebatarle a su hijo, y Herodoto narra la muerte de varios ejércitos a manos del Simún o viento venenoso, al que una nación declaró la guerra.

En España sopla el Solano, del que los molinos manchegos distinguían varios tipos; la Tramontana, viento del Ampurdán del que Dalí se enamoró y para el que soñó construir un órgano; el Levante y Poniente que en Cádiz nunca dejan de discutir; los Alisios, que en Canarias invocan al Mar de nubes, o el Cierzo del valle del Ebro, del que Catón el Viejo decía: “cuando hablas te llena la boca, derriba un hombre armado y carretas de guerra cargadas”. A efectos de la experiencia, la naturaleza es esta sensibilidad e interdependencia más que un conjunto de átomos y leyes físicas.

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Desde la Grecia clásica (Céfiro, Bóreas) a la América precolombina (Ehéctl), y desde el misticismo hindú a la espiritualidad chamán, el viento expresa misterio y aliento. No solo era un medio de información sino de energía y de transporte. El aire es el medio por el que sentimos la música o la voz, la humedad o el calor, y cuando se mueve y nos golpea, es lo más parecido a palpar el alma de la biosfera, a sentir la libertad y el impulso de volar. Porque son las masas de aire que gravitan por la atmósfera en relación a la superficie terrestre las que inspiran vida y forma al paisaje del planeta.

Arte y ruralidad: el valor artístico de lo rural

¿Qué papel puede jugar el arte en la conciencia medioambiental? ¿En el movimiento eco o en la cultura neorrural? Para una sociedad compulsiva, fotográfica, instantánea y saturada de imágenes, interpretar un paisaje o captar su singularidad requiere al arte como recurso slow. Hace poco vi los cuadros del pintor Manuel Sosa, miembro de la Asociación Española de Artistas de Naturaleza, y me asombraron por su mezcla de realismo y evocación. La naturaleza me pareció más auténtica en ellos que en cualquier foto. Por su artesanía. Una experiencia aunque sea imprecisa puede decir más de un paisaje que su objetividad. Y puede haber más fidelidad a la naturaleza en ese margen de error que en la precisión de mil megapíxeles. Como si la objetividad fuese la cosa menos natural para hablar de naturaleza.

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Cada uno de esos cuadros es único porque lleva algo de vida del propio artista: su tiempo y su emoción, que la cámara resume en un clic. Por muchos encuadres, contrastes o retoques que se quiera, una foto “captura” la realidad a través de la luz, pero el cuadro no. Es una ficción, algo nuevo: creado hoja a hoja, pluma a pluma. La escena nace y madura como en la naturaleza. Si en una foto la realidad prima sobre la estética, en el cuadro, como en nuestra imaginación, es el tamiz estético el que da forma al paisaje. En la colección de Sosa pueden verse escenas de nuestro paisaje rural: dehesas, pinares, ríos; o especies de la fauna ibérica: aves, lobos, osos… Sea al óleo o a la acuarela, la naturaleza se muestra desnuda, libre y sin costumbrismo.

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Si una cámara fotocopia la realidad, el artista asimila con mimo la luz, recorre las texturas, se zambulle en el agua, pule las piedras o quiebra las ramas. Metaboliza y hace suya la belleza natural. Si una foto invade y secuestra la intimidad de una escena, el cuadro la evoca. Como en toda obra de artesanía, la mano es parte orgánica de la misma naturaleza que pinta, así que hace un autorretrato. El arte se ha alejado durante mucho tiempo de la naturaleza quizá por considerarla costumbrista, pero en plena sobreexposición mediática, ante la expansión de los valores ecológicos, la recuperación de la experiencia y de lo local, el arte puede volver a sumergirnos en la naturaleza como lo que es: una evocación estética de nuestros sentidos.

