Turismo sostenible y ética: ecología, animalismo y toros

Vaya por delante que es una opinión personal, pero hacen un flaco favor a la causa animalista los antitaurinos que se alegran por la muerte de un torero, un ser humano -que también es un animal- por el que dejan de tener empatía, demostrando una hipersensibilidad relativa. No se puede ser sensible al sufrimiento animal sin serlo al sufrimiento humano, se puede anteponer uno a otro, pero eso ya no es sensibilidad ni amor a los animales, sino misantropía. Para un animalista sería como alegrarse por la muerte del lobo por compadecer al cordero. La violencia todavía forma parte del comportamiento cultural del hombre, y que te parezca moralmente desfasado como el de un caníbal no le exime del sufrimiento físico a él ni del moral a su familia. Esta empatía por la familia, víctima indirecta, me parece aún más básica, y quienes ni siquiera sienten respeto por ella son caso aparte. Lo peor no son los casos que se extralimitan en Twitter, si no la mayoría que no lo hace pero también se alegra. Esa satisfacción me hace sentir infinitamente más lejos de esos antitaurinos que de los taurinos. Porque la ecología sin humanitarismo no tiene sentido, y porque en cada corrida, la vida humana vale más que la del toro aunque solo sea porque a la vida biológica se añade una vida personal, y olvidar esto es olvidarlo todo. ¿Eso justifica el maltrato animal? No.

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El problema de este debate es que enfrenta a dos tipos de emotividad (cultural y natural), y cada una está justificada desde una experiencia personal y cultural distinta. Si por un contacto frecuente con animales (o sin él), te conmueve el sufrimiento del toro, sentirás una repulsa instintiva hacia quien lo inflige, anteponiendo una barrera que hace incomprensibles sus emociones o razones. Pero la repulsa que sientes ante el lobo mientras mata nunca te llevaría a criminalizarlo porque sabes que está en su naturaleza, y respetas la naturaleza por encima de todo. Para quienes ignoran el sufrimiento del toro y se dejan llevar más por emociones culturales, hay una justificación moral al toreo. Y desde esta actúan. Desde ese sentido moral que ellos le dan, torean o van a los toros. Por eso aunque no me gustan -y menos que se la considere la fiesta nacional-, me parece absurdo y contraproducente llamar asesinos o torturadores a los toreros. Porque no lo son, su intención no es hacerle sufrir para regodearse. Su perspectiva cultural les exime de la crueldad moral que ve el animalista. Los animalistas que se alegran del dolor humano, sin embargo, no tienen explicación natural ni cultural.

Es un conflicto ético muy vinculado al turismo sostenible. Por ejemplo, a los valores que enfrentan al turismo sostenible rural, generalmente sensible al conservacionismo, con la comunidad local, habituada a tradiciones y costumbres que a veces frenan la conservación, como la caza, la oposición a reintroducir ciertas especies como el oso o el lobo, o los festejos con animales. Ante esos conflictos, creo que debe prevalecer el respeto a la comunidad local entendiendo toda la historia cultural que enraiza sus hábitos. Es más eficaz proponer variantes o alternativas ecológicas, buscando un valor etnográfico o vínculo a preservar de su tradición, que apelar al desprecio y la imposición.

Cien nobeles contra una ONG a cuenta de los transgénicos

El problema de la carta dirigida por 109 nobeles a Greenpeace fue buscar un enemigo donde no lo había. La ciencia, a la que se supone un espíritu independiente y filantrópico, está más cerca de las causas sociales y ambientales que de los intereses del mercado. Pero mientras la ciencia determina si podemos modificar los genes de un organismo, la ética se pregunta si debemos.

Si los transgénicos existiesen por razones humanitarias y ecológicas, supongo que Greenpeace y tantas ONG solidarias que hasta ahora no lo han visto así, los apoyarían volando. Básicamente porque esa es su meta, no otra. Ni económica ni religiosa. Aunque se las quiera pintar como sectas retrógradas, no han cosechado su reconocimiento internacional desde una cueva o en campamentos hippies, sino desde el debate social, científico y ético, por su contribución y defensa de los más desfavorecidos -con sus aciertos y errores-. Por eso acusar a una ONG de obstáculo al progreso es grotesco. El enemigo de la ciencia no son las ONG (como el enemigo de Hiroshima no era la ciencia), sino la forma en que el interés político o económico la utilizan.