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La historia oculta del paisaje

El paleontólogo Juan Luis Arsuaga ha dicho varias veces algo fascinante: “Cuando alguien me pregunta cómo era la Prehistoria, siempre digo lo mismo: vete a un monte o a un bosque. Eso es la prehistoria. No verás bisontes, pero quizá veas un corzo u otros animales salvajes. Hay rocas, hay ríos, etc. Vive en ese medio. Eso es la prehistoria. De hecho, has vuelto a la prehistoria”. El único laboratorio donde los viajes en el tiempo son posibles es la naturaleza. Porque, más allá de las épocas, siempre es la misma, y lo único que cambia es nuestra forma de verla o interpretarla. Basta con volver a vivirla bajo la perspectiva y condiciones de otras épocas para que estas vuelvan a realizarse y sintamos lo que sentían, porque la naturaleza despertará igual en nosotros, que también somos los mismos. Renunciando, por ejemplo, a los avances del último siglo, como la electricidad. Entonces, como por arte de magia, el planeta vuelve a ser tan grande y misterioso como hace miles de años. Las montañas están donde estaban y los lugares que ocupamos, para los que no ha pasado el tiempo, son los mismos que ocuparon los primeros pobladores. Por eso el progreso no está escrito.

Ese poder de la naturaleza, que vive en contemporaneidad a todas las épocas, no es fácil de apreciar, pues vemos su paisaje como la fachada o punta del iceberg que es. Y aún peor las nuevas generaciones, que ven en ella un paisaje tan desechable como el mundo material que las rodea. No la miran como una catedral porque no perciben su valor patrimonial, labrado a lo largo de miles de años. Nadie les ha enseñado que la naturaleza está bebiendo del universo hasta que se tapia o mutila irreversiblemente. O que es un error asociarla al pasado, ya que a diferencia de nuestro mundo sintético o del espacio exterior, es en ella donde el universo evoluciona y prospera en directo como en ningún lugar, estrenándose en cada nueva vida. La “pureza” natural no es un legado virgen de las raíces o del origen, sino la frescura de esa constante actualización.

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El ecoturismo y el turismo rural pueden presumir de ser un puente entre el pasado y el presente, entre lo mejor del progreso y de la naturaleza, experimentando de camino las distintas formas de estar en el mundo que el hombre ha conocido, meta de los intérpretes de naturaleza. El pasado en el presente es posible leyendo entre líneas las distintas experiencias que ha despertado un paisaje y puede despertar, desplegando todas sus posibilidades y riqueza singular. Por ejemplo, uno de nuestros asociados, La Mallada, describe su paisaje desde la mirada medieval de los reyes de León, que recoge Pascual Mádoz en 1849: “Está situado en un estribo de los montes Aquilianos, formando una especie de anfiteatro rodeado de colinas desde el cual se domina toda la amena llanura de El Bierzo (…). Los reyes de León lo habían elegido para morada de recreo en los meses de estío por su frescura, bello paisaje y sus hermosas vistas”.

Recuperar los símbolos icónicos de nuestro patrimonio rural

Así como Estados Unidos siempre ha sabido seducir y sacar partido o despertar atracción por sus paisajes, reiventando su iconografía joven y mitómana de los desiertos, largas carreteras (ruta 66) o el medio rural (country), a través de la moda, el cine o el inagotable Far West, así como Italia tiene su Toscana o Francia su Provenza, ¿qué tiene España? ¿Dónde está el atractivo estético e icónico de nuestro rural? Estigmatizado por su atraso secular, en tópicos rancios y folkloristas por el franquismo, parece avergonzarnos o ser todavía incapaces de librarlo de esa losa de complejos históricos, en una demostración de falsa modernidad. Como si el campo en España fuese siempre antiguo. ¿Está reñida la juventud con el campo? No es solo cuestión de oportunidades, sino de imagen. ¿Puede haber, como en esos países, estilo, atractivo y hasta lujo en las llanuras castellanas, extremeñas y andaluzas? ¿O su pasado lo impide? Solo hacen falta nuevos ojos, relatos o valores con las que asociarlas y rejuvenecerlas, más allá del inmovilismo tradicional. De nada vale toda la historia que tienen si se atesora bajo el polvo, a ritmo de arado o procesión, con la triste desolación del Quijote, sin el impulso de un imaginario joven, de nuevos personajes que llenen de vida y atractivo esos paisajes. Puede que la clave esté en visibilizar más el carácter salvaje, natural o “libre” de estos ecosistemas, donde todo puede pasar, por encima del tradicionalismo cultural que limita sus usos y posibilidades bajo esa apariencia de antigüedad, a la que por cierto son ajenos.