Las ONG no están formadas por neoluditas anti tecnología. Todo el que hace unos años osaba cuestionar el rumbo del progreso era reaccionario o enemigo de la humanidad. Hasta que le vieron las orejas al lobo con el fin de los recursos, que pasaron a ser eficientes y sostenibles. Si la tecnología no obedece a un progreso moral, si obedece más a la sociedad de consumo que a la del conocimiento, al desarrollo material más que al social, o a la productividad intensiva más que a la eficiente, es regresiva. Greenpeace defiende el progreso sostenible y recordó en su comunicado que apoya la biotecnología y el uso de transgénicos en ambientes confinados o para uso médico, no su liberación al medio ambiente. Quizá porque los transgénicos nunca han estado en manos de agentes medioambientalmente responsables o humanitarios, sino de empresas tras las que como es lógico no reluce una preocupación altruista, sino un interés por aumentar la productividad.

Ese interés, que en sí no tiene nada de malo, es la bandera de la agricultura industrial, que aunque ha facilitado y racionalizado el trabajo en el campo, también ha demostrado ser una amenaza para el medio ambiente. La ganadería industrial en nombre de la productividad se ha granjeado ella sola esta desconfianza, por lo que es la industria la que debe rendir cuentas y hacer demostraciones éticas. Tras tantos despropósitos en nombre de la productividad, sumidos en una crisis ecológica global, el principio de precaución defendido por Greenpeace no puede caricaturizarse como “dogmas y emociones”.

Los transgénicos no son el problema. Quizá en el fondo del rechazo social haya una idealización del alimento original frente al artificial, esencialismo que puede incurrir en la falacia naturalista: creer que lo natural es bueno en sí mismo, mejor que lo artificial. Falacia que remite a su opuesta: lo artificial, aunque racional, no tiene por qué ser mejor que lo natural. Admirar la naturaleza y estarle agradecidos no puede llevar a considerarla infalible, sino un proyecto azaroso al que nuestro conocimiento puede contribuir. Ver los transgénicos como organismos vacunados más que como prefabricados, puede ayudar.

Existe también la idea de que los transgénicos son una solución ofrecida por la industria para hacer frente a los problemas que ella crea. Como si fuese fabricando (y cobrando) parches para evitar el hundimiento del barco que ella misma produce. ¿Por qué la solución es esa y no un modelo productivo distinto? La respuesta puede ser que el mundo es como es y no como nos gustaría, o al menos no todavía. ¿Y mientras tanto?

No vivimos en un mundo ideal. Si un cultivo transgénico cumple garantías éticas con el consenso de otras ciencias, como la agronomía o la ecología, no debe despertar oposición. Pero por la misma razón, la superpoblación, la contaminación y la distribución de la riqueza merecen también soluciones científicas en vez de asumirse para hacer de la biogenética la única solución. La ciencia tiene muchas caras pero destaca aquélla en la que más se invierte.

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Hablamos genéricamente de transgénicos, pero cada organismo modificado merece un estudio de impacto, y la agricultura intensiva no es precisamente un laboratorio de precisión. La agricultura es en sí misma una actividad artificial que interfiere y reduce la biodiversidad. Si su gestión estuviese en manos responsables, cuanto más eficiente y seguro fuese el uso de transgénicos, más alimentos produciría en menos terreno y más superficie natural protegeríamos.

El problema de la carta es que sabiendo que Greenpeace es una ONG comprometida en causas pacifistas, sociales y ambientales, los nobeles se hayan erigido en autoridad científica para condenarla y usar un tono más propio de intereses particulares que independiente, propio de la ciencia, llegando a decir en sus líneas finales: “¿Cuántas personas pobres en el mundo deben morir antes de considerar esto un crimen contra la humanidad?”. El cinismo de espetar esta cuestión a una ONG mina el debate en vez de allanarlo.

Greenpeace recuerda que en Estados Unidos, principal productor de alimentos transgénicos, se impide el etiquetado de los mismos, derecho del consumidor que revela la transparencia de esta industria en el seno del “libre” mercado. Si hay desconfianza social hacia los transgénicos no es solo por la imagen sintética que se hace de ellos, sino por ese modelo intensivo y opaco que está detrás. Si los transgénicos han venido para beneficiar al ser humano y la biodiversidad, quizá convencerían mejor a la sociedad  exigiendo coherencia y compromiso social a la industria en vez de responsabilizando a una ONG de las muertes en el Tercer Mundo.

Astroturismo rural: un faro a las estrellas

Hace poco visité el Observatorio astronómico de Forcarei, en los montes de Galicia. Cuando me acerqué ya se estaba haciendo de noche y vi su sombra recortada contra el cielo, en lo alto de una montaña. Su situación solitaria, en permanente observación del cielo nocturno, me hizo pensar en un faro. Como si su telescopio fuese un foco que en vez del mar barriese el universo. Aquella antítesis entre el terruño y el espacio, entre el paisaje ancestral y la tecnología puntera, hacía convivir al pasado y el futuro. Y me recordó al primer faro que conocí, en la isla de Ons, también una noche, y en lo alto de un monte, con una cúpula y un interior hogareño, que conducía por una escalera de caracol al corazón de su ingenio, en lo alto de la torre: la linterna. Este faro era más chato, blanco como un iglú, y de última generación, pero tenía también un interior hogareño. Cuando entré en él se oía música de piano, sus paredes eran de madera y estaban adornadas por láminas de planetas y galaxias, una estantería videoteca repleta de películas de divulgación (Cosmos, Universo), varios telescopios y algunos ordenadores. Por una corta escalera de caracol se llegaba también al corazón de su ingenio, una cúpula capaz de rotar, y por cuya abertura un gran telescopio apuntaba al cielo cuajado de estrellas. Aquella atmósfera aislada pero acogedora, entre futurista por la tecnología, rústica por la madera, clásica por la música, y desolada por el paisaje exterior, más allá de las épocas, me gustó. Abría lo rural a una nueva dimensión, a un puente con el universo y la Ciencia. Y esto, que puede no interesar a mucha gente, me pareció un lujo. Un lujo de esos sitios donde las estrellas aún no se han extinguido.

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El Observatorio de Forcarei abrió sus puertas en 2009, y desde entonces ha atraído a miles de turistas, que se hospedan o cenan en el pueblo, frente a una iglesia, antes de subir al monte. De pronto, una afición tan moderna como el astroturismo pone en el mapa un pueblo antes desconocido. Estando allí arriba, mirando por el telescopio, nace (o se recupera) la afición a la astronomía. Siempre me pregunté qué era lo que hacía especial el momento en que acercas tu ojo al ocular y te quedas a solas con los anillos de Saturno, los cráteres de la luna o las lunas de Júpiter. Cuando posas tu ojo sobre el visor y la lente acota tu campo visual, estás posando tu vista sobre el universo, sobre una región del universo a la que te acercas 75 o 100 veces: súbitamente estás a miles o millones de kilómetros de tus pies, que siguen fijos en la Tierra. Tu vista está viajando más lejos de la Tierra de lo que nunca viajará tu cuerpo, viendo un planeta, en directo, como lo harías desde un remoto punto del espacio. Esa cercanía e intimidad con las estrellas es la magia de la astronomía. Y una casa rural no necesita tanto para experimentar ese “salto” o ese vértigo. Bastan unos buenos prismáticos, un soporte o trípode donde apoyarlos, una guía del cielo, y una iluminación exterior amortiguada por protectores caseros, para no contaminar el cielo… Cada casa rural puede explorar y explotar este recurso natural inagotable al que muchos viajeros se sienten cada vez más atraídos. En las estrellas se inscribe la historia y el porvenir de la humanidad, guiaron a navegantes como Ulises o Colón, y guardan los grandes misterios de la existencia. El astroturismo es un recurso que da a las casas una imagen más completa e interesante, más conectada con el conocimiento científico y la naturaleza total, entendida como un cosmos.

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Turismo sostenible y educación: la necesidad de reordenar nuestras prioridades

El gran reto de la educación es optimizar el conocimiento desde un sentido racional y ético. Hace poco oí hablar de un libro: “El sentido del asombro”. Su título me atrajo porque ilustraba bien una idea que me interesa y que ya asomó varias veces por el blog, así que lo busqué hasta dar con él. El mensaje que lanza sobre la necesidad de desarrollar desde la infancia nuestros sentidos ante la naturaleza, viniendo de una científica (Rachel Carson, “La primavera silenciosa”), puede resumirse en su famosa cita: “Creo que para el niño, como para los padres que buscan guiarle, conocer no es ni la mitad de importante que sentir”.

Nacemos igual que hace miles de años, animales, pero inmediatamente nuestra cultura nos viste y educa para diferenciarnos de ellos y aislarnos de la naturaleza. Es como si nos uniformase y adiestrase de espaldas al planeta, por no decir en contra, fomentando más una cultura artificial que biológica. Si en vez de eso estimulase desde el nacimiento la identificación y conciencia de pertenencia al gran universo del que somos parte, natural y vivo antes que tecnológico, cultivando la innata sensibilidad infantil y biocultural, nuestra escala de prioridades cambiaría. No por eso dejaríamos de ser racionales o de progresar tecnológicamente, solo que desde otra empatía y cosmovisión.