Uno de nuestros paisajes más dignos de promoción es la dehesa, icono ibérico. Tiene reminiscencias de sabana africana, pero es más arbolada. La semana pasada estuve en Fregenal de la Sierra, uno de los últimos pueblos de Extremadura en las estribaciones de Sierra Morena, lindando con Andalucía. Fregenal recuerda a una de esas míticas y blancas ciudades medievales de antiguo abolengo y esplendor. Por su tamaño, por su blancor, por sus blasones, sus casas solariegas y su castillo, que conserva una plaza de toros del siglo XVIII que por las noches debe parecer fantasma. ¿Qué pueblos del lejano oeste tienen eso? Más allá del lugar y de sus atractivos, entre los que sobresale la gastronomía (el revuelto de gurumelos o el jamón ibérico), lo que enamora son sus dehesas, sobre las que despuntan, coronando colinas, blancos pueblos a lo lejos. La comarca forma parte de la Ruta del Jamón ibérico, la más sabrosa y encantadora de este importante territorio ganadero. Algo más al sur, en el corazón de las dehesas, ya en Huelva, hay que hospedarse en la Finca Montefrío, paraíso de agroturismo sostenible y ecológico.

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La dehesa es nuestra pampa, por su extensión, por sus “ranchos” y por sus reses, es la armonía entre el hombre y la naturaleza hecha paisaje a lo largo de siglos, un modelo de ecosistema sostenible genuino de la cultura mediterránea y penínsular. El idílico bosque de los mitos clásicos, real y viviente. Al recorrerla desde la carretera o por sus caminos, llama la atención su color y su luz, una luz verde oliva, oscura y plateada, que tamizan las hojas de las encinas o alcornoques y que oscurece los prados, salpicados de blanco por las jaras, de malva por el brezo, el cantueso o lavanda, de rojo por las amapolas y de amarillo por la retama. ¿Cuánta fauna, cuántas aves, conviven en la dehesa? ¿Y cuánta Historia e historias ha visto para hacerlas hablar y sacarles partido? Estados Unidos ha rentabilizado su corta historia desde el punto de vista de la imagen mucho más que ningún otro país. Hay madera de paisaje icónico en nuestro rural. Renovar su imagen y sus valores, su atractivo neorrural y su promoción, es también hacer patria. Y marca España.

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Una historia rural: Lomax, Miles Davis y el afilador

El 27 de noviembre de 1952, día lluvioso, llegó a la aldea de Faramontaos, Ourense, un curioso viajero. Recorría el mundo coleccionando canciones. Recogiendo los sonidos populares y la voz de la tierra y sus paisanos, para que no se perdieran. Venía de Texas, USA, era etnomusicólogo y se llamaba Alan Lomax, hoy reconocido mundialmente por su contribución a la música. De joven había viajado con su padre por varios estados estudiando antiguas tonadas nativas, desde las cárceles a los viejos cantos de esclavos. Ya adulto, acechado por la Caza de brujas, dio el salto al viejo continente. A petición de la Columbia Records recala en España, concretamente en Mallorca, para asistir a un congreso sobre música popular, pero topa con las recelosas autoridades franquistas. El ponente, un refugiado nazi, “llegó a sugerirme que me fuese de España, y yo me dije que grabaría la música de este país desgraciado aunque tuviera que invertir en ello el resto de mi vida”. Como hiciera Robert Capa en sus fotografías o Hemingway en sus novelas, Lomax recorrerá España inmortalizándola en un álbum de postales sonoras.

Cuanto más se adentra en el rural, más se enamora: “Este es un gran país. Días cálidos. Mar cerca. (…) Pueblos antiguos y hermosos. La gente más simpática que he conocido, quiero quedarme a vivir en cada pueblo y casarme con cada adorable joven -señorita- que veo”. En su periplo recorre Andalucía, Aragón, Euskadi, Asturias… “Por todas partes hay cuarteles polvorientos con un cartel sobre la puerta: ‘Todo por la patria’. Es tan forzado que uno se pregunta “qué patria”, y basta una mirada alrededor para convencerse de que no es la patria de esta gente”. La Guardia Civil, con sus negros tricornios y capotes, le sigue como cuervos o buitres. “Descubrí que en España el folclore no es mera fantasía o entretenimiento. Cada pueblo era un sistema cultural independiente con tradiciones que penetraban cada aspecto de la vida; y eran estas costumbres, a menudo paganas, la armadura espiritual del pueblo español contra las muchas formas de tiranía que se le había impuesto durante siglos. Fue en su folclore heredado que los campesinos, pescadores, arrieros y pastores que conocí, encontraban los modelos de comportamiento noble y sentido de lo bello que los hacía tan amistosos”.

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“Yo era su invitado, más que eso, un alma gemela que apreciaba las cosas que ellos encontraban hermosas. Por eso, un folclorista en España encuentra más que canciones; hace amistades de por vida y renueva su fe en la humanidad (…). Recuerdo la noche que pasé en la cabaña de un pastor, en las llanuras de Extremadura iluminadas por la luna. Tocaba la vihuela, instrumento de los trovadores medievales, mientras cantaba baladas a las guerras de Carlomagno“. Lomax llega a Galicia a fines de 1952. Revela a la prensa regional su interés por los afiladores, célebres en la región. Tanto es así, que aquel día lluvioso en la aldea de Faramontaos, conoce a José María Rodríguez, afilador y castrador de cerdos. El americano queda cautivado por su melódico reclamo, la Alborada de Vigo, y toma varias muestras. Cuando años más tarde se editó el álbum sonoro de Galicia, en la cubierta figuró por su expreso deseo la foto del afilador. Lo curioso es el destino que tendría esa melodía, que al cruzar el charco de vuelta a América llegó a oídos del genio musical del momento, Miles Davis, inspirándole “The pan piper”, un tema de jazz enigmático y exótico que conserva el fondo de hipnótica e insistente llamada. Ejemplo de reinvención rural o reinterpretación joven de la tradición hacia algo nuevo y atractivo.

De Ourense, tierra de afiladores, salieron desde hace siglos a recorrer mundo grandes artesanos del oficio, llegando a acuñar un lenguaje propio, el barallete. Primero a pie, del interior a la costa, llevaban a cuestas la rueda de afilar o tarazana que usaban para pulir los filos del hogar y la siega; más tarde, empujándola, y por fin, en bicicleta. Aún hoy se oye a veces al afilador, y no sabemos bien si frotarnos los ojos o los oídos por si fuese una ilusión anunciada por el silbido del chiflo o flauta de pan, que entre el escándalo urbano es como un deshielo, reclamo o canto evocador de un pasado familiar y artesano. El archivo sonoro de Alan Lomax, al que tanto debemos, está disponible en Internet, y es un arca sin fondo donde recuperar nuestra tradición oral y diversa riqueza rural, sin fronteras: popular. A través de otros ojos. Su sección Ambiance (ambiente) recoge los preámbulos de las grabaciones. Perviven las voces de fruteros andaluces, lavanderas, arrieros, cantos de labor… La música folk es la música natural, que sin aislarse en lo folklorista, puede reinventarse por fusión cultural como parte de la revitalización rural que defendemos. Redescubrir lo propio a través de una mirada distinta, que desvele la dimensión y valor universal de lo local.