El título original del libro, The sense of wonder, añade un matiz, porque wonder tiene doble sentido: maravillarse y preguntarse. Es el asombro, el misterio o el amor lo que incentiva la curiosidad y motiva el conocimiento. Nuestra cultura ha invertido las tornas, motivando el conocimiento por la utilidad, anteponiendo el pragmatismo y el materialismo a la emoción, y atrofiando así nuestra familiaridad intuitiva hacia la naturaleza como fuente de estímulos y horizonte de vida. No solo Rachel Carson denunció esta miopía. Aquí, Félix Rodríguez de la Fuente decía: “Se habla mucho de política, se habla mucho de deportes, se habla mucho de tecnología, pero la más acuciante de las decisiones del hombre actual es la conservación de la naturaleza”.

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No son opiniones bohemias, son criterios científicos cada vez más respaldados, que piden un cambio en la Educación. Darwin acabó con Dios, pero no con nuestro Ego: aunque hace 160 años demostró que el hombre no es el centro del universo sino un animal entre miles, el antropocentrismo nos blinda de ellos más que nunca, como si Darwin no hubiese existido. Nuestros sentidos fueron seleccionados para interactuar con un medio al que hacemos oídos sordos. Pero si los niños son esponjas, un bautismo natural en el medio rural agudizará sus sentidos de por vida. Rachel Carson advertía ya en los 60 la tiranía de la cultura de la imagen sobre otros sentidos, y proponía proteger en los niños el olfato, el tacto, la imaginación o la curiosidad ante la naturaleza, en un camino iniciático no limitado a identificar animales de cuento, sino a despertar y hacer suya la vitalidad del mar, el bosque o la noche: su consciencia de pertenencia al ecosistema.

El error parece considerar esa conciencia una cuestión romántica y no una premisa racional o ética, derivada de la biología y de la escala real que ocupamos en el mundo. ¿Por qué en vez de ver la naturaleza como una realidad experiencial la vemos como algo aislado y paisajístico? Porque nuestro progreso se alejó de ella. Juzgamos más la naturaleza como un proceso físico que por cómo nos afecta, y al hacerlo dejamos de verla como seres vivos para hacerlo como entes abstractos. Es como juzgar un reloj por su maquinaria en vez de por dar la hora o juzgar a un pájaro por su anatomía en vez de porque vuela. Estamos empezando la Educación por el tejado. Me pregunto si no sería bueno reordenar nuestras prioridades. Empezar por la realidad natural y enseñar a los niños el lugar que ocupan en ella, despertándola en su conciencia, pues ante todo son seres vivos y sensuales. La química o la tecnología vendrán después. Hoy, que tantos niños nacen en esterilizadas ciudades, acudir a una escuela Waldorf o practicar turismo sostenible en el medio rural, interpretando el entorno natural, puede guiar su contacto con la naturaleza haciendo de la estancia un bautismo de vida. Su bienvenida al mundo, baño de realidad o primera experiencia.

2.200 km a pie para volver sobre los pasos de su abuelo

El fotógrafo polaco Michal Iwanowski se embarcó hace unos años en un viaje de 2.200 kilómetros a través de la naturaleza. A pie y en solitario. Su objetivo era cruzar los paisajes que su abuelo y su tío abuelo habían atravesado 70 años antes, en 1945, tras escapar de un gulag ruso camino de su hogar en Polonia. Iwanowski se sumergió en el mundo épico de las historias familiares, para convertir el mito en realidad y volver a un lugar para el que el tiempo no había pasado, en busca de parajes, olores y recuerdos que no eran suyos, pero que sentía como propios. De ello dejó este fascinante trabajo fotográfico.

Como cuenta el reportaje de The  Calvert Journal, su abuelo y tío abuelo habían sido detenidos como partisanos en la Segunda Guerra Mundial, 1944, y enviados a un gulag en Rusia, del que lograron escapar. La fuga duró tres meses y fue una prueba de supervivencia en condiciones extremas. Los recuerdos de la huída provenían principalmente de su tío abuelo Wiktor, que conservó documentos y notas escritas durante la fuga, señalizando puntos de referencia y eventos en un mapa. Mapa que permitió a Michal planear su viaje y le guió a través de lugares cruciales que su tío abuelo había descrito y Michal siempre había imaginado.

“Por suerte para mí, caminar es mi medio de transporte preferido. (…) Caminar es la mejor forma de fotografiar. Es el ritmo adecuado para que los ojos escaneen el entorno sin cansarse”. Michal planeó cada día del viaje contrastando el mapa de su tío con Google Maps, buscando los puntos de referencia dejados (generalmente un lago, un río, vías de ferrocarril – cualquier cosa que pudiese reconocer). “Hablé mucho, sobre todo a mí mismo, y algunas veces a mi abuelo. La naturaleza salvaje es perfecta para ese tipo de experiencia”.

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“A los pocos días me encontré en un raro estado hipnótico. Los árboles eran como un metrónomo pasando por mi visión periférica, marcando un ritmo. Pronto me di cuenta de que mis ojos se convirtieron en híper-sensibles a cualquier cosa fuera de lo común, algo tan pequeño como la forma de una rama o una piedra (…). La función primordial de los ojos se hizo presente y examinaba la tierra sin esfuerzo, casi de manera subliminal. Y entonces vi la maravilla de todo. La arquitectura sutil de plantas – elementos a los que de otro modo nunca habría prestado atención. Fue uno de los aspectos más gratificantes de ese proceso de larga distancia. La forma en que veo el mundo ha cambiado”.

“Fue inolvidable descubrir que ciertos elementos del paisaje no han cambiado en los últimos 70 años. Mi tío describía un puente de ferrocarril que conduce a Kozielsk donde habían sido emboscados y mi abuelo había recibido un disparo. Mientras estaba en ese puente, pude ver exactamente dónde había tenido lugar la escena. Fue un momento de intensa conexión. (…) Definitivamente he ganado una nueva perspectiva sobre el tiempo al trabajar en este proyecto (…). De repente 70 años ya no es mucho tiempo. El paisaje cambia de forma mucho más lenta de lo que la gente aprecia. (…) Mientras caminaba era casi como estar en una cápsula del tiempo. Veía los árboles, los caminos, las rocas y colinas como los había visto mi abuelo. A veces casi sentí que estábamos ocupando el mismo espacio, cruzando el río Oka al mismo tiempo, siguiendo el mismo camino, oyendo las sierras de los mismos silvicultores en la distancia. Mi conexión con el paisaje era muy fuerte y de alguna manera inexplicable. Como si estuviera en los recuerdos de mis antepasados”.

 

Identidad local e innovación en la promoción del agroturismo en Canadá

No es el Farmville, el videojuego de Facebook, es real. Pero puede vivirse como un juego. Solo se necesita un coche para entrar y disfrutar de todos los paisajes y recursos de esta región agroturística. Lo que se estila en la Columbia británica, al oeste de Canadá, es el farm charm (encanto de granja): aunar valores rurales y naturales para empoderar su encanto. Hacia el 2006, seis comarcas rurales del valle de Fraser, al este de Vancouver, se asociaron en una estrategia comercial llamada Circle Farm Tour.

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El objetivo era visibilizar su producción y la calidad y diversidad del turismo rural de la zona bajo una misma identidad y estrategia. Comercializar sus productos y los servicios de negocios afines para dar una experiencia única a los viajeros. Su acierto: que esa experiencia no fuera algo fragmentario, sino que el propio entorno desplegase un abanico de ofertas unido para que el viajero pudiese elegir su propia ruta y hacer suyo todo el paisaje, integrándose más personalmente en el territorio.

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Esa imagen promocional hace de cada comarca y cada granja (que cuidan también su presencia online) parte de un todo coherente en la filosofía e imagen del farm charm. Imagen holística, integral, que es uno de los retos a los que se enfrenta el sector, muchas veces afeado por actividades ajenas al paisaje rural o disgregado y debilitado por el individualismo y falta de acuerdo entre los actores rurales, minando el potencial de la zona y la experiencia del viajero. Contaron con ayudas regionales y estatales, pero el motor fueron los propios socios. Su unidad y conciencia sostenible crearon paisaje; las nuevas tecnologías, le dieron presencia.

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El resultado fue inmediato. Aumento de visitas y consumo. Su red conforma un circuito a lo largo del valle, dividido en comarcas dentro de las cuales un mapa y dosier informativo detalla los puntos de interés agroturístico que debe conocer el viajero: granjas, tiendas de artesanía, restaurantes pintorescos, bodegas, mercados, museos, miel, maíz, quesos… Cada socio contribuye al desarrollo de su propia comarca y al sostenimiento del marketing general.

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La mejor forma de promocionar un territorio de valor ecoturístico parece pues darle esa identidad, de forma unitaria, fundirse en esfuerzos con su paisaje sumando recursos y coordinando actores para labrar su imagen y presentar al paisaje bajo la forma desde la que lo disfrutará el viajero. O sea, que la promoción sea la que, de una vez, oriente al viajero en su forma de valorar e interpretar el paisaje. Algo que consiguen como ninguna otra cosa los mapas.