 

Recordando a Félix: la naturaleza ante el turismo

“Se habla mucho de política, se habla mucho de deportes, se habla mucho de tecnología, pero la más acuciante de las decisiones del hombre actual es la conservación de la naturaleza”. Lo dijo Félix Rodríguez de la Fuente hace más de 30 años. Y no hemos evolucionado. Puede que el medio ambiente haya ganado presencia en la sociedad, pero más retórica que práctica. Siguen interesando infinitamente más la política, los deportes o la tecnología, que la naturaleza, porque se la sigue mirando de lejos, al margen, seguimos viviendo fuera de ella, insonorizados en el búnker urbano.

Contribuimos a la carcoma de ecosistemas que nos rodean, como si nos fueran ajenos, o en palabras de Félix, como si fuésemos extraterrestres minando el planeta de forma paulatina y calculada. Félix Rodríguez de la Fuente no es sospechoso de radical. Al contrario, conserva su autoridad científica. La manía social de etiquetarlo todo relega a las personas que extralimitan sus categorías, y Félix es una de ellas. Una de las voces más lúcidas de la España de posguerra no se estudia en los colegios como otros grandes nombres, ni en literatura, ni en arte, ni en ciencias, porque el naturalismo está fuera de la cultura oficial.

La obra de Félix no puede exhibirse en museos ni apreciarse en bibliotecas. Está más allá de sus documentales. Justo al otro lado, en la conciencia viva de la naturaleza. Y eso, claro, nos coge lejos. Más que un naturalista fue un humanista, un neohumanista defensor de la dimensión ecológica del hombre. Su singularidad en nuestra historia reciente supera a Picasso o García Lorca, porque estos nadaron en las corrientes de su tiempo entre otros grandes pintores y poetas, pero Félix fue único e insustituible. Su voz, a contracorriente, nos legó más mensaje, verdades y acción que cualquier artista o vanguardia estética. Su oratoria, espontánea, sin guiones, dio prueba de convicción y clarividencia, haciendo lo que decía y diciendo lo que pensaba a una España que huía del campo como del lobo, ávida de desarrollo urbano.

Esta semana la prensa destacaba la tendencia creciente de invertir en islas como paraíso inmobiliario, privado o turístico: el lujo insultante de comprarse una isla. ¿Qué derecho tiene nadie a privatizar lo que es de todos? ¿Del planeta? Una joya de biodiversidad labrada y sacralizada por el universo a lo largo de millones de años, que podría durar otros tantos, más grande y longeva que nosotros, mutilada de forma irreversible y excluyente en una sola generación. Ante ese modelo de vida y consumo, el turismo integrado en la biodiversidad y sensible a la huella ecológica, se perfila como un nuevo nomadismo.

Quizá la única forma de entender el valor de Félix sea viendo las cosas desde el otro lado, con él, dándose cuenta de que la realidad es más pequeña e imperceptible que el materialismo que nos rodea, está detrás: en el aire, la tierra o el agua, en las partículas y átomos, en los insignificantes virus capaces de aterrar al gigante primer mundo como un ratón a un elefante. Esa realidad llamada naturaleza, basada en la unidad e interrelación de los seres vivos, de los elementos y los sentidos, es de la que vivimos aislados y anestesiados.

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Estamos más y mejor comunicados que nunca a nivel mental, pero el aislamiento físico de la realidad que nos hace vivir y de los seres que la forman nunca ha sido mayor. Compartiendo la importancia de acercar a la sociedad a esa realidad, desde 2011 la Fundación Ecoagroturismo y la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente colaboran ofreciendo descuentos e incentivos especiales a todos los miembros del Club de Amigos de Félix: la naturaleza como destino de experiencia y de conciencia en ese viaje iniciático que él nos enseñó.

Quercus Sonora: la música del bosque

Hace unas semanas os avanzamos este post, que quiere desvelar a quienes aún no lo conocen un proyecto fascinante y original: el de una pareja que ha sabido reconciliar cultura y natura, desde la gran ciudad al bosque. Él, músico, y ella, bióloga, ambos de Madrid, fundaron hace unos años en el corazón de Galicia Quercus Sonora (algo así como roble sonoro), donde el amor a la música y la naturaleza armonizan y revierten mutuamente en conciertos, actividades de educación ambiental, custodia del territorio y recuperación de bosque autóctono (roble, castaño, abedul), esquilmado en otras zonas por la invasión del eucalipto. Entre los proyectos que emprenden gracias al desinteresado apoyo de vecinos y socios, destacan sus rutas de educación ambiental (muy orientada a niños), y su cada vez más concurrido Festiulloa, un cosmopolita festival de música de cámara: instrumentos de madera en el corazón del bosque, al que dan vida y devuelven traducida en música la inspiración que les dio forma y voz.

Esa ornamentación floral que la naturaleza inspiró a la piedra de las catedrales, la poesía o la imaginación de tantos artistas, vuelve al bosque de la mano de grandes músicos de Europa (de Holanda a Bulgaria) o América (y de Cuba a Estados Unidos), que acuden de forma desinteresada a Galicia. Solo se les costea el transporte y la estancia. ¿Y qué se les pierde en este lugar apartado? El amor al arte entre pazos y escenarios elegantes o rústicos envueltos de naturaleza. Como señala Rudi Esteban, cofundador de Quercus Sonora, “la Ulloa es una zona virgen con mucho que ofrecer por sí misma”. Solo hay que ver a los músicos, que repiten año tras año, como el prestigioso violinista holandés Christiaan Bor. Música que siembra o abona bosques, bosques que crecen inspirados por música, llenos de arte… Clásicos literarios como “El secreto del Bosque Viejo” de Dino Buzzati o “El bosque animado” de Wenceslao Fernández Flórez, planteaban distintas formas de expresar lo mismo: la discreta vitalidad que encierran los bosques, perceptible para unos pocos, la fértil partitura de su ecosistema. Bosques animados como las fragas que admiraba Félix Rodríguez de la Fuente: “árboles desordenadamente ordenados (…) en esa unidad fantástica, maravillosa, que se llama el bosque de hoja caduca, el bosque caducifolio“.

La sensibilidad ante los matices de la música clásica y la naturaleza coinciden en Festiulloa, esa forma de reforestar vida que suma y sigue superficie custodiada. Sin subvenciones, 100% social. La idea es adquirir parcelas abandonadas o fincas cedidas para preservar su ecosistema natural, liberándolo. No debe olvidarse que hace solo una semana la Xunta de Galicia hizo público su plan de impulso al sector de la biomasa, la “gran oportunidad del rural gallego”, un pulmón verde que genera el 50% de la madera española. El público de Festiulloa va desde Madrid, Barcelona o el País Vasco para oír en un entorno inusual y forestal, un repertorio universal, desde Mozart o Beethoven a Tchaikovski o Shostacovich. Si la comida sabe mejor con buenas vistas, la música, que es el alimento del alma, también. Los músicos duermen en casa de los vecinos, integrándose en su forma de vida y su gastronomía, abriendo a su vez fronteras al rural, que durante unos días es cosmopolita. Rudi y Sandra, fundadores de Quercus Sonora, promocionan durante esos días a los productores de agricultura ecológica locales, como Arqueixal y Granxa Maruxa, fomentando así el agroturismo y el turismo rural. Os animamos a descubrir y difundir este magnífico proyecto.