Etnografía rural: la historia de Alan Lomax y el pastor de Andorra (Teruel)

Ya presentamos en otro post a Alan Lomax, el “cazador de canciones” itinerante al que debemos el retrato sonoro de la España rural de los 50, con grabaciones del sonido ambiente y musical de pueblos, artesanos y paisajes etnográficos hoy ya perdidos. En un artículo de 1960, tras volver de su aventura europea, escribió:

“Incluso la rama más pequeña de la familia humana ha grabado alguna vez sus sueños en la roca donde ha vivido. Sueños reales, y a veces, llenos de sufrimiento, pero que se corresponden con su particular pedazo de tierra. Todas estas formas de expresar los sentimientos han formado la obra de generaciones de anónimos poetas, músicos y corazones humanos. Ahora, en la era de los aviones, comunicaciones y explosiones atómicas, estamos a punto de barrer de la Tierra el folklore virgen que queda, al menos el que no se ajusta rápidamente a los cánones de éxito de la urbanizada economía de consumo. Lo que antiguamente era un jardín exuberante con inmensa variedad de colores está en peligro de ser reemplazado por un sistema cómodo, pero estéril y aburrido de autopistas culturales, con un solo tipo de consumo y de música cultural. Hoy, solo a unos pocos folkloristas sentimentales como yo nos inquieta este panorama. Pero mañana, cuando sea demasiado tarde y el mundo se aburra con la música automatizada distribuida de forma masiva, nuestros hijos nos despreciarán por haber tirado a la basura lo mejor de nuestra cultura”.

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En una entrevista, años más tarde, admitía haber descubierto en su oficio algo más que una investigación de campo. No solo quería poner en valor la autenticidad de esta música, la que brota espontánea del trabajo o los anhelos de personas corrientes, cuya calidad no residía en el sonido tanto como en la emoción, el paisaje o la forma de vida que la impulsaba. Era un acto de justicia para dar voz a los sin voz:

“La industria del entretenimiento representa una manera de silenciar a la gente. Se supone que la comunicación debe ser recíproca, pero ha acabado siendo unidireccional. Sale de quienes pueden comprarse un transmisor, que cuesta millones de dólares, y va hacia la persona que puede comprar un receptor, mucho más barato. De forma que hay millones de receptores y solo unos pocos transmisores. Este es uno de los problemas más grandes que tiene la humanidad hoy. Lo más importante que podemos hacer es intentar restaurar el equilibrio. Yo lo llamo “equidad cultural“.

En el documental “Lomax, the songhunter”, un admirador del etnomusicólogo vuelve sobre sus pasos y llega a España, recorriendo pueblos de Galicia, León o Aragón, para buscar a los protagonistas de las grabaciones 50 años después. Cada uno de los encuentros es emocionante, porque al hilo de las notas de viaje escritas por Lomax, los mismos paisajes y gentes que pintó en aquella época vuelven a hacerse realidad ante nosotros. Es llamativo el caso de José Iranzo, el Pastor de Andorra (Teruel), a quien Lomax grabó en 1952. En su diario, Lomax apuntaría: “Crucé las montañas hasta las llanuras de Aragón. Esta es la tierra de la jota, realzada por la renovación folclórica promovida por los fascistas. Pero hay que admitir que a pesar de la influencia de la ópera italiana, la jota de Zaragoza es magnífica. (…) El cantante es un hombre bajo y fuerte, tiene unos 40 años y una voz incansable”.

En el documental, cerca de cumplir los 90 años, José Iranzo derrocha una vitalidad y entusiasmo por su oficio de pastor y su arte como jotero, inspiradores y contagiosos.

Más sorprendente aún es saber que hoy sobrepasa los 100 años, como su mujer, pues ambos nacieron en 1915. Dejo también este documental dedicado a él. No tiene precio.

Para los que quieran seguir los pasos de Alan Lomax, que sepan que junto a Andorra está el pueblo de Alloza, cuna del introductor de la patata en España, y de uno de nuestros asociados, La Ojinegra, con certificado ecogastronómico, refugio más que recomendable para dormir y sumergirse en el paisaje, la tradición y la cocina auténtica de este bonito rincón aragonés. Los fantásticos (y centenarios) cipreses del Calvario, dan fe.

El birding como reclamo ecoturístico

Uno de los grandes recursos olvidados del turismo rural lo tenemos encima… En el cielo. No sólo el astroturismo está consagrando al rural como mejor observatorio del universo, sino la ornitología, áspera palabra que los ingleses sustituyen con más modestia y acierto por “birding” (pajareo). Acierto porque como explica Antonio Sandoval, divulgador y ornitólogo, contemplar los pájaros tiene tanto de arte,  juego y belleza, como de ciencia, pese a que aquí nos refiramos a ello de forma técnica y friki. En su libro ¿Para qué sirven las aves? recuerda que como tantos otros atractivos naturales, en el canto de los pájaros se han inspirado grandes artistas y compositores. Las casas rurales, cuya etiqueta “rurales” parece acogotarlas siempre al agrarismo, debieran promocionarse como casas neorrurales o de naturaleza, integrales, es decir, levantando su mirada y su oferta a todo el medio natural, incluido el cielo, escenario de los fenómenos de los que depende su paisaje y reino de los pájaros o las estrellas. Estrellas extinguidas en la ciudad pero abundantes en el campo, al que convierten en la mejor fuente de información astrofísica y tribuna universitaria al cosmos.

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El valor turístico del birding está en que además de diversificar y desestacionalizar la oferta, seduce a los turistas europeos, cotizados por su alto nivel cultural, ecológico y económico. Son viajeros casi siempre bien equipados y dispuestos a pernoctar varios días. Los destinos más favorecidos o desarrollados para la observación ornitológica en España son Doñana y el Estrecho de Gibraltar, Extremadura, Pirineos… Las costas atlántica y cantábrica también constituyen un buen mirador para los viajeros, por su posición estratégica en medio de rutas migratorias. Una de las prácticas más ejemplares que se han llevado a cabo en nuestro país para aprovechar este recurso desde una asociación sin ánimo de lucro, sin apenas medios, es Urdaibai, en Bizkaia. Supo poner en valor y reciclar una antigua fábrica abandonada (y el ecosistema que la rodeaba), reconvirtiéndola en uno de los centros de observación de aves nacionales más dinámico e innovador.

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Es necesario concienciarse del valor que el birding tiene más allá de nuestras fronteras. Basta saber que se organizan grandes competiciones a lo largo de países enteros con el fin de identificar el mayor número de especies, como retrata la comedia El gran año. ¿Qué las hace tan atractivas? Su pintoresca variedad: su forma de volar y cantar, su silueta, sus colores, el anidamiento, la cría… Las aves pueden ser la mejor puerta para entender la singularidad del ecosistema que rodea a una casa rural, así como los ciclos naturales en que vive inmersa. En su vuelo, las aves crean como las abejas un hilo que entreteje los distintos elementos del paisaje. Pese a que nuestra época ha anestesiado nuestra capacidad para apreciarlo, la aves son criaturas fascinantes: seres que sostienen su propio peso en el aire, con la mezcla de formas y colores más increíble que puediera diseñar un artista, y capaces de viajar inmensas distancias o atravesar espectaculares paisajes dignos de envidiar.

La biocultura, los nombres del viento y la pérdida de contacto con lo rural

Cuando hablamos de crisis ecológica, olvidamos que no solo la biodiversidad se extingue, sino toda nuestra biocultura: los saberes y experiencias que como seres vivos nos integran en la naturaleza y la despiertan en nosotros. A medida que la naturaleza que llevamos dentro se apaga, degradamos la que nos rodea, porque nuestra cultura se urbaniza y esa pérdida apenas nos duele o nos afecta. Si el dolor es un mecanismo de supervivencia, no es de extrañar que nuestra especie se precipite al abismo, porque el materialismo nos anestesia.

Ese déficit biocultural es consecuencia de la pérdida de contacto con el medio rural. Nuestros ancestros suplían su ignorancia con un conocimiento intuitivo y fabulador, mezcla de asombro y devoción por la naturaleza en que vivían inmersos. Dependían tanto de ella que sentían al paisaje como una extensión de su cuerpo y su vida, creyéndolo animado. Su sistema nervioso debía ser tan sensible al vaivén del clima en el mar o en las cosechas que casi notarían la caricia del viento en la hierba o quizá hoy sufrirían ante nuestra mutilación del paisaje como si fuese una amputación.

Su cosmovisión mágica tenía una correlación real, pues idolatraban los fenómenos naturales que les influían, y es cierto que esos procesos físicos determinan los nuestros. Aunque lo olvidemos y seamos indiferentes a los garantes de la vida como el sol o la lluvia, fuentes de biocultura, ese vínculo es real. Ya no le llamamos magia, pero sigue siendo sobrehumano y poético, porque nos trasciende. El saber no ocupa lugar y la ciencia no rivaliza con la experiencia o con el asombro del universo, pero si antes la ignorancia degeneraba en superstición, hoy degenera en cientificismo.

Por ser objetivos al definir la naturaleza, quisimos distanciarnos tanto que nos salimos de ella y ya solo la entendemos desde fuera, como un objeto de estudio ajeno a nosotros, entes abstractos. La cultura se ha objetivado tanto que ahora en vez de personificar los fenómenos los cosificamos, sin valor vital ni emocional. El clima es un mapa de isobaras para las moléculas, pero no para nuestra piel o el ecosistema. Como si su mecanismo nos impidiese entenderlo por los efectos que despierta o si la maquinaria de un reloj nos impidiese leer el tiempo o las hormonas enamorarnos.