Una ruta teatral por la naturaleza en el corazón de Galicia

Acabamos de pasar un inolvidable fin de semana en el corazón de Galicia, geográfico y espiritual. Geográfico porque está en pleno centro, y espiritual porque durante dos días despertó sus raíces. Es el cuarto año que Santiago de Albá, en Lugo, celebra el Son d’Aldea (Soy de aldea), una reivindicación de la vida rural más allá de lo imaginable… El eje de la fiesta, además de colosales banquetes bajo el bosque, bailes y música, es la original ruta teatral por sus románticos paisajes, dignos de la novela Los pazos de Ulloa. Los senderistas se abren paso entre viejas casas y bosques, donde a cada paso surgen personajes y escenas de la Galicia antigua. Muchos de los actores son los propios paisanos, jóvenes o ancianos que rememoran a sus padres o abuelos. Un simple cambio de vestuario basta para transportarnos, porque el entorno hace el resto; la lengua, los gestos, el humor y la retranca son heredados. Lo hacen tan bien, que por momentos no sabes si el que está fuera de contexto eres tú, y desde la lluvia inoportuna al rebaño y el pastor que se cruzan por el camino parecen parte del show.

No hay mejor escenario teatral que la naturaleza, porque no ha cambiado en todas las épocas que acogió. Por eso el “roteiro teatral” puede ser una de las apuestas teatrales y senderistas más bonitas del momento, por las posibilidades escénicas del patrimonio natural y etnográfico. Lo pintoresco de cuadros y cuentos se hace real en el trasfondo verde gallego. No se trata de una visita turística teatralizada, una recreación histórica didáctica o un museo viviente. Es más, porque hasta los actores son en parte sus personajes. Durante unas horas vives la naturaleza de otro tiempo, pisando una tierra imaginaria y real, porque el escenario es el vivo lugar en que pasaron esas historias, enmarcadas por robles centenarios que fueron testigo: la cantina; el estraperlo; la emigración; los maquis, la llegada de la luz eléctrica, fueron algunas de las etapas de la ruta. En otras ediciones el público podía espiar la lección de la escuela, la faena de las lavanderas en el río o subirse a los antiguos coches de línea de la clásica casa Cuiña para ir a la “feira”.

Son d’aldea tiene además vocación cultural, ofreciendo la posibilidad de reunir a gente de la cultura y la ciudad a menudo distante y que allí se confunde con el vecindario en franca familiaridad, unidos por sus raíces rurales o por el compromiso ambiental. Ejemplo de ello fueron la charla debate que reunió en el Parladoiro a vecinos y profesores de la Universidad de Vigo y Santiago en torno a la soberanía alimentaria y la autonomía rural, o los debates acerca de la extinción del bosque autóctono por culpa del eucalipto, ante la que se posiciona una interesantísima asociación a la que dedicaremos otro post, Quercus Sonora. La cita, que dura dos días, ofreció íntimos conciertos al aire libre, teatro a cargo del grupo Metátese, organizador del evento junto a la asociación de vecinos O Parzamique, y el agroturismo Arqueixal. Además hubo juegos tradicionales, feria artesanal, y una entrega de premios que agasajó al escritor Suso de Toro o la actriz Tamara Canosa, entre otros. Papel clave tuvo también la ESAD (Escola Superior de Arte Dramática), que colaboró en el rotetiro.

Son d’aldea reabre la naturaleza a la historia. La implicación de los vecinos es un ejemplo para otras zonas, y los niños disfrutan de lo lindo viviendo un cuento real. Las fotos de cada escena son planos de cine, y pasadas a blanco y negro, parecen antiguas. El teatro devuelve a los hórreos, bosques o lavaderos la vigencia que tuvieron y de hecho, tienen, por más vendas que nos pongamos, porque al final las épocas son modas en nuestra cabeza que el resto de la naturaleza ignora. El atrezo es de tierra: si los actores lo escarvan salen patatas. En la fiesta, desde el jamón y los quesos a la leche o el agua, embotellada para la ocasión y traída de una “mágica” fuente cercana, son frescos o artesanos. Además de la guerra al eucalipto, me quedo con uno de los comentarios del debate: hay que hacer un llamamiento a los artistas y cineastas para que promuevan el prestigio del patrimonio rural, a la americana, dignificando al agricultor o al veterinario, injustamente topificados pero con tanto interés como los personajes urbanos.