Para Rodríguez de la Fuente parecemos alienígenas en nuestro planeta. Si la extinción biocultural mina la biodiversidad, debe recuperarse el culto a la naturaleza no solo por lo que la explica sino por lo que manifiesta. En instintos o en belleza. Sin interpretar el paisaje como ecosistema, la concienciación ambiental da palos de ciego. La sensibilidad al viento es universal: en japonés antiguo distinguían más de dos mil. Navegantes como Ulises vivían a merced de ellos y fijaron la Rosa de los vientos, de 32 rumbos, según su procedencia. El Gregal sopla de Grecia, el Siroco de Siria

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En Europa es famoso el Foehn o viento de las brujas, corriente de los Alpes a cuyo influjo el Instituto Meteorológico Suizo asoció en 1974 una lista de trastornos: dolor de cabeza, mareos, depresión… La patología poética del viento es larga. Ondaatje dice que en Marruecos sopla el Aajej, contra el que los fellahin se defienden con sus cuchillos, que en el desierto hay un viento secreto cuyo nombre suprimió un rey después de arrebatarle a su hijo, y Herodoto narra la muerte de varios ejércitos a manos del Simún o viento venenoso, al que una nación declaró la guerra.

En España sopla el Solano, del que los molinos manchegos distinguían varios tipos; la Tramontana, viento del Ampurdán del que Dalí se enamoró y para el que soñó construir un órgano; el Levante y Poniente que en Cádiz nunca dejan de discutir; los Alisios, que en Canarias invocan al Mar de nubes, o el Cierzo del valle del Ebro, del que Catón el Viejo decía: “cuando hablas te llena la boca, derriba un hombre armado y carretas de guerra cargadas”. A efectos de la experiencia, la naturaleza es esta sensibilidad e interdependencia más que un conjunto de átomos y leyes físicas.

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Desde la Grecia clásica (Céfiro, Bóreas) a la América precolombina (Ehéctl), y desde el misticismo hindú a la espiritualidad chamán, el viento expresa misterio y aliento. No solo era un medio de información sino de energía y de transporte. El aire es el medio por el que sentimos la música o la voz, la humedad o el calor, y cuando se mueve y nos golpea, es lo más parecido a palpar el alma de la biosfera, a sentir la libertad y el impulso de volar. Porque son las masas de aire que gravitan por la atmósfera en relación a la superficie terrestre las que inspiran vida y forma al paisaje del planeta.

Arte y ruralidad: el valor artístico de lo rural

¿Qué papel puede jugar el arte en la conciencia medioambiental? ¿En el movimiento eco o en la cultura neorrural? Para una sociedad compulsiva, fotográfica, instantánea y saturada de imágenes, interpretar un paisaje o captar su singularidad requiere al arte como recurso slow. Hace poco vi los cuadros del pintor Manuel Sosa, miembro de la Asociación Española de Artistas de Naturaleza, y me asombraron por su mezcla de realismo y evocación. La naturaleza me pareció más auténtica en ellos que en cualquier foto. Por su artesanía. Una experiencia aunque sea imprecisa puede decir más de un paisaje que su objetividad. Y puede haber más fidelidad a la naturaleza en ese margen de error que en la precisión de mil megapíxeles. Como si la objetividad fuese la cosa menos natural para hablar de naturaleza.

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Cada uno de esos cuadros es único porque lleva algo de vida del propio artista: su tiempo y su emoción, que la cámara resume en un clic. Por muchos encuadres, contrastes o retoques que se quiera, una foto “captura” la realidad a través de la luz, pero el cuadro no. Es una ficción, algo nuevo: creado hoja a hoja, pluma a pluma. La escena nace y madura como en la naturaleza. Si en una foto la realidad prima sobre la estética, en el cuadro, como en nuestra imaginación, es el tamiz estético el que da forma al paisaje. En la colección de Sosa pueden verse escenas de nuestro paisaje rural: dehesas, pinares, ríos; o especies de la fauna ibérica: aves, lobos, osos… Sea al óleo o a la acuarela, la naturaleza se muestra desnuda, libre y sin costumbrismo.

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Si una cámara fotocopia la realidad, el artista asimila con mimo la luz, recorre las texturas, se zambulle en el agua, pule las piedras o quiebra las ramas. Metaboliza y hace suya la belleza natural. Si una foto invade y secuestra la intimidad de una escena, el cuadro la evoca. Como en toda obra de artesanía, la mano es parte orgánica de la misma naturaleza que pinta, así que hace un autorretrato. El arte se ha alejado durante mucho tiempo de la naturaleza quizá por considerarla costumbrista, pero en plena sobreexposición mediática, ante la expansión de los valores ecológicos, la recuperación de la experiencia y de lo local, el arte puede volver a sumergirnos en la naturaleza como lo que es: una evocación estética de nuestros sentidos.

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