 

Volver a la palloza, el milenario hogar bioclimático

Seguimos en el norte, pero esta semana subiendo a la alta montaña. A la sierra de los Ancares, frontera natural de Galicia y Castilla y León. En ella resisten, como el poblado galo de Astérix y Obélix, las pallozas, míticas viviendas prerromanas atribuidas a los celtas: hogares de piedra techados por capuchas de paja. Sea en primavera o bajo la nieve del invierno, dan al paisaje una de las estampas más bellas y ancestrales del mundo. Tejados de paja semienterrados en la hierba o la nieve, brotando como setas del suelo… Si están de moda es porque un reciente estudio ha concluido que estas míticas viviendas son un modelo de rendimiento energético, de eficiencia energética rural, con menor demanda térmica que las viviendas rurales construidas hoy, dos mil años después. Prueba de esa eficacia es que siguieran habitadas al menos hasta los 70.

Poblaciones aisladas como Piornedo (Lugo) o Balouta (León) son de las pocas en que aún pueden apreciarse. Y habitarse… Ovales, circulares o rectangulares, las pallozas eran en tiempos la única vivienda de estas zonas; apiñadas unas a otras cubrían toda la aldea con una frondosa techumbre de paja, formando auténticos poblados celtas de aspecto indígena, hoy mermados y que empiezan a revivir gracias a la restauración y el turismo rural. ¿Quién no imagina a los druidas conjurando a la magia de la noche, entre las luces que alumbran la aldea en medio de la oscuridad de los bosques? Su amplio interior era fresco en verano y cálido en invierno, pues su estructura alrededor del fuego hacía de él un horno de temperatura constante a pesar del frío exterior.

Largos meses de invierno, bajo tormentas de nieve, pasaban las familias sepultadas en estos nidos de paja, viviendo al amor de la lumbre. Así lo describe una crónica de 1935: “Entramos en una de ellas (…). Quedamos un momento parados en el centro, hasta acostumbrar nuestros ojos a la penumbra llena de humo que nos hacía toser. Una docena de campesinos, mujeres, hombres y niños. Caras angulosas de color apretado y fuerte, blaquísima dentadura. Hablan con gran despaciosidad y parsimonia”. Y otra de 1914: “la vida familiar se intensifica dedicando las horas de encierro a la construcción de aperos, cestos, etc. los hombres, y a la elaboración de botelo, mantecas, y de los sabrosos quesos del Cebrero las mujeres. (…) Y cuando el tiempo abonanza y el terreno lo permite, celébranse allí, por la noche, los clásicos filandones o polavicas, reuniéndose las gentes a fiandar (hilar), leer, charlar, jugar y retozar (…)”.

eficiencia energética rural

El estudio del que se hizo eco la prensa gallega y leonesa, dice que las pallozas, reinterpretadas con ventajas técnicas, vuelven a ser perfectamente habitables, pues sus características se emplean en la arquitectura bioclimática más moderna y sostenible, reduciendo las emisiones de CO2, como la permacultura. No olvidemos que el hombre civilizado es el único ser vivo que contamina el lugar donde vive, el suelo que le nutre y el aire que respira. El estudio pretende demostrar la viabilidad y rentabilidad de las pallozas hoy, en proceso de reinvención. En países como Holanda o Gran Bretaña han aumentado las casas con techos de paja bajo los mismos principios energéticos.

La semana pasada dábamos a conocer la oportunidad de dormir en un hórreo. ¿A quién no le apetece dormir en una palloza? Como la Palloza Baltasar, en Lugo, o la Casa de Lamas, en León, casas rurales que invitan a vivir una experiencia inscrita en una historia y naturaleza milenarias: bajo el grueso manto de nieve y el refugio de la paja y el fuego, al calor de historias y leyendas medievales sobre bosques embrujados, lobos y criaturas mágicas. Al salir de la palloza, que es una buena manta, el aire puro y seco de la montaña, donde campan los caballos salvajes. Hay en ello algo exótico, casi indio, arraigado a nuestra naturaleza, que vale la pena preservar y descubrir